Capítulo 7
Malentendidos
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
Edición: Radak, Sho Hazama
Todavía me resulta extraño poder moverme tan rápido, pensó Meiling mientras sus pies resonaban en el camino bajo la luz del amanecer.
Nunca podía evitar maravillarse de su cuerpo cuando se dejaba llevar por completo. La velocidad a la que se movía, el poco dolor que su cuerpo sentía y la precisión. Era la forma en que su cuerpo se movía exactamente como ella quería lo que la dejaba maravillada.
Estaba embarazada, pero corría como un rayo, sin apenas esfuerzo. Ninguno de los malestares habituales parecía molestarla. Ni náuseas matutinas. Ni ganas constantes de orinar. Aún era pronto en el embarazo, pero tampoco sentía dolor, hinchazón ni molestias. Si no fuera por la pequeña barriga que crecía lentamente o por la constante sensación de que algo crecía en su interior, jamás se habría dado cuenta de que estaba embarazada.
Hoy solo iban ella y su marido a Colina Verdeante. Habían partido al amanecer. El resto de la familia o bien tenía resaca y no pudo acompañarlos o volvería a casa para ocuparse de la granja.
Era muy agradable tener a tanta gente en la que confiar. Eso significaba que podía dejar atrás sus preocupaciones y concentrarse en correr por el camino que ella misma había ayudado a construir hacia Colina Verdeante.
No se habría visto fuera de lugar cerca de la capital de la provincia, y ahorraba horas de viaje a pie, suavizando algunas de las curvas sinuosas. Todavía recordaba aquella vez, hacía mucho tiempo, en que tardó una semana entera en llegar a Colina Verdeante después de que un árbol cayera sobre el camino.
A su ritmo actual, serían apenas unas horas.
Fue una experiencia aleccionadora.
“¡Mira! ¡Ese es nuestro lugar especial!” Dijo Jin, señalando.
Sonrió y luego empezó a desviarse. Divertida, Meiling lo siguió. Aquel era el lugar donde se habían besado por primera vez, hacía más de un año. ¡Cómo pasaba el tiempo! Y Jin, el ladrón, había robado la roca. Era una roca muy bonita, y ahora tenía un lugar justo al lado de la casa. Lástima que dejara el claro bastante desolado.
Meiling arqueó una ceja al llegar al claro. Se quedó mirando la nueva roca que yacía donde antes estuvo la antigua.
“¿Cuándo pusiste esto aquí?” Preguntó con expresión en blanco.
Jin silbó, intentando parecer inocente. Saltó a la cima de la roca y la miró con una sonrisa burlona.
Meiling, a quien una vez tuvieron que cargar para subir, saltó de un solo brinco.
Las vistas eran tan espectaculares como siempre. La compañía tampoco estuvo mal.
❄️❄️❄️
Jin tarareaba una melodía y Meiling estaba de igual buen humor mientras reducían el ritmo de la carrera a una caminata más tranquila.
Se divisaban los muros de piedra de Colina Verdeante. Se alzaban altos y robustos hacia el cielo, en la cima de una de las amplias pero suaves laderas. Según recordaba Meiling, solo habían sido puestos a prueba por Bestias Espirituales tres veces desde que comenzaron los registros, y en cada ocasión las criaturas habían sido repelidas, aunque aún se podían apreciar las sutiles diferencias en la mampostería de la parte del muro que había sido reparada tras haber sido parcialmente derribada hacía un siglo.
Era un pueblo de aspecto idílico, sobre todo con los nuevos caminos. Fuera de las murallas, el suelo estaba cubierto de hierba verde y campos de cultivo, y Meiling podía ver a lo lejos las patrullas de la guardia realizando sus tareas; hombres bien entrenados y educados, siempre dispuestos a ayudar.
El sol ya había salido cuando llegaron a la puerta. Los guardias los examinaron de arriba abajo y los dejaron pasar sin problemas. Meiling pudo ver el reconocimiento en sus ojos al mirar a Jin, y los guardias asintieron cortésmente al verlos pasar.
Atravesaron la puerta y se adentraron en las ordenadas calles. Era una ciudad antigua, construida alrededor de otra aún más antigua. Un pequeño santuario, justo al lado del Palacio Imperial “el pomposo nombre de la residencia del Señor Magistrado y los edificios gubernamentales”, era el edificio más antiguo; el resto había sido destruido por incendios o reemplazado. La ciudad estaba bien organizada, con un trazado en cuadrícula, y se había vuelto cada vez más ordenada y limpia con el paso de los años, desde que el Señor Magistrado asumió el cargo décadas atrás. Meiling no lo sabía, pero su padre y el tío Bao, el Archivista, hablaban de ello con frecuencia.
Incluso el barrio que podría considerarse una zona marginal, habitado por los habitantes más pobres del pueblo, estaba limpio y a menudo libre de delincuencia. Los guardias se mantenían vigilantes y la gente no sufría ningún tipo de acoso.
El Señor Magistrado hizo bien su trabajo, y Meiling no podía pensar en nadie mejor a quien Jin pudiera acudir en busca de ayuda, especialmente porque todo el asunto de los Picos de Duelo claramente le preocupaba.
A Meiling también le molestaba. Jin estaba tan agotado por lo sucedido en los Picos que le dolía verlo así. ¿Cómo se atrevían a causarle tal angustia a su esposo? ¿Cómo se atrevían a dañar a su familia?
Estuvo a punto de envenenarlos a todos, especialmente a esos bastardos de la Secta de la Montaña Envuelta. Deseaba sinceramente que le dieran una excusa... Pero Meiling nunca había sido precisamente diplomática. El deseo instintivo de hacer desaparecer lo que la molestaba era algo en lo que aún trabajaba... Y por eso se abstenía de expresar sus verdaderos sentimientos al respecto y simplemente apoyaba las decisiones de Jin cada vez que él reflexionaba sobre el problema e intentaba incluirla. Le halagaba que Jin valorara tanto su opinión... Pero también sabía que sus propias sugerencias no servirían de mucho.
Su esposo era un alma bondadosa; a pesar de su carácter bullicioso, no le gustaba abusar de los demás. Sin embargo, si se veía obligado a asumir un puesto de liderazgo, haría todo lo posible por cumplir con sus responsabilidades. Lo mismo ocurría con su granja. Evidentemente, nunca había esperado ser una figura paterna ni un maestro para ninguno de sus discípulos, pero en lugar de eludir esa responsabilidad, la asumió, decidido a obrar bien con aquellos que lo admiraban.
Ese enfoque ya les había brindado una maravillosa familia. Incluso sin el bebé en su vientre, tenía hijos e hijas a quienes ya amaba como si fueran suyos.
Con suerte, y con la ayuda del Señor Magistrado, Jin podría mediar como lo hizo en la granja; asumiría esta carga y la convertiría en una bendición.
Pero eso sería para más tarde. Aunque Jin quería ver al Señor Magistrado, primero iban a visitar a sus amigos.
Se acercaron a uno de los recintos amurallados más grandes. Aunque Colina Verde no tenía linajes nobles propiamente dichos, el clan Zhuge era uno de los más antiguos de la ciudad, pues había vivido allí desde que se tienen registros.
Jin llamó cortésmente a la puerta y fueron recibidos por un sirviente que los hizo pasar antes de llamar a Tingfeng.
Zhuge Tingfeng era un hombre delgado, de aspecto intelectual. Generalmente callado y pensativo, era casi guapo, con dedos largos y su moño, un contraste directo con el marido de Meiling, que lo superaba en altura, un muro de músculos.
“¡Hermano Jin! ¡Meiling!” Exclamó al verlos. El hombre parecía exhausto, con ojeras, pero se animó con alegría al verlos.
Jin observó al otro hombre. “¿Tu hijo todavía te quita el sueño?” Preguntó, divertido, mientras estrechaba el brazo de Tingfeng.
El otro hombre parecía algo perturbado. “Todos me dicen que es bueno que sea tan ruidoso… Pero despierta a toda la calle.” Jin rio y le dio una palmada en el hombro a Tingfeng. El otro hombre sonrió.
“Lo que nos espera dentro de un par de meses.” Reflexionó Meiling.
“Entonces compartiré una copa con ustedes dos cuando termine su juicio,” dijo Tingfeng, mientras los guiaba a su casa, donde Meihua estaba sentada a la mesa con su hijo, quien aún se estaba despertando. Jin hizo una pausa y apartó la mirada de la madre que amamantaba.
“¡Meiling!” Exclamó Meihua, sin prestar atención a la presencia de Jin. Le parecía bastante injusto que su mejor amiga luciera tan radiante incluso estando tan cansada. Parecía que cada vez que la veía, Meihua se volvía más hermosa y radiante. Su cabello seguía siendo como seda y su piel tan pálida como la de Xiulan.
Meiling simplemente se acercó a su amiga y la abrazó, antes de revisar a madre e hijo.
“¿Has comido bien? ¿Tienes algún dolor? ¿Cómo está comiendo él?” Preguntó Meiling mientras el niño balbuceaba alegremente frente a ella.
“Hola a ti también,” dijo Meihua con sarcasmo mientras la pinchaba con los dedos, aguantando con cariño y exasperación. “Bueno, no me duele nada, y siempre me sorprende que no me deje seca.”
Las dos mujeres se miraron un instante antes de soltar una risita. Meihua le sonrió a Jin y le rodó los ojos; él, distraído, hablaba con Tingfeng.
“Cuéntame qué has estado haciendo,” dijo Meihua.
❄️❄️❄️
Estábamos sentados alrededor de la mesa mientras Tingfeng terminaba de prepararse para ir a trabajar. Yo tenía un bebé en brazos mientras Meimei y Meihua charlaban animadamente, poniéndose al día.
El bebé aún no tenía nombre. Era costumbre esperar seis meses. Pero Tingfeng ya tenía bastante claro el nombre que le pondría a su primogénito.
Jinhai. En honor a mí.
Hice una mueca al recordar por qué este niño iba a tener ese nombre. Zang Li, el impostor, o tal vez el verdadero miembro de la Secta de la Montaña Envuelta, intentando llevarse a Meihua y... Bueno.
Aparté ese pensamiento, con mucho cuidado de no apretar los puños.
Si hubiera sabido entonces lo que sé ahora… Bueno, quizá no habría sido tan amable. Tal vez fui un poco ingenuo. Confié en las autoridades, y me salió el tiro por la culata.
¿Pude haber hecho algo diferente? No lo sabía. Tal vez podría haberlo matado, y entonces toda la serie de eventos en las Picos de Duelo jamás habría ocurrido. Él nunca habría lastimado a Tigu y Xiulan. Ese pensamiento me quitaba el sueño a veces. Pero ya era demasiado tarde para arrepentirse.
Lo único que podía hacer en el futuro era mejorar.
Mecí al pequeño Jinhai en mis brazos mientras pensaba. Tingfeng interrumpió mis pensamientos al entrar de nuevo en la habitación con sus ropas oficiales y besar a Meihua en la mejilla.
“Muy bien. Me voy, ¿alguien necesita algo?”, preguntó.
Lo miré, pensativo.
“Sí, ¿podrías transmitirle un mensaje al Señor Magistrado de mi parte? Sé que está ocupado, pero… Me gustaría concertar una reunión.”
Tingfeng hizo una pausa y me miró fijamente por un instante. Luego juntó las manos frente a él. “Por supuesto, hermano Jin. Le informaré al Señor Magistrado en cuanto me sea posible.”
Necesitaba ayuda. Y por lo que había visto hasta entonces, el Señor Magistrado era probablemente el político más honesto e íntegro que jamás había conocido. Y considerando que ahora necesitaba convertirme en un poco político para evitar futuros conflictos y derramamiento de sangre, pues bien valía la pena el esfuerzo.
Suspiré y me recosté. Ojalá el Señor Magistrado lo hubiera pasado algo menos emocionante que yo.
Había oído que en realidad no había pasado nada en nuestra ausencia, así que eso era bueno.
❄️❄️❄️
Un hombre estaba sentado a un escritorio, con la mirada fija. Aunque aparentaba apenas unos cuarenta y cinco años y lucía una barba canosa, su porte era digno. El paso del tiempo no lo doblegaba en lo más mínimo. Sus exquisitas túnicas de seda, confeccionadas por maestros artesanos, y su impecable moño daban la impresión de un amo en su hogar. Sentado ante un escritorio ricamente tallado sobre el que se disponían cuidadosamente pergaminos, emanaba un aura de poder. Un porte de autoridad que no desentonaría en la corte del mismísimo emperador. El hombre sostenía un pergamino abierto y lo leía con absoluta serenidad.
Entonces el gran señor suspiró pesadamente y golpeó su cabeza contra el escritorio, dejando caer el pergamino que había leído por cuarta vez.
“¿Por qué no puede haber paz? Se suponía que este lugar era tranquilo”, se preguntó el Señor Magistrado de Colina Verdeante, murmurando con enojo entre dientes mientras se ponía de pie.
El Señor Magistrado de Colina Verdeante suspiró de nuevo mientras volvía a leer el documento. La Compañía Comercial de Jade Azur establecería su primer almacén permanente al Norte del Cinturón de Pinos, nombre que recibía la accidentada región geográfica al Sur de la cual vivía la mayor parte de la provincia, donde las nevadas eran más intensas y los inviernos más fríos.
Habían pasado por alto al menos veinte pueblos que probablemente eran más prósperos y estaban mejor ubicados, dirigiéndose directamente a Colina Verdeante.
Solo había una razón por la que estarían tan interesados.
Rou Jin. El cultivador parecía deleitarse haciéndole la vida imposible al Señor Magistrado. Había sido informado de la llegada del hombre esa misma mañana y ahora sus pensamientos volvían a centrarse en la Bola de Demolición con forma humana.
Desde su llegada, todo había sido un problema tras otro. El Señor Magistrado estaba seguro de que la presencia de Rou Jin le había acortado la vida. Primero fue el fiasco con la Montaña Envuelta, luego el arroz mal clasificado, y después la revelación de que se quedaría en el maravilloso y tranquilo rincón del mundo del Señor Magistrado durante años tras casarse con Hong Meiling.
Y ahora... Ahora estaban los caminos, así como la misiva que él miraba fijamente.
Los caminos... Bueno, en realidad eran lo que menos le preocupaba. Eran necesarios, aunque el cultivador, sin saberlo, hubiera pisoteado los planes meticulosamente trazados por el Señor Magistrado. Lo tenía todo planeado. ¡En pocos años, las canteras del Este estarían funcionando para abastecer la demanda de piedra y mejorar toda la región! La gente habría cantado alabanzas a su visión y a su capacidad para dar sustento a los hombres durante siglos. ¡Sería el Señor Magistrado del Norte! ¡El Venerable Patriarca, indiscutible! Mejor aún, ¿para cuando la zona creciera lo suficiente como para que ya no pudiera disfrutar de la paz y la tranquilidad de pasear sin guardias? ¡Pues estaría muerto! Recordado con cariño como una mano guía, y habiendo disfrutado de la vida mientras vivió. Lo mejor de ambos mundos.
Excepto por esta carta, que adelantó los plazos que había planeado con tanto cuidado.
En ella se encontraba el sello de la Compañía Comercial de Jade Azur. Y no se trataba del sello de cualquier miembro, sino de uno incrustado con pequeños trozos de jade que indicaban el sello personal del maestro de la compañía.
El Señor Magistrado sabía que el arroz de calidad oro que Rou Jin le había traído causaría revuelo. Era inevitable. Pero eso no impidió que le molestara que la Compañía Comercial de Jade Azur llegara con tantos miembros. Claro que la compañía no se había molestado en pedir permiso ni en tenerlo en cuenta; simplemente habían anunciado sus planes.
Tampoco podía negarse. No se le podía decir así como así a una de las casas comerciales más importantes que no tenían derecho a hacer lo que quisieran. Ya tenía un tiburón en su estanque, y ahora tenía otro. Era comprensible, incluso, que usaran Colina Verdeante como base. Su trabajo había garantizado la estabilidad de Colina Verdeante; ¿adónde más iban a ir?
Eso no impidió que resultara molesto, ni mucho menos extremadamente estresante. Cualquier hombre se pondría nervioso cuando la Compañía Comercial Jade Azur empezara a imponer su autoridad. Ser anfitrión de una compañía lo suficientemente poderosa como para hundirlo sin pensarlo dos veces le hizo buscar una taza de té relajante.
Sintió un desagradable retortijón en el estómago mientras maldecía a Rou Jin una vez más en la intimidad de su mente.
El muy canalla. De alguna manera, lo peor era lo extraño que era aquel hombre. Con otro cultivador, al menos podía predecir cómo actuaría. Los cultivadores no solían involucrarse en asuntos mortales. Podía distraerlos con juguetes u ofrecerles reverencia. Eran fáciles de apaciguar, pues no se preocupaban por los mortales. En cambio, él se preguntaba constantemente hacia dónde soplaría el viento del caos. El cultivador le había dado al Señor Magistrado regalos dignos de reyes sin dudarlo, cada uno de los cuales lo endeudaba aún más.
Hierbas Joya de las Siete Fragancias y alimentos llenos de Qi. Mientras tanto, el hombre actuaba como si nada.
El Señor Magistrado volvió a gemir de frustración.
“¡Oh! Aquí estás, querida,” dijo el Señor Magistrado, alzando la vista hacia su esposa, la Dama Wu. Sus ojos oscuros reflejaban cierta preocupación, y sus labios rojos se fruncieron en un ceño. Dejó la bandeja de té que sostenía y se apartó un mechón de cabello negro, hasta la cintura, con canas, detrás de la oreja. Siempre le había dolido ver esa cana, daño residual de un cultivador. Eso, y los temblores que la habían aquejado en el pasado. El hecho de que ahora pudiera sostener la bandeja sin que le temblaran las manos era gracias a la medicina de Hong Yaowu y a la pequeña Meiling. Sin importar cuánto tiempo estuviera bajo la influencia corruptora de Rou Jin, seguía siendo amable y gentil. “Fui a darte esto, pero no estabas donde solías estar durante la reunión. ¿Por qué no estás en el lugar habitual? Ya casi terminan.”
El Señor Magistrado suspiró y su esposa arqueó una ceja. Sí, hoy era el día en que los escribas comenzaban a discutir los informes de fin de cosecha, después del festival. Normalmente, él estaría en un nicho cercano, accesible solo desde su oficina, escuchando a sus hombres hablar con entusiasmo sobre sus logros.
Solía ser uno de los momentos más especiales del año. ¡Habría sido aún mejor si su esposa hubiera venido a servirle el té!
Hoy, sin embargo, los empleados se habían centrado principalmente en hablar de los caminos y de la inminente llegada de la Compañía Comercial Jade Azur.
Ambos temas eran detestables, sobre todo cuando lo elogiaban por sus logros. Decían que su capacidad de negociación debía ser sobrehumana si había logrado convencer a la compañía de venir allí, después de haber engañado a un campesino para que le construyera un camino.
¡Era exasperante! ¡Tan exasperante! ¡Apenas había participado en ello! Escuchar a los hombres alabarlo por cosas que no eran mérito suyo era como una puñalada en el corazón y lo había hecho huir de su banquete de elogios.
“Yo… No pude disfrutarlo,” dijo finalmente.
Su esposa frunció el ceño y le sirvió el té, rodeando el escritorio para sentarse a su lado. “¿Esposo, has hablado ya con él?” Preguntó. Como siempre, era muy perspicaz, conocía sus penas sin necesidad de palabras.
“No. Yo… Necesito pensar en una mejor manera de expresar mis argumentos. ¡No puedo simplemente acercarme y empezar a quejarme de él, ¡y encima delante de él!”
Ella parecía ligeramente divertida.
“Sí que creo que podrías,” replicó con voz serena. “¡Mírate, no duermes bien y ni siquiera puedes disfrutar de algo que has estado esperando con ilusión todo el año!”
Ella ya se estaba indignando. Él la agarró del brazo y le dio una palmadita.
“La empresa comercial no supone... Demasiada molestia. Estoy seguro de que podré resolverlo todo y llegar a una conclusión satisfactoria.”
Ella le dirigió una mirada escéptica y resopló. “No puedes evitar esto para siempre,” dijo simplemente.
“Lo… Invitaré a cenar. Sí, lo invitaré a cenar. Está en la ciudad. Lo invitaré a cenar y sacaré el tema… Con delicadeza. Lo manejaré con mi habilidad y elegancia habituales.”
Su esposa no pareció impresionada. “Esta noche. Están en la ciudad, así que iré a visitar a la pequeña Mei y se lo comentaré.”
¡¿Esta noche?!
“Deberíamos tener algo más de tiempo para prepararnos…”
Desde fuera se oyó una señal; un sirviente dejándole saber de que alguien se acercaba a su puerta.
Ambos se detuvieron y se volvieron hacia el sonido.
“Pase,” dijo el Señor Magistrado, volviéndose y ordenando su escritorio. Su esposa le acomodó rápidamente unos mechones de pelo rebeldes en el moño y dio un paso atrás, sentándose en el banco cercano. En un instante, se había transformado en la imagen de la esposa perfecta de un magistrado.
Zhuge Tingfeng entró, con aspecto algo desaliñado.
“Señor Magistrado, perdóneme por no haberle informado antes, pero no pude encontrarlo. La reunión comenzó temprano y el Escriba En Jefe me agarró…”
El Señor Magistrado hizo caso omiso de las preocupaciones del hombre.
“Está bien, Tingfeng. Sé que los superiores pueden abusar de ti. ¿Qué necesitabas?”
Tingfeng se aclaró la garganta. “Rou Jin solicita amablemente una reunión para cenar.”
El Señor Magistrado sonrió, con el rostro inexpresivo.
Otra vez. El muy canalla le había ganado la partida otra vez. ¿Por qué? ¿Qué había hecho para merecer esto?
“Él parecía preocupado, Señor Magistrado,” continuó Tingfeng.
El Señor Magistrado se agarró el estómago por debajo de la mesa, fuera de la vista de Tingfeng, haciendo todo lo posible por no doblarse de dolor.



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