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martes, 3 de marzo de 2026

BC - Volumen 4 Capítulo 29


Capítulo 29
Termina Donde Comienza
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
La mañana del solsticio comenzó igual que el año anterior, reflexionó Bi De. El cielo estaba nublado y el mundo estaba cubierto por una densa niebla que ascendía de la tierra, aferrándose a todo lo que tocaba. La nieve cubría la tierra, y los titilantes rayos de sol le conferían un aire casi etéreo, como la bruma de un sueño. Y al igual que el año anterior, un trineo de vivos colores, pintado con laca roja, se deslizó velozmente sobre la nieve caída. Sobre él brillaban estrellas y un sol naciente. Ramas de cedro, adornadas con campanillas plateadas, repicaban al compás de los nobles animales que lo tiraban. Bi De permanecía en su lugar al frente del trineo, con su elegante sombrero rojo ondeando tras él. El viento azotaba sus alas mientras se deslizaban velozmente a través del túnel de ramas perennes cargadas de la intensa nevada de la noche invernal. Debajo de él, el hermano Chun Ke y la hermana Pi Pa llevaban el trineo a su destino. Chun Ke lucía su magnífico cuerno de ciervo, en señal de respeto al qilin original que había tirado del trineo del gran sabio San Ta, mientras que la nariz pintada de rojo de Pi Pa era un faro en la niebla, una luz que atravesaba la oscuridad. En efecto, toda la Fa Ram lucía sus mejores galas para el solsticio, un espectáculo digno de admirar. Los tonos naranjas y rojos del sol naciente los envolvían, aunque por el momento ocultos bajo abrigos y chales oscuros. El trineo, repleto de gente, estaba atestado. Ri Zu iba a lomos de Bi De, aspirando el aire con la nariz. Su Gran Maestro se sentaba junto a su esposa, justo detrás de Bi De, y ambos disfrutaban del paseo en silencio. Los demás estaban más atrás. Los discípulos Yun Ren, Gou Ren y Xiulan descansaban y charlaban con Xianghua y Bowu. Wa Shi estaba en su jarro a sus pies, asomando la cabeza por encima del hombro mientras golpeaba alegremente el lateral del trineo. Tigu estaba sentada encima del saco lleno de comida, con Yin y Miantiao metidos dentro de su camisa. Su sombrero rojo ondeaba al viento. Al menos Tigu guardaba silencio ahora. Por primera vez en su vida, Bi De había sentido enfado hacia su Gran Maestro, pues él le había enseñado esa canción. Había sido gracioso verla girar como un trompo sobre los dedos de los pies y gritar “¡Pa Do Ru, Pa Do Ru~!” durante los primeros cinco minutos. Una semana después, la situación se había vuelto completamente insoportable. La hermana Ri Zu incluso había empezado a contemplar la posibilidad de envenenarla de nuevo, planeándolo minuciosamente con Bi De. En esos momentos, le costaba mucho actuar como la voz de la razón, recordándole con dulzura que no lo hiciera. A continuación, llegaba Bei Be. El buey trotaba a paso tranquilo justo a su lado, con el arado guardado a salvo dentro del trineo. Finalmente, estaba Huo Ten. El mono estaba acurrucado en la parte trasera del trineo, sosteniendo el cristal de memoria, fruto del viaje de Bi De. La pieza lucía visiblemente distinta esa mañana; la tormenta que la azotaba en su interior se había ralentizado hasta casi detenerse. Estaban todos juntos, igual que la noche anterior para su propia celebración especial. Ayer se habían reunido alrededor de un imponente árbol de hoja perenne. El árbol estaba decorado con cuerdas, vidrio y los cristales de luz que Huo Ten y Yin habían encontrado. Era una vista preciosa entre la nieve que caía suavemente, un faro de luz que alcanzaba el cielo. Después, todos se reunieron alrededor del hogar con una taza de té caliente de especias en la mano, escuchando al discípulo Gou Ren y a la Sabia Sanadora deleitarlos con historias de su infancia. Tigu y Wa Shi habían deslizado sus regalos en el último momento. Estos se intercambiarían al día siguiente, después del festival del solsticio. Cuando la noche era más profunda y el sol dormía durante más tiempo. Esa mañana, la hermana Yin había estado sorprendentemente aletargada; la conejita cansada no hablaba mucho, ni siquiera reaccionó cuando Tigu la había metido por delante de su camisa. Bi De volvió a mirar a Huo Ten, al mono acurrucado alrededor del cristal. Estaba cubierto con una tela, y Huo Ten había declarado que necesitaría ver el amanecer para completar su estabilización. La hora que había esperado pronto llegó, y sintió que ciertos nervios comenzaban a apoderarse de él. Bi De lo apartó de su mente por el momento; el pueblo se acercaba. Fueron recibidos con gran pompa. Su Gran Maestro comenzó a reír con un estruendoso “¡Jo jo jo jo!”
❄️❄️❄️
Hong Xian estaba sentado frente a una vela en una habitación oscura, su respiración era tranquila mientras se preparaba. Llegó el día del solsticio. Inspiró hondo y exhaló por la nariz. Su hijo, que compartía su nombre “el nombre que todos los jefes de aldea de Hong Yaowu habían tenido durante al menos setenta y seis generaciones” estaba sentado frente a él. Tenía los ojos cerrados con fuerza, tenso. No era la meditación pacífica y serena que debía realizar, pero Xian difícilmente podía reprocharle al muchacho sus temores. Sería la primera vez que se le permitiría estar en el círculo con su padre para danzar frente a los demás. A diferencia de su padre, el único deber de Xian el Joven era aguantar todo lo que pudiera. No había vergüenza en que un niño de nueve años se retirara después de una o dos horas, pero cuanto más tiempo danzaran juntos, más auspicioso sería. Su hijo se había estado preparando muy duro para este momento. Había sido diligente y sin la insistencia que normalmente necesitaba. Un comienzo modesto, pero bueno. Meiling había sido incluso más traviesa que Xian a su edad, partícipe voluntaria de las intrigas de los hermanos Xong y el doble de alocada, a pesar de ser una ratona de biblioteca. La edad y la pérdida habían atenuado eso; la muerte de su querida esposa obligó a su hija a madurar demasiado rápido. Pero todos tenían que madurar tarde o temprano. Su hermana ya no estaba para cuidarlo, y su hijo estaba afrontando el reto. Para él y Yao Che, cada año la danza requería una semana de preparación. Una semana de cuidadosa meditación y ejercicios de respiración que se intensificaban gradualmente hasta el último día. Normalmente, este tiempo lo pasaba en completa soledad. Lo único que tenía era una vela y agua. Estaba sin camisa y respiraba profunda y pausadamente. Contemplaba la llama parpadeante de la vela e intentaba concentrarse para el esfuerzo que se avecinaba. Era un momento en el que, a solas con sus pensamientos mientras se preparaba, solía reflexionar profundamente. Reflexionaba sobre los errores que había cometido y los remordimientos que sentía. Siempre recordaba a su difunta esposa; por aquel entonces, había pensado mucho en el incierto futuro de Meiling. Meditaba sobre las dificultades que había sufrido su hijo y el deber que él mismo debía cumplir como Hong Xian. En la oscuridad, ante la luz de la vela, todos y cada uno de sus defectos lo asaltaron. Intentaron distraerlo. Era una lucha constante, como escalar una montaña una y otra vez. Una batalla mental que debía ganar antes de enfrentarse a su cuerpo. ¿Tal vez esa era una de las razones del ritual? Para que los líderes de la aldea reflexionaran sobre sus deberes, en este momento previo al desafío físico más duro que la mayoría de ellos enfrentaría en todo el año. La verdad es que este año le aterraban los preparativos. Sin su hija y con su hijo comenzando su primera vigilia, preveía que serían tiempos difíciles. Tanto él como el hermano Che carecían del apoyo de sus familias. Los mayores del pueblo, los hermanos Xong, Meihua y su propia hija se habían marchado. Por supuesto, todas sus preocupaciones eran infundadas. Su pueblo no lo habría abandonado ni lo habría dejado a su suerte. Ty An, la chica pecosa y huesuda, se había adaptado fácilmente a vivir con Yao Che, ayudándolo en todo lo que podía. Nezin Hu Li y la pequeña Liu, la niña callada, habían venido a ayudar al propio Xian, mientras que el resto de los aldeanos se encargaban de los preparativos con poca intervención suya. Era fácil dejarse llevar por el miedo, pero debería haber sabido que no debía olvidar la verdad más simple. Hong Yaowu se preocupaba por los suyos. Aunque era muy diferente a todos los años anteriores, Hong Yaowu siguió adelante, porque los cambios eran en su mayoría para bien. No se había registrado ni una sola muerte en todo el año. Los cuatro recién nacidos habían sobrevivido a sus primeros seis meses. Las enfermedades parecían haber desaparecido de su aldea; ni siquiera habían utilizado la mitad de las medicinas que necesitaron el año anterior. Incluso habían tenido una cosecha abundante: se había recolectado un 25% más de arroz que el año anterior. Xian dejó que el aroma de la vela llenara sus pulmones. Dejó que la tensión se disipara mientras estiraba el cuerpo. Todavía faltaban muchas horas para que tuviera que salir. Fue entonces cuando lo oyó. El tintineo de las campanas precedió al inevitable grito de ¡Jo jo jo jo jo! Una carcajada estruendosa provino de su yerno Jin, seguida por los vítores desenfrenados de los niños. Su hijo abrió los ojos de golpe. Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro. Se giró hacia donde provenían los vítores y por un instante pareció que iba a salir corriendo, pero se quedó paralizado. Se detuvo, a medio levantarse, y en lugar de eso, volvió a sentarse. Aunque su hijo parecía dolido, se había contenido. Xian inclinó levemente la cabeza, aprobando su autodisciplina. Y, además, no tuvieron que esperar mucho para que los visitantes los encontraran. Su hija entró en la casa, silenciosa y respetuosa de sus meditaciones como siempre. Él oyó una conversación en susurros, y luego ella entró en la habitación. “Padre. Xian'er,” susurró. Xian entreabrió un ojo y contempló a su hija. Su cabello verde estaba trenzado a los lados, como siempre, con la parte de atrás recogida en un moño. Sus ojos, normalmente penetrantes, irradiaban calidez, paz y felicidad mientras rellenaba en silencio los vasos de agua. Se deslizó detrás de su hermano y le susurró palabras de ánimo al oído. Su hija estaba en casa. Todo estaba bien en el mundo. Xian respiró por última vez y lo dejó salir todo. Este año, no dudaría de sí mismo. Este año, la escasa reserva de Qi que poseía, insuficiente para considerarlo un cultivador, se dejaría dirigir.
❄️❄️❄️
Hong Xian el Joven sintió náuseas mientras estaba de pie en la entrada de su casa. A pesar de que solo había comido una sopa especial que le habían servido tanto a él como a su padre, una sopa que, según decían, le confería propiedades energizantes. Había estado increíblemente picante, e incluso ahora sentía un poco de calor, vestido con el traje ceremonial. Xian estaba deseando salir. Este año no había podido disfrutar de nada. Ni de las festividades, ni de las visitas de su hermano mayor Jin y Bowu, ni de Lanlan para danzar, ni de Chun Ke para montar. ¡Fue terrible! ¿Por qué no se había ido corriendo? Al menos así se habría divertido en vez de quedarse parado como un loco. Los tambores comenzaron a sonar. Los pensamientos de Xian se congelaron en su cabeza. “Ya casi es la hora,” dijo su padre. Xian sintió que iba a vomitar la sopa picante cuando su padre se giró hacia él y se arrodilló ante él. La tradicional máscara solar cubría el rostro de su padre, pero Xian podía ver sus ojos fijos en los suyos. Se veía extraño con la máscara puesta. Casi daba miedo. Él no sabía qué buscaba su padre ni qué veía. Pero tras un largo rato… El hombre asintió. Su padre se giró y gritó en la quietud de su hogar. “¡Escúchenme, escúchenme! Soy Hong Xian. De acuerdo con el antiguo pacto, parto para realizar el Rito del Fuego. ¿Quién me ayudará a disipar esta noche y me asistirá en el despertar?” Xian tragó saliva cuando su padre hizo una pausa. “¡Escúchenme, escúchenme! Soy Hong Xian. De acuerdo con el antiguo pacto, parto para realizar el Rito del Fuego. ¿Quién me ayudará a disipar esta noche y me asistirá en el despertar?” Hubo un retraso. Se suponía que un solo ayudante asistiría a Xian en su primera vez, pero su padre no le había dicho quién sería. Xian parpadeó al ver entrar una figura muy familiar. Jin ya no vestía su traje rojo brillante; estaba envuelto en oscuridad. Se arrodilló, sin que se viera su sombrero por ninguna parte. “Sí, Hong Xian. Este Rou Jin te ayudará a disipar la larga noche.” Se sentía extraño que Jin se inclinara ante él; que el hermano mayor bobalicón que arrojaba a Meimei a los lodazales se pusiera serio. Xian sintió que su corazón se aceleraba al ver que la meditación no surtía efecto. Esto era grave, serio... “Aceptamos tu ayuda, Rou Jin. Guíanos hasta el lugar donde comenzará la próxima vigilia de Hong Xian,” dijo su padre. Jin asintió, haciendo una reverencia de nuevo, pero entonces la máscara seria se rompió por un segundo y Jin le guiñó un ojo a Xian cuando su padre comenzó a avanzar. “Lo harás genial,” susurró, dándole una palmada en el hombro a Xian. Sonrió cálidamente y su voz denotaba absoluta seguridad. Xian sintió que su corazón se calmaba, ligeramente, cuando su padre salió primero, llevando su bastón adornado con anillos. A continuación, llegó Jin, sosteniendo el bastón de Xian para él, una guardia de honor para su debut. La caminata que hicieron parecía un poco ridícula. Los pasos amplios y deslizantes que realizaban en medias lunas, casi como una danza. Normalmente, la mayoría de la gente esperaba al Padre en el santuario, pero esa noche se alineaban a lo largo del camino. “¡Presentamos nuestros respetos a Hong Xian!” Gritaron mientras se inclinaban. El camino hasta el santuario nunca había parecido tan largo. Meimei pareció sorprendida al ver a Jin junto a Xian, acompañándolo a él y a su padre. No sabía por qué. Siempre que Jin regresaba de Colina Verdeante pasaba a saludarlos y le preguntaba a su padre cómo realizar correctamente todas esas aburridas tradiciones. A papá siempre le encantaba enseñarle al otro. Incluso habían tenido una larga conversación sobre qué comida llevaría y cómo entraría en la aldea. A Xian le parecía una tontería, pero Chun Ke y el trineo eran divertidos. Mi padre había dicho que era importante. Xian seguía sin entenderlo del todo. Negó con la cabeza y volvió a concentrarse en sus movimientos. La sorpresa en el rostro de su hermana duró poco. En cambio, su sonrisa se volvió radiante mientras continuaban su encuentro. Tras una eternidad, y a la vez un momento, llegó al santuario. Vio a su amigo Shen de pie junto al Dignatario Che. Tenía baquetas en las manos y se movía inquieto. Xian intentó olvidarlo. Marchó hasta el santuario y se postró ante sus ancestros tres veces. Luego se dio la vuelta y se dirigió hacia donde su padre estaba de pie dentro de un círculo de braseros. Su padre lo miró fijamente mientras se detenía al borde del círculo de fuego. En las manos del hombre sostenía otra máscara. "Arrodíllate." Xian obedeció, arrodillándose. Su padre alzó la máscara del sol hacia el rostro de Xian. Era incómodo, pero no demasiado pesada. Simplemente le restringía un poco la visión. “Recibe el bastón de tu escolta.” Con manos temblorosas, sus dedos se cerraron sobre la madera. Sabía que era Jin quien se la entregaba, pero no tenía el valor para mirarlo. “Entra en el círculo.” Hizo lo que se le ordenó. Todo quedó en silencio. Ambos permanecieron inmóviles y en silencio, esperando. La mirada de Xian estaba fija en los últimos rayos de sol que se desvanecían. Un gong sonó. Los últimos vestigios del crepúsculo se desvanecieron, sucumbiendo ante la Noche Más Larga. Los tambores comenzaron a resonar. Lentamente al principio, y luego con creciente ferocidad. Era un ritmo ancestral que se había grabado a fuego en la memoria de Xian. Respiró hondo e hizo lo que su padre le había dicho: no pensar, simplemente moverse. Dejar que las horas de práctica guiaran su cuerpo, en lugar de su mente. Sus primeros pasos fueron vacilantes, casi tropezando, pero pronto se estabilizaron. El ritmo retumbaba en sus oídos. Todo lo demás se desvaneció. Su padre le dijo que solo tenía que aguantar la primera repetición de la danza si le apetecía. Xian no tenía ningún deseo de hacer lo mínimo indispensable. El siguiente paso fue perfecto. Su respiración era limpia y uniforme. Cada momento de práctica, cada momento con Lanlan en el bosque, sobre aquel maravilloso trozo de hierba suave, volvió a su memoria. Y mientras los tambores resonaban en sus oídos... La Danza del Fuego le pareció la adecuada.
❄️❄️❄️
“No tenemos un fuego como este. El Lago Brumoso rara vez se congela, así que los mortales danzan sobre lechos de juncos en el mismo lago,” oyó decir Bi De a Xianghua durante su danza con el discípulo Gou Ren. Solo tenían ojos el uno para el otro mientras ella aprendía de él la danza del fuego. La información era nueva para Bi De, pero encajaba. Cinco elementos. Cinco danzas. Desde su elevada posición vigilaba las festividades, para gran diversión de Tigu, quien le miró y le sacó la lengua, antes de volver a danzar con los niños que la rodeaban. Bi De ignoró sus burlas. Estaba pasando una noche maravillosa con la hermana Ri Zu. Sin embargo, envidiaba la naturalidad con la que sus hermanos y hermanas discípulos trataban a los niños. Lo intentó. El cielo sabía que lo intentó, pero… Eran tan inquietos. Sencillamente, no tenía madera para entretener a los pequeños. Ri Zu soltó una risita a sus espaldas, y él, obediente, la ignoró. Ya había soportado las burlas de los demás; que la hermana Ri Zu se sumara a las suyas era una traición imperdonable, y era obvio que la hermana Ri Zu jamás lo traicionaría. En cambio, volvió a bajar la mirada hacia los danzantes. En los finos, casi invisibles, hilos de Qi que se elevaban en el aire. Xiulan se había sentido intrigado por el Qi, pero Xianghua había descartado el fenómeno, diciendo que era igual que lo que les había ocurrido a los Hombres del Lago. Salvo por el hecho de que el Qi se alineaba con el fuego en lugar del agua, no tenía ningún efecto y, por lo tanto, fue ignorado. Sin embargo, Xianghua no tenía el don del vuelo, para elevarse tan alto como Bi De y observar hacia dónde se dirigían esas corrientes de Qi que conectaban las aldeas entre sí. Bi De se dejó llevar por el ritmo mientras Hong Xian el Joven llegaba a su tercera hora sin mostrar señales de agotamiento. En las afueras del círculo, el Maestro de Bi De trabajaba, avivando las llamas sin cesar. Echó un vistazo hacia un lado, donde Yin dormía y Miantiao movía la cola al ritmo de la música. Huo Ten estaba detrás de ellos, en silencio, sosteniendo el cristal entre sus brazos. La danza fue el detonante de su búsqueda. Al principio, solo había sido curiosidad básica, un ardiente deseo de aprender. Quería descubrir las razones de aquella extraña formación que, en un principio, creía que se extendía únicamente por unos pocos pueblos del norte. No toda la provincia. A medida que viajaba y se iban produciendo cada revelación, su deseo de saber más se intensificaba. Cada pueblo, parte de un todo mayor. Una danza y nombres que coinciden. Presagios de fatalidad y un gran cataclismo. Todos ellos formaban parte de la historia de esta provincia. Bi De observó cómo padre e hijo, pasado y futuro, danzaban juntos. Pasaron cinco horas. Luego siete. Luego diez. Todo el pueblo se quedó mirando cómo un niño de nueve años alcanzó su catorceava hora danzando en la oscuridad, imitando los movimientos de su padre. Bi De rogó que el fundamento de esta danza no fuera siniestro, que la historia contenida en el cristal no empañara la hermosa imagen que tenía ante sí. Y entonces Yin, profundamente dormida, comenzó a despertar. El cielo se iluminó cuando Huo Ten se subió al tejado y alzó el cristal hacia el cielo. Los primeros rayos del alba lo alcanzaron. Los colores arremolinados y fugaces brillaron al unísono por primera vez y luego se calmaron. Estable, listo para usar. El solsticio terminó cuando el alba disipó la oscuridad, y Hong Xian el Joven cayó de rodillas. Por primera vez en la historia registrada de la ciudad, el heredero del nombre Hong Xian había aguantado toda la noche en su primera danza.
❄️❄️❄️
Bi De contempló el cristal, sus prístinos contornos y facetas. Brillaban bajo los intensos rayos, centelleantes y nítidos, bañados por la luz de un nuevo ciclo. Un ciclo. Un nuevo año. Una nueva repetición. Echó un vistazo a su Gran Maestro, que se encontraba a la cabecera de la aldea junto a los dos Hong Xian. Los hombres tuvieron que alzar la cabeza para mirarlo a los ojos mientras él les daba una palmada en el hombro a ambos. Bi De volvió a centrar su atención en el cristal. El cristal que una vez albergó el alma de un Perro del Templo, un guardián que permaneció a su lado durante miles de años, protegiéndolo para su Maestro, hasta que el propio Maestro de Bi De le dio descanso eterno a la pobre bestia. Los recuerdos del pasado, junto con los del Perro del Templo, le pesaban en la mente. El Perro del Templo había estado atrapado durante tanto tiempo en el cristal. Sentía afinidad con el gran guardián. Bi De conocía sus pensamientos, su deseo de complacer a su Maestro. Podía admitir que la admiraba. Su devoción y su sacrificio. El soportar el sufrimiento durante incontables milenios. Pero... ¿Acaso ese era también su destino? ¿Sería un perro del templo para su propio Maestro? Bi De no lo sabía. Podía imaginarse fácilmente convirtiéndose en eso: una sombra, añorando solo los días de gloria del pasado, perdido en la esperanza de que el Maestro al que servía regresara algún día. No creía que fuera un destino tan cruel. Si su Gran Maestro se lo pedía, a pesar de la tragedia del final, no pensaba arrepentirse. Se entregaría como el Perro del Templo. Podría ser la Bestia de su Gran Maestro. Si su Maestro se lo pidiera. Pero él sabía que no era así. Sabía que, si le preguntaba a su Gran Maestro qué deseaba para el futuro de Bi De, sabría la respuesta. Podía oír las palabras acompañadas de una suave sonrisa y una mano delicada sobre la cabeza de Bi De. “Lo que tú quieras que sea tu futuro.” El gallo giró su rostro hacia el sol. Este llenaba el cielo, un fuego abrasador que le calentaba el alma. Era el comienzo de un nuevo ciclo, en este camino eterno e interminable. Bi De saltó muy alto en el aire. Inspiró profundamente y recibió el año nuevo con todas sus fuerzas. “¡Díselo, Bi De!” Gritó su Maestro con gran alegría. “Vengan, hermanos y hermanas. Dejen el cristal en paz, al menos por hoy. ¡Hay celebraciones a las que asistir!” Ordenó Bi De. Ri Zu, Yin, Miantiao y Huo Ten asintieron. Bi De descendió de nuevo al pueblo, donde aterrizó sobre el hombro de su Señor. El hombre giró y le sonrió, ofreciéndole una cucharada de sopa. El gallo la aceptó agradecido, mirando a su alrededor el tranquilo pueblecito. Tenía la esperanza de estar equivocado respecto a los ciclos. Pero si no lo estaba y los años y los tiempos se repetían... Demostraría estar a la altura del desafío.

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