Capítulo 14
El Orgullo De Un Padre
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
Edición: Radak, Sho Hazama
Una niña pequeña golpeaba con fuerza unos juncos en un campo de hierba que se secaba poco a poco. El cielo estaba lleno de estrellas doradas entrelazadas con bandas de luz.
La niña parecía agotada. Dejó de trabajar, bostezó y se estiró. Tenía grietas doradas que recorrían su cuerpo, como si se hubiera hecho añicos y de alguna manera la hubieran vuelto a unir.
Un instante después, la niña volvió a los juncos, los examinó detenidamente y asintió, satisfecha con la textura ligeramente áspera de las fibras.
Una vez terminada su tarea, giró hacia el pequeño hoyo cavado en el suelo... Y arrojó dentro las suaves fibras vegetales.
Dio un paso atrás y puso las manos en las caderas, observando su cama.
No parecía muy cómoda. Sería mucho mejor si recordara cómo tejer mantas, pero eso... Bueno... Se tocó la frente. Ya no recordaba todo.
Un bufido de desaprobación resonó a sus espaldas, haciéndola saltar y girarse para ver un enorme jabalí hecho de piedra rúnica y madera viva.
“No cómodo, Hermanita Mayor. Dormir mal,” dijo el jabalí con voz descomunal.
La niña hizo una mueca. “No… Es lo mejor, pero puedo dormir aquí. ¡Mira!”, dijo, y se zambulló en el montón de fibras. Escarbando entre la pila, se retorció hasta que asomó la cabeza, y luego le sonrió al jabalí.
Seguía sin parecer especialmente divertido.
“¿Por qué no pedir ayuda a amigos?” Le preguntó el jabalí, curioso.
Tianlan se detuvo ante la pregunta. Amigos ayudándola a hacer su cama… Se estremeció cuando un dolor agudo le atravesó la cabeza. Fragmentos de recuerdos de los Picos de Duelo destellaron ante sus ojos: alguien ayudándola a prepararse un lugar para dormir.
Un odio visceral le quemaba el pecho al ver destellos de esa persona. El traidor.
Apartó las imágenes de un empujón, sintiéndose mal.
“Esto es algo que tengo que hacer yo misma,” dijo ella. Chun Ke no pareció convencido.
El jabalí la miró fijamente un instante y luego resopló. Un hocico enorme se inclinó y se presionó contra su frente.
“Si necesita ayuda, ¿Hermanita Mayor pedir?”
“De acuerdo,” susurró mientras sus manos se alzaban, rodeando el cuello de Chun Ke. “Pediré. Pero… Quiero ver hasta dónde puedo llegar primero, ¿de acuerdo?” Ella pidió.
“Okey,” accedió el jabalí.
❄️❄️❄️
¿Qué se sentía al presenciar un milagro? Hong Xian había visto unos cuantos. Una vez, cuando su aún no esposa, Liling, llegó justo a tiempo con la prueba que le salvó la vida a él y a Bao. Otra vez, cuando nació Meiling. Y una más, cuando nació su hijo.
La sensación de asombro, admiración, gloria y alivio por el hecho de que hubiera ocurrido un milagro era algo para atesorar.
Y ayer mismo había presenciado otro caso similar.
“Bien, dóblala un poco... Sigue, sigue... ¿Te duele algo?” Hong Xian observaba a su hija mientras cuidaba con esmero a Liu Bowu. Sus ojos amatista estaban fijos en ella, y un ligero brillo verdoso rodeaba sus manos. La acompañaban Ri Zu y Pi Pa, los dos animales que la ayudaban, y Jin, que permanecía a un lado, observando la escena en silencio junto a Liu Xianghua.
Sus ojos buscaron la pierna que apenas ayer había estado deformada y rota, cortada y arañada, y que ahora permanecía completamente intacta.
Si no lo hubiera visto con sus propios ojos, no lo habría creído. Había visto a un cultivador sanar antes, un brazo roto que se curaba solo en una semana con medicina, pero esto era aún más impresionante. En cuestión de instantes, el hueso se había fusionado por completo, como si nunca se hubiera roto.
Xian recordó la cirugía. Había sido humillante que su hija, con todos los poderes de una cultivadora, le pidiera ayuda. Él había accedido con mucho gusto.
Y, sin embargo, se había vuelto prácticamente superfluo.
Meiling había sido un espectáculo impresionante. La forma en que se movían sus manos, la destreza con la que había abierto la pierna del joven... Todo era tan preciso que Xian sabía que no podría replicarlo ni practicando durante años. En algunos casos, apenas había podido verla moverse; sus pinzas extraían fragmentos de hueso tan pequeños que le resultaban completamente invisibles. Su falta de vacilación y la calma con la que daba órdenes eran asombrosas.
Se sentía como un niño pequeño en los brazos de su padre, incluso después de todo lo que había vivido y visto. Todavía recordaba las brutales amputaciones, o la peor, en la que tuvo que extirparle una parte del cráneo a un hombre para reducir la inflamación cerebral. El hombre sobrevivió, pero nunca volvió a ser el mismo.
Y ahora, mientras su hija se aseguraba de que su paciente estuviera bien y de que no hubiera más problemas con su pierna… Hong Xian solo podía observar. Ella lo había superado por completo, aunque ella lo negara y siguiera proclamando que Xian era superior en todo.
Fue un gesto muy dulce por su parte, pero él supuso que algunas cosas requieren tiempo para comprenderse.
Fue un extraño milagro... Pero, al final, fue bienvenido. Al principio, su orgullo se vio herido al darse cuenta de que sus habilidades eran insignificantes frente a las de un cultivador, pero el dolor pronto se desvaneció: su hija seguía pidiéndole su opinión, con preguntas tan sinceras.
El golpe a su orgullo pronto se transformó en orgullo por los logros de ella... Y en orgullo de que su hija estuviera continuando con la tradición familiar.
Siempre había estado orgulloso de ella. Había aprendido medicina con una rapidez asombrosa. Era tenaz y le apasionaban las artesanías familiares, como él a su edad. Siempre con ganas de aprender y esforzarse.
A veces, Xian pensaba que habría sido mejor que su hija hubiera nacido varón. Le habría encantado proclamarla su heredera… Pero no podía ser. El mundo de los mortales no era el mundo de los cultivadores. Eran campesinos, no nobles. Muy pocos la habrían seguido, incluso si les agradaba Meiling. Eso, y la segunda razón.
Las palabras de los ancestros eran claras. Hong Xian, hijo de Hong Xian, debía sucederle como líder de Hong Yaowu. Él mismo había jurado lealtad al tomar el cargo de su padre, y ciertas promesas no se rompían a la ligera.
En su opinión, era una injusticia cometida contra su hija. Había dedicado esos años a estudiar y a ayudarlo, solo para que sus posibles pretendientes le dijeran que su aprendizaje había sido inútil. En realidad, se alegró de que les hubiera echado laxantes a las bebidas de esos hombres. Porque hombres tan necios engendrarían hijos necios, y su Meiling merecía algo mejor.
Xian suspiró y tomó el frasco distraídamente. Líquido de hierbas de siete fragancias, cultivado por un poderoso cultivador y refinado mediante el relámpago de un dragón y el Qi medicinal de otro poderoso cultivador.
En cualquier otro caso, sonaría a invención de un charlatán. Si un viajero se hubiera atrevido a decir que ese era el método para obtener la brillante poción que contenía, lo habrían expulsado del pueblo por intentar estafar a la población.
Sin embargo, lo había visto preparar con sus propios ojos. Meiling le había dado una receta para una versión menos potente; la había usado y conocía los resultados de primera mano.
Su hija se lo había compartido voluntariamente para ayudar mejor a la aldea. Junto con las Hierbas Espirituales que ya crecían en su jardín, Hong Yaowu podría obrar milagros. La aldea podría salvar la vida de una persona de casi cualquier lesión, siempre que se le administrara antes de morir.
Todo esto, a raíz de un solo visitante.
Con delicadeza, dejó la valiosa poción sobre la mesa mientras sus ojos se posaban en Jin. Su yerno observaba desde cerca cómo Meiling trataba a Bowu. No hizo ademán de intervenir. De hecho, parecía impresionado y orgulloso. Había visto el talento de Meiling, lo había cultivado y lo amaba.
Como el cardo del mismo color que sus ojos, Xian Meiling había crecido rápidamente en el entorno adecuado. Era la cabeza de su casa, dirigía a multitud de sirvientes y, prácticamente, era la esposa de un jefe por derecho propio. Todo esto, además de sus estudios de medicina. La tenacidad de su hija la impulsaba cada vez más lejos en sus estudios. Jin no solo la consentía, como si la medicina fuera un capricho pasajero; la apoyaba incondicionalmente.
Pero, a medida que Xian iba conociendo mejor a Jin, comprendía que así era como actuaba. Prefería ayudar a los demás antes que atribuirse el mérito. Jin percibía su pasión y, como si él mismo la sintiera, se esforzaba por crear junto a ellos.
Su hija y Jin hacían muy buena pareja.
Xian negó con la cabeza al darse cuenta de que se había distraído. Su hija había terminado los exámenes. Por suerte, Pi Pa lo había estado anotando todo. Le había llevado más de seis meses, pero ya se estaba acostumbrando a los animales parlantes.
Se oyó el tintineo cuando Jin trajo té y le sirvió una taza a Xian.
“Jin, siéntate conmigo, hijo. Quiero escuchar tus planes para el invierno,” dijo Xian mientras palmeaba el lugar a su lado.
Jin sonrió ante la invitación mientras ambos se sentaban. El cultivador tomó un sorbo de su té, tragó antes de comenzar.
“Bueno, lo primero es lo primero: el General Que Comanda El Invierno debe reunir a sus fuerzas…” comenzó Jin con una sonrisa tonta.
Por supuesto, lo primero que se le ocurre a Jin es un gólem de nieve gigante. Probablemente debería haberlo previsto.
“¡Tengo la zanahoria perfecta, ¿sabes?! ¡Es tan larga como mi brazo y tuve que batirme en duelo con Wa Shi para conseguirla!” Xian soltó una carcajada al imaginar al dragón estrellado contra el suelo en una gran batalla por una zanahoria. Era una imagen divertida. Dejó que la voz de Jin los envolviera mientras pensaba.
Bueno, la cosecha había sido buena este año, y nunca había mucho que hacer durante el invierno... ¿Quizás el pueblo desafiaría el poder del General?
Quizás usar una estructura interna... ¿O eso era hacer trampa? ¡No, Jin usó Qi, así que era justo!
Si solo fuera por ver la cara de Jin cuando Hong Yaowu derrotara el tamaño del gólem de nieve de un cultivador.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario