Capítulo 30
La Dama De Hong Yaowu
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
Edición: Radak, Sho Hazama
El final del solsticio solía ser un momento tranquilo y soñoliento. Tras pasar la noche en vela, la mayoría deseaba un poco de paz, descansar durante el día y acostarse temprano. O quizás echarse una siesta, tomar un pequeño desayuno de mazamorra y té, y aprovechar el momento para reflexionar.
O al menos solía ser así, pensó Meiling. El aire fuera de su casa estaba cargado de energía, y todo el pueblo comentaba los sucesos de la noche anterior. Sonrió al ver a su hermano dormido desde donde estaba sentada al borde de su saco de dormir.
“Lo hiciste bien,” susurró, apartándole un mechón de pelo de la cara. Aún en ese momento, el cálido orgullo le llenaba el pecho. Se había desmayado menos de diez minutos después de la danza y había asustado a todo el mundo haciéndoles creer que se había lastimado.
Pero simplemente estaba durmiendo.
Meiling había recibido ayuda de Jin para meter a su padre y a su hermano en la casa, y después les había aplicado un ungüento calmante en los brazos y luego los había acostado a ambos.
Eso evitaría que les doliera demasiado mañana, y sí que les dolería.
Sonriendo para sí misma e imaginando las quejas que llenarían la casa al día siguiente, Meiling se levantó y comenzó a recorrerla. En su habitación vacía aún quedaban algunas de sus viejas pertenencias. Estaba relativamente vacía, lista para que tanto ella como Jin durmieran allí cuando la visitaran. Era obvio que alguien la había limpiado... Pero aun así resultaba extraño verla así. En el marco de la puerta aún se veían algunas marcas que indicaban su altura. Las pequeñas marcas estaban muy juntas, delatando a una chica que no había crecido mucho. El suelo tenía una ligera decoloración, donde había derramado uno de sus experimentos. Después de eso, se había visto obligada a realizarlos afuera.
Negando con la cabeza, siguió buscando por la casa un momento más, retomando viejos hábitos y buscando algo que hacer. Quizás algún rincón que necesitaba limpieza y que se les había pasado por alto, o algo que había que guardar.
Pero la casa estaba impecable. Todo estaba en orden... Aunque la organización era ligeramente distinta a como a ella le gustaba. Hu Li había puesto los trapos de limpieza a la derecha en lugar de a la izquierda, y la escoba estaba colgada en vez de estar en el suelo.
Hizo una pausa, preguntándose qué estaba haciendo exactamente. Ya no era la dueña de la casa. Respiró hondo tras pasar por la cocina para coger un palito de incienso y algunas de las bolas de arroz glutinoso que había preparado en casa, luego se giró y salió. El sol aún estaba tenue y difuso después del solsticio. Meiling alzó la vista y respiró el aire frío.
Le llegaron los aromas. Los aromas normales y cotidianos del fuego, la cocina, las plantas medicinales y la gente.
También le llegaron cosas más esotéricas. El olor de la nada. De pelaje y niebla. Agua y vapor. Una pradera en plena floración. El sol, la luna, un día justo antes de que azotara una tormenta, algo intenso y picante. Subyacente a todo ello, el aroma fresco de los árboles de hoja perenne y las especias de las galletas que Jin había preparado.
Sonrió y volvió a abrir los ojos hacia su aldea. Las enormes banderolas y banderas rojas ondeaban con el viento invernal. Las casitas estaban cubiertas por una fina capa de nieve y sus caminos despejados. Cincuenta personas estaban sentadas a la mesa, murmurando entre sí. Las colinas se alzaban al Norte, mientras que al Sur se extendían las llanuras y los campos nevados.
Su aldea siempre lucía espléndida en esta época del año. Si se hubiera casado con alguien de Colina Verdeante jamás habría podido volver a disfrutar de tal belleza. Se esperaba que la esposa celebrara con su marido, y pocos se animaban a hacer el viaje hasta Hong Yaowu.
En cambio, pudo pasar las fiestas con su familia.
Preparó el camino hacia el santuario del pueblo para poder rendir sus respetos matutinos a sus ancestros. Su mirada recorrió el pueblo y se detuvo en una gran olla comunitaria de mazamorra de arroz, donde la gente se acercaba a llenar sus tazones y añadir bayas y frutas secas a su comida. Ri Zu, Wa Shi, Pi Pa, Miantiao, Bei Be y Huo Ten estaban sentados juntos a la mesa desayunando. Ri Zu levantó una pata en señal de saludo; la pequeña rata estaba de buen humor esa mañana, mientras que el mono parecía a punto de quedarse dormido en su tazón.
Cerca de allí, vio que algunas personas rebosaban energía. Seguían despiertas, imitando los movimientos que Xiulan, Xianghua y Bowu les mostraban. Uno se mecía como la hierba con la brisa, el otro como una corriente. Yin los acompañaba, la coneja que saltaba con gracia al compás y brillaba como el sol. Los niños que se habían acostado temprano ya se habían levantado, y la mayoría de los adultos observaban o participaban.
Hu Li le increpaba a Gou Ren porque no se abrigaba lo suficiente en invierno... Sin importarle que su hijo no sintiera el frío y no se congelara aunque durmiera en un banco de nieve.
Sus intentos de justificarse cayeron en oídos sordos, y finalmente le obligaron a ponerse un abrigo. Yun Ren soltó una risita a su lado y volvió a jugar al go con su padre. El astuto zorro se batía en duelo con el taimado mono que era Ten Ren. Probablemente estarían allí todo el día, y Meiling vio cómo las monedas de la apuesta habitual caían sobre la mesa.
Logró avanzar entre la mayoría de la gente, pero fue abordada antes de que pudiera comenzar a subir la colina hacia el santuario.
“¡Oye! ¡Meimei!” Ty Sho, el padre de Ty An, la llamó para que prestara atención.
“¿Sí?” Preguntó Meiling, acercándose.
“Sin desmerecer lo que hizo el Pequeño Jefe… Pero estábamos teniendo una pequeña discusión. ¿El Pequeño Jefe también es un cultivador?”
Meiling arqueó una ceja ante el repentino silencio en la aldea. Era una pregunta válida. Para un cultivador, danzar toda la noche no era precisamente impresionante.
Meiling negó con la cabeza. “Ni una sola señal de que haya despertado su dantian.”
No sabía muy bien qué pensar al respecto. ¿Quería que su hermano fuera cultivador? Antes se habría negado rotundamente, pero ¿ahora? Bueno... No estaba tan mal, ¿verdad?
El grupo intercambió miradas, y la sonrisa de Ty Sho se ensanchó.
“¿Lo ven? ¡Se los dije! ¡El pequeño jefe estuvo practicando todo el verano, todos lo vieron!
Se oyeron más murmullos, y Meiling dejó a Ty Sho imponiéndose sobre aquellos que habían dicho lo contrario.
Negando con la cabeza con diversión, continuó.
Se acercó al altar y presentó sus ofrendas. Encendió una uno de los palitos de incienso y la colocó en el cuenco de arena. Luego inclinó la cabeza hacia el altar tres veces, como lo había hecho su hermano la noche anterior.
“Les rindo homenaje, venerados ancestros. Gracias por bendecir a este pueblo con la vida.”
Se quedó hasta que los palitos de incienso se consumieron casi por completo, luego se retiró respetuosamente.
Tomó otro respiro, percibiendo cerca el aroma penetrante y picante de Tigu. Curiosa, se adentró en el bosque.
No tuvo que esperar mucho para encontrar a la otra chica.
“Y luego volvió con… Esa chica, ¿sabes? ¿Cómo voy a competir?” Oyó Meiling murmurar a Ty An, con voz llena de frustración. Unos pasos más adelante, Tigu y Ty An aparecieron a la vista.
Tigu estaba con Ty An entre los árboles, con esculturas de nieve de hombres casi desnudos entre ellas. Reconoció las representaciones de Trapos, Chico Ruidoso y Guapo de trabajos anteriores de Tigu. También había una de Gou Ren que parecía inacabada, de una calidad mucho más simple y amateur. Aun así, era sorprendentemente buena. Ty An la miraba con tristeza.
Tigu le dio una palmadita en el hombro y miró a Meiling. Ella se encogió de hombros antes de girar hacia su amiga.
“Sí, sí, mi hermano menor es todo un partidazo. ¡Tienes buen ojo! Pero Ty An, ¡tú también eres una mujer estupenda! ¡Tu apariencia es infinitamente atractiva! ¡Vaya, has mejorado trabajando con el Tío Che! ¡Pecas, músculos y bronceado!”
Ty An, que se había girado hacia Tigu con esperanza, volvió a desplomarse. La chica, no tan huesuda y pecosa, miró horrorizada sus brazos, que se habían engrosado de tanto ayudar a Che en la forja y en casa. Meihua, maldita sea, conseguía parecer una delicada flor a pesar de cargar trozos de hierro para su padre; Ty An no tenía esa suerte.
“¡Por última vez, Tigu, a los chicos no les gusta eso!”
“¡Entonces son débiles y tontos!” Exclamó Tigu. “¡Te garantizo que encontrarás un hombre de calidad! ¡Escucha a tu hermana mayor, solo necesitas a alguien que aprecie tu belleza! ¿Y qué me dices de estos hombres tan apuestos?” Dijo, señalando las otras esculturas.
Ty An se sonrojó y empujó a Tigu sin mucho entusiasmo. "Bueno, no está tan mal..."
Tigu parpadeó y entrecerró los ojos.
“¿Trapos?” Preguntó ella. “No lo veo, ¡pero es leal y valiente! ¡Cuando nos volvamos a encontrar, cantaré alabanzas de tu hermoso rostro!”
Meiling decidió dejarlas solas.
Regresó a la olla común de arroz y se sirvió un poco de mazamorra. Tres de ellos seguían desaparecidos, así que se dirigió hacia los campos.
Encontró a su esposo sentado sobre una roca libre de nieve. Bi De estaba sobre su hombro y Chun Ke a su lado. Aún vestía las ropas ceremoniales que le habían prestado. Estaba encantado de poder usarlas y la noche anterior no había parado de hablarle de lo feliz que estaba de que su padre le hubiera permitido acompañar a su hermano.
Fue bastante tierno lo entusiasmado que se había mostrado... Incluso fue a tomar clases a escondidas con su padre para impresionarla.
Naturalmente... Funcionó a la perfección, y ella se enamoró de él de nuevo.
Todos contemplaban la monstruosidad nevada en uno de los campos. El Guardián Que Aleja El Hielo y la Nieve era un verdadero orgullo para su comandancia, elevándose majestuosamente hacia el cielo. Aun así, era mucho más pequeño que el General que Comanda El Invierno.
“Todavía no puedo creer que mi padre convenciera a todo el pueblo para construir eso,” dijo mientras se sentaba en la roca junto a él. Estaba cubierta con una manta que daba demasiado calor para ser natural, calentada por el Qi de Jin.
El brazo de su marido se movió inconscientemente para rodearle el hombro.
“¡Es absolutamente increíble!” Exclamó Jin. “¡No puedo creer que hayan logrado hacerlo tan grande!”
“Como dice el Tío Che, ‘Hong Yaowu hace todo lo posible’,” dijo Meiling con voz ronca.
Jin se rio del tono casi perfecto antes de soltar un suspiro de satisfacción.
“¡Hombre, me encanta este lugar!” Dijo, girando y mirando hacia el pueblo.
“Sin duda tiene su encanto,” ella coincidió.
Observaron juntos cómo los niños comenzaban una guerra de bolas de nieve... Y entonces Meiling divisó a un hombre que se acercaba por el camino. Era uno de los hombres del Señor Magistrado, un mensajero encargado de entregar los saludos de rigor en el solsticio. Aprovechaba el camino despejado, con una expresión de alivio en el rostro, pues el viaje, incluso en invierno, a veces solo tomaba un día.
Meiling le dio un codazo a Jin y señaló. Una sonrisa se dibujó en el rostro de su marido.
El mensajero dobló la última curva y pasó junto a la colina que ocultaba gran parte del pueblo.
Allí se topó de frente con un enorme gólem de nieve. Era del tamaño de un edificio de dos pisos. Sus ojos se desorbitaron cómicamente y tiró de las riendas, provocando que su caballo se encabritara del susto y lo arrojara contra un banco de nieve.
El Guardián Que Aleja El Hielo y la Nieve se cobró su primera víctima.
Miró hacia Hong Yaowu. El pequeño e insignificante pueblo donde rara vez sucedían cosas.
Ahora albergaba a más cultivadores y Bestias Espirituales de los que la mayoría de los lugares de las Colinas Azures jamás habían visto, y mucho menos conocido.
¿Acaso su insignificancia era su mayor virtud? Meiling no se consideraba una persona filosófica... Pero no podía imaginar que una ciudad fuera tan querida por sus habitantes.
Puede que Hong Yaowu no tuviera grandes bibliotecas ni sucedieran cosas interesantes... Pero, en cierto modo, seguía siendo un hogar.
Y no podía imaginarse creciendo en otro lugar.



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