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martes, 20 de enero de 2026

BC - Volumen 4 Capítulo 9


Capítulo 9
Intercambiando Consejos
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
Una hoja silbó en el aire en una zona tranquila del bosque. Cortó el aire, descendiendo hacia la tierra con una gracia casi sutil, antes de volver a ascender. Una leve gota de sudor perló mi puño. Me encontraba en una zona tranquila del bosque cerca de Hong Yaowu, practicando con mi espada. Todos los demás dormían. Sentía los músculos tensos. La espada me resultaba extraña en las manos. Era demasiado pequeña. El agarre no se parecía en nada al de una pala, ni siquiera al de un hacha. Volví a mirar el pergamino, preguntándome qué estaba haciendo mal, pero al mirarlo, supe de algún modo que mis movimientos eran correctos. La fluidez debería haber sido perfecta. Y, aun así, seguía sintiéndose raro. Los movimientos eran correctos, pero había algo profundo en mi cuerpo que los rechazaba. Un viejo temor bullía en mi interior… El de no ser lo suficientemente bueno, el de ser débil. Peor aún, no podía evitar sentir vergüenza por estar decepcionando al Abuelo. Los recuerdos de Rou siempre afloraban con más fuerza cuando pensaba en el anciano y en los sentimientos amargos que los acompañaban. Suspiré y dejé la espada, cambiando a la otra forma que me había enseñado el Abuelo, la desarmada que practicaba cada mañana. Al menos esta no se sentía tan mal... Hasta que empecé a practicar boxeo de sombra con un oponente imaginario. En el momento en que lo consideré algo más que una forma de defenderme y pasé a la ofensiva, mis extremidades empezaron a crujir. Fue una sensación desconcertante, así que la aparté y me concentré tanto en los movimientos... Como en lo que había aprendido hoy mismo. La primera lección del Señor Magistrado había sido... Interesante, supongo. La política no era un campo que dominara, ni que me hubiera interesado jamás. De donde yo venía, el gobierno era visto con un desdén apenas disimulado. Rou tampoco se lo había planteado. Su abuelo, desde luego, no le había enseñado nada al respecto, y el cultivo de la tierra había absorbido su mundo desde que lo capturaron. Al menos no estaba del todo indefenso: los caracteres cortesanos que Rou había aprendido eran invaluables; pero aun así, no sabía qué esperar. Así que entré a la clase esa mañana con cierta inquietud, al día siguiente de habérselas pedido. Nos reunimos en una sala privada, vacía y bastante bien equipada. Tomamos algo, nos sentamos cómodamente y llevé una lista aproximada de los temas a tratar. Me sentí como si me hubiera invitado a su casa, hasta que se levantó, con el rostro serio y concentrado. Verlo de pie frente a mí, con las manos a la espalda, dando una clase, me pareció casi... Moderno. Pero supongo que las clases magistrales no habían cambiado mucho desde los inicios de la escuela, salvo por la incorporación de PowerPoint. Se puede imitar una especie de PowerPoint con un cristal de grabación... No, por ahora me guardo esa idea. Ya presenté la presentación de diapositivas de la boda, y fue todo un éxito. Quizás podría usarla en la Compañía Comercial Jade Azur en algún momento, para así conquistar el mundo con gráficos llamativos y campañas publicitarias arrolladoras. Aunque el Señor Magistrado no necesitaba todo eso para resultar interesante. Su semblante severo y su voz me habían cautivado. Poseía ese carisma sereno del que todo el mundo hablaba, uno que por fin pude comprobar personalmente. “No existe un único camino correcto para esto,” había declarado el Señor Magistrado. “En esencia, uno debe elegir una... Imagen, por decirlo de alguna manera. Representar el papel elegido. ¿Cómo actuaste cuando conociste a los demás miembros de las Sectas? Si lo recuerdas con claridad, entonces continúa, en general, actuando de esa manera. Si al principio no te importaba el decoro, puedes seguir haciéndolo. Lo fundamental es actuar con coherencia. En este caso, cierta falta de decoro puede ser beneficiosa, pues demuestra o bien que no tienes ni idea de lo que haces, o bien que eres tan poderoso que tales nimiedades te parecen indignas. Creo, por lo que me has contado, que se trata de lo segundo. Así que debemos alimentar esta suposición.” Su discurso inicial no fue exactamente lo que esperaba, pero todo cobró sentido. Aprovecha lo que tienes. Usa todas tus fortalezas. Lo dijo con una autoridad tan absoluta y serena que no pude evitar confiar en él. Parecía algo cansado, pero supongo que yo mismo le había causado bastante estrés con mis acciones. Tendría que comprarle algo bonito. Tras la primera clase, pasó a una especie de cuestionario extraño, en el que me hizo un montón de preguntas y yo tuve que, básicamente, responder de acuerdo a los escenarios que me presentaba. Aunque había revelado lo que se consideraría un defecto en este mundo: Me disculpaba demasiado. Por primera vez en mi vida, me dijeron que ser tan educado era una desventaja. Una parte de mí se estremeció cuando me dijeron que no podía decir "Lo siento" automáticamente. Tendría que luchar contra cada fibra de mi ser para hacerlo, pero era algo que tendría que hacer cuando hablara con la gente. Después de eso, conseguí un montón de pergaminos para aprender el decoro adecuado, para poder saber cuándo alguien intentaba insultarme sutilmente y qué insultos podía ignorar "sin peligro". En general, estaba sorprendentemente bien estructurado para algo que parecía haber escrito en una sola noche. Al menos esta vez se le vio algo más contento cuando le di algunas de las Hierbas Espirituales. Su esposa me había dicho que a veces tenía problemas estomacales y que las hierbas le ayudaban con eso. Al final del día, lo único que quedaba era volver corriendo a casa de Hong Yaowu y encontrarme con mi esposa, que se compadecía de la pila de pergaminos que tenía que leer. Meimei tenía sus propias lecciones con la Dama Wu, quien aparentemente era una capataz de esclavos, obligando a mi esposa a presenciar todo un simulacro de evento formal. Ella, sin duda, había sido más proactiva que yo en los preparativos, pero yo no iba a seguir holgazaneando. Y me consoló un poco saber que no estaba solo. Meimei había empezado a tomar clases con la Dama Wu por voluntad propia, para ayudarme. Así que ahora me tocaba a mí hacer lo mismo. Si había una persona en el mundo entero con la que podía contar, era Meimei. Pero no solo contaba con ella, ¿verdad? Tenía toda una familia dispuesta a ayudarme. Salí de mis pensamientos e hice una mueca; estaba empapado en sudor por las formas que había estado practicando. Con un suspiro, pensé: No estoy llegando a ninguna parte. Salí de mi postura y me senté junto a la espada y el pergamino. Luego me detuve un instante a contemplar el cielo, una hermosa franja de estrellas, y la luna que brillaba como una media luna plateada en lo alto. Bueno, ya le había pedido ayuda a una persona, y Lanlan sabía más de estas cosas de cultivación. O tal vez Big D podría ver qué pasaba. “¿Gran Maestro?” Una voz me interrumpió y volví la vista hacia Big D. El gallo había estado con Rizzo todo el día; ambos ayudaban a Papá recogiendo hongos. Hablando del rey de Roma... O, mejor dicho, “hablando de Cao Cao”. Solo que, en lugar de ser un señor de la guerra de los Tres Reinos, era un cultivador súper poderoso que tenía una proyección de Qi de sí mismo riéndose de ti, que aparecía si pronunciabas su nombre con ira. Levanté la mano y saludé al ave que se acercaba. “Oye, ¿cómo estás esta noche, amigo?”, le pregunté, bajando el hombro para que pudiera subirse.
❄️❄️❄️
El gallo, sin embargo, permaneció en el suelo, con la mirada seria. Bi De había pasado un día maravilloso en Hong Yaowu. Lo había dedicado en gran parte a explorar los bosques y examinar el pueblo con la Hermana Ri Zu y Yin, mientras su Señor se encontraba en Colina Verdeante consultando con su sirviente. El Primer Discípulo aún tenía asuntos pendientes allí, con la extraña anciana que le había dado su mapa meses atrás, pero averiguaría qué contenía exactamente el cristal antes de ir a enfrentarse a ella. Había estado preocupado por cómo acercarse a su Gran Maestro. Su Señor no había sido precisamente discreto con su entrenamiento, y su lucha era evidente. Sin embargo, él persistió. Bi De había organizado una reunión discreta antes de ir a Hong Yaowu para hablar del asunto con la Hermana Xiulan y Tigu. Xiulan había sugerido que quizá su nivel de cultivación le impedía empuñar la espada, y que esto era simplemente un obstáculo. Tigu pensó que era una tontería molestarlo con sus preocupaciones. Simplemente había declarado que se volvería tan fuerte que jamás necesitaría ser rescatada, y que el Gran Maestro podría permanecer en la Fa Ram. No querría oír ni una palabra de enemigos, pues no quedaría ninguno con vida. Por su parte, Bi De no estaba seguro. Lo único que sabía era que su Maestro necesitaba ayuda, algo que él apenas sabía cómo proporcionarle. Todos estaban de acuerdo: ayudarían al Gran Maestro, por poco poder que tuvieran. Sin embargo, sus planes se vieron interrumpidos por la dulce ambrosía que era el aguamiel, y luego por los preparativos para el festival, ya que el Gran Maestro redujo su práctica nocturna con la espada. Esa noche, sin embargo, su Maestro había vuelto a ir a practicar solo. Tanto la Hermana Tigu como la Hermana Xiulan habían acordado que él debía ser quien se acercara al Maestro. Era el Primer Discípulo y, por lo tanto, el más cercano a él. Además, Bi De había estado con él cuando recibió esta técnica. Sin embargo, ahora sentía temor mientras contemplaba a su Gran Maestro. El rostro de su Señor estaba cubierto de sudor, y en su brazo, el mismo con el que había golpeado al intruso Zang Li, recorrían pequeñas líneas de oro. Como si la herida aún estuviera ahí, justo debajo de la superficie. “Oye, ¿cómo estás esta noche, amigo?” Preguntó su Maestro, mientras hacía el gesto para que Bi De se sentara sobre su hombro. Su sonrisa era la misma de siempre al contemplar a su discípulo, incluso a través de la tensión. Bi De honró las enseñanzas de su Maestro. Pensó que, en ello, tal vez había encontrado la solución al enigma de cómo ayudarlo. Una de sus lecciones más importantes y, a la vez, más sencillas. El preguntó. “Su discípulo está bien, Gran Maestro,” dijo, haciendo una reverencia. “Sin embargo, no he venido a verlo para que yo esté bien… Algo le preocupa.” Su Señor hizo una mueca ante la pregunta, y Bi De temió haberse extralimitado. Pero su Maestro se limitó a suspirar y luego bajó la mirada hacia el pergamino de la guerra. “Sí. Sí, esto me preocupa.” Su sonrisa se torció mientras miraba hacia otro lado y se encogía de hombros. “Esto... A veces es demasiado, ¿sabes?” Preguntó, señalando la espada. “¿Puedo ayudar en algo?” Preguntó Bi De con insistencia. “Todos hemos notado su malestar. Sus discípulos están preocupados, Gran Maestro.” “¿Es tan obvio?” Preguntó su Maestro, frunciendo el ceño. “Lamento haberles preocupado.” Bi De negó con la cabeza. “No se disculpe, Gran Maestro. Todos sabemos por qué sigue este camino… Pero eso no quita que nos preocupe ver su dolor al practicar las artes de la guerra.” Su Gran Maestro guardó silencio ante las palabras de Bi De. Le echó un vistazo al pergamino. Miró hacia Colina Verdeante, aunque su mirada se perdió en la lejanía por un instante. “Hui de esta vida”, susurró con frustración en la voz. “Nunca quise nada de esto. La política, las sectas, las peleas… Lo odio. Solo quería ser agricultor.” “Y aun así lo hace, ¿verdad?” “Sí. Yo lo empecé, así que lo terminaré,” respondió con un resoplido, apartando la mirada de Bi De. “Lo siento si no soy un gran Maestro.” Bi De fulminó con la mirada a su Maestro por el tono de su voz. “No. Usted es nuestro Gran Maestro. Usted carga con este peso por nosotros, aunque lo odie. Pero, Gran Maestro… No tiene por qué ser así. Que sus humildes discípulos sean sus armas, si es necesario.” Las palabras fueron pronunciadas con calma, mientras el gallo inclinaba la cabeza. Su Gran Maestro pareció sorprendido, aunque al cabo de un momento negó con la cabeza. “No puedo pedir a la gente que cargue con un peso que yo no estoy dispuesto a asumir,” respondió su Gran Maestro. “No necesita preguntarnos, Maestro. Todos elegimos esto. Por las cosas que ha creado. Su sueño del que nos habló… Yo, su discípulo, debo decir… Que ya no es solo suyo. Cuando me preguntó por primera vez cuáles eran mis objetivos después de nuestra batalla con Sun Ken… Dije que era defender la Fa Ram. Mantengo ese juramento.” Hace casi un año, en la nieve, tras la muerte de Sun Ken, su Gran Maestro les confió su objetivo. Sus razones para venir a las Colinas Azures. El objetivo de su Maestro: crear un paraíso en la tierra. Bi De había visto el mundo. Y, aun así, su objetivo no había cambiado, ni siquiera con sus experiencias. Desde lo sucedido con Miantiao, pasando por la aventura en las cuevas de cristal con los monos, hasta la batalla en los Picos de Duelo. Defendería la Fa Ram. Ese era su mayor orgullo y su mayor ambición. Su Gran Maestro miró fijamente a Bi De. “Defender tu hogar, ¿eh?” Preguntó. Respiró hondo. “Pero… Aunque este entrenamiento no funcione, necesito algo. No voy a ser una carga. Bi De, ¿me ayudarás? ¿Intercambiarás consejos conmigo?” El Primer Discípulo se inclinó hacia adelante, con el orgullo desbordado por la confianza depositada en él por su Señor. “Sería el mayor honor para este Bi De.” Iba a tener la oportunidad de entrenar directamente con su Señor. Alzó la vista y vio a su Maestro estremecerse ante la pregunta. Bi De se preguntó si se había extralimitado. La mano de su Maestro se alzó, sin que él se lo pidiera, mientras se agarraba el pecho. Inspiró profundamente y cerró los ojos. Entonces asintió. Su Maestro se puso de pie e hizo una reverencia. “Por favor, trátame con amabilidad, Maestro Bi De,” entonó. Bi De sintió que el corazón le daba un vuelco en la garganta y sus plumas se erizaron; su Señor se había referido a Bi De como su Maestro. “¡Por favor, Gran Maestro! ¡No tiene por qué humillar así a su discípulo!” Chilló. Su Señor se rio de la voz quebrada de Bi De, mientras ambos se levantaban de sus reverencias. “Muy bien. ¡Hagámoslo!” Exigió su Maestro. Bi De se abalanzó hacia adelante. Su Maestro, quien lo había criado a tales alturas, le pedía consejos. La luna creciente brillaba en lo alto, en su forma más perfecta.

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