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martes, 12 de mayo de 2026

BC - Volumen 4 Capítulo 58


Capítulo 58
La Tormenta
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
En el Norte, el invierno nunca se iba sin luchar. Incluso con la primavera casi encima, siempre había una última tormenta, la venganza del invierno. Cuando el cielo se oscurecía y la nieve aullaba desde el Mar de Nieve, desafiando por última vez la cálida brisa primaveral. Y esta... Fue terrible. Una tormenta infernal. Aproximadamente cada diez años, el Norte enviaba una tormenta de tal magnitud. Una tormenta que parecía activamente malévola, con nubes negras como la boca del lobo. Viejas heridas dolían; los animales dóciles se encabritaban presas del pánico. Hombres y mujeres se ensombrecían. Llegó con ella nieve, hielo y lluvia helada. Los vientos huracanados azotaron los tejados de teja y lanzaron olas de aguanieve helada que podían alcanzar el tamaño suficiente para enterrar y ahogar a un hombre. Truenos retumbaron y relámpagos crepitaron. Fue algo terrible, la Tormenta del Diablo.
❄️❄️❄️
“¡Refuercen lo que puedan, pero no se demoren! Los edificios se pueden reconstruir; ¡sus vidas son más valiosas!”, La voz del Señor Magistrado de Colina Verdeante se alzó por encima del viento que arreciaba mientras recorría el pueblo. La gente no se detuvo a mirarlo boquiabierta, sino que se apresuró a cumplir sus órdenes. Proyectar la voz con tal potencia requería mucha práctica, y él, sin duda, no tenía un don natural. Había practicado sin descanso para lograr el efecto deseado… Y después bebió abundante agua con miel. Lo necesitaría para su garganta. Y también un lugar junto al fuego. Hizo una mueca y se ajustó el abrigo mientras otra ráfaga de viento azotaba las calles… La Tormenta del Diablo soplaba con un frío inusual. El borde inferior de su túnica estaba mojado y parcialmente congelado, y agradeció enormemente llevar sus botas, no fuera a ser que sus pies también se congelaran. Sus ojos recorrieron la ciudad y el caos organizado que allí reinaba. Los planes establecidos se estaban siguiendo al pie de la letra; los guardias corrían de un lado a otro ayudando a los habitantes de Colina Verdeante a tapiar ventanas, asegurar puertas y proteger lo que podían. No era lo que quería estar haciendo hoy, pero el Señor Magistrado había aprendido que siempre que aparecía el grupo de abuelas, con la loca a la cabeza y una cabra a su lado, convenía escucharlas. Y con razón convenía escuchar cuando hablaban de una Tormenta del Diablo. Nunca había visto que aquella anciana se equivocara. Decía que lo presentía en sus huesos, y así el Señor Magistrado la escuchó. Las órdenes se recibieron sin quejas, los planes se pusieron en marcha con la facilidad de largos simulacros, pero siempre había cierto grado de caos. Eso fue precisamente lo que ocurrió. Marchó rápidamente por la ciudad. Los guardias ya habían estado patrullando, llamando a las puertas e informando a la gente de la voluntad del Señor Magistrado. A los habitantes de los barrios más pobres se les dio refugio en el salón principal del palacio, por si acaso sus casas no resistían el embate de la tormenta. El palacio era cálido, y sus gruesos muros y techo los protegían de cualquier tormenta que el Norte pudiera desatar. Aun así, hizo una última comprobación antes de entrar. Vio a un hombre forcejeando con una tabla, intentando clavarla en la ventana para mantenerla cerrada. El Señor Magistrado buscó con la mirada a un guardia, pero, por una vez, estaba solo, así que hizo una mueca y se dirigió hacia el hombre que forcejeaba, el único que había en la calle en ese momento. Agarró el otro extremo de la tabla para el hombre, estabilizándola para que pudiera terminar de clavar los clavos. “Gracias, hermano…” empezó a decir el hombre, girando para sonreírle al hombre que lo había ayudado, antes de darse cuenta de quién era. El asombro iluminó sus ojos, y de repente el Maestro de Colina Verdeante sintió un poco menos de frío. “¡¿Señor Magistrado?!” “¿Era eso lo último que tenías que hacer?” Le preguntó al hombre. “¡Sí, Señor Magistrado! ¡Primero llevé a mi esposa y a mi hijo al palacio!” Respondió el hombre. El Señor Magistrado asintió. “Buen hombre. Cuida de tus semejantes de Colina Verdeante, pero no te impongas cargas excesivas.” “¡Sí, Señor Magistrado! ¡Enseguida, Señor Magistrado!” Asintió y dejó marchar al hombre para poder continuar con sus últimas comprobaciones. Unos cuantos clavos más, unas cuantas conversaciones con los clanes más pudientes “cuyos patios y casas también albergaban huéspedes adicionales” y una visita a una madre soltera que necesitaba ayuda para llevar a su numeroso grupo de niños, bien abrigados, al palacio fueron sus últimas tareas. Ordenó al capitán de la guardia que cerrara todo... Y entonces por fin podría entrar en calor. El cielo estaba completamente negro cuando el Señor Magistrado entró en los salones del palacio, quitándose el sombrero y casi gimiendo de placer ante la sensación de calidez y seguridad. No le había gustado el aspecto de las nubes que se acercaban... Aunque sabía que estaría a salvo en el centro de su poder, cómodo. Su mirada recorrió el salón principal. Estaba lleno, pero no abarrotado. El crepitar de las chimeneas mitigaba el frío, y podía oír las notas de un guzheng tocado con maestría flotando en el aire. El ambiente era francamente optimista, y los niños incluso parecían visiblemente emocionados mientras se extendían los sacos de dormir. El Señor Magistrado sonrió ante sus payasadas mientras entregaba su abrigo y botas a un sirviente y recibía ropa caliente, afortunadamente seca. El sirviente hizo una reverencia, murmurando: “Señor Magistrado.” Tomó una taza de té del dueño de la tetería local, preparada a la perfección. Recibió un informe sobre la capacidad del palacio y el costo de la leña y la comida, que, sinceramente, era una minucia comparada con la absoluta admiración que sentía al albergar a sus protegidos en su propia casa. Caminó entre ellos, murmurando las palabras adecuadas a quienes deseaban hablar con él. En realidad... No prestaba demasiada atención, pero esas palabras de consuelo eran justo lo que la gente necesitaba oír. Poco después, llegó hasta la intérprete de guzheng, su encantadora esposa. La Dama Wu le sonrió al Señor Magistrado, rodeada como estaba por su público. Él le devolvió la sonrisa, sus hábiles dedos tocaron una canción de primavera, ahogando el aullido del viento. Una vez que amainara la tormenta, sus exploradores serían despachados. Partirían, desafiando las inclemencias del tiempo, buscando las aldeas e informándole de los daños que debían repararse. Pero por ahora... No había nada más que pudiera hacer salvo sentarse y esperar. Esperaba que Jin no se molestara por la demora en sus felicitaciones... Pero presentía que su alumno lo comprendería.
❄️❄️❄️
A pesar de la presencia de la Tormenta del Diablo, su furia parecía... Atenuada. Era algo insignificante. El viento aún sacudía las puertas mientras los niños se acurrucaban en fortalezas de mantas. Sus fríos dedos aún se deslizaban bajo los marcos de las puertas y hurgaban en el fuego, como si fueran vidas que extinguir. Pero su fuerza se vio contenida; las mareas de nieve derretida temblaron, pero no se extendieron como las olas del mar; la lluvia helada cayó y se derritió antes de poder congelar las casas. Los vientos huracanados rugieron, pero solo aflojaron algunas tejas y sacudieron las puertas, en lugar de derribar casas enteras. Porque había un guardián en la tierra. Su nombre y título eran grandiosos. Un defensor de ferocidad inigualable. La intención lo había forjado. Al principio, había sido una broma, y sin embargo… Era mucho más que su idea inicial. Porque en esa broma residía un núcleo de convicción… Y una chispa de poder de un pequeño soñador. Sus ojos eran negros como la noche e impasibles mientras contemplaba la fuerza del viento del Norte. Su sombrero, símbolo de su rango, era alto y majestuoso. Incluso tenía cerca a un subordinado leal que le prestaba algo de su fuerza. El General Que Comanda El Invierno se enfrentó la tormenta... Y sonrió.
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En el Octavo Lugar Correcto, la tierra se estremeció y retumbó mientras la lluvia, la nieve y el hielo se precipitaban por el Canalón que discurría en el centro. Estaba rebosante hasta el borde, y parte del agua se desbordaba por sus lados… Pero la gran obra resistió. La gente, refugiada en un bosque que antaño había estado plagado de lobos, observaba con asombro la enorme cantidad de hielo y agua que bajaba estrepitosamente por el Canalón, tanta que ni siquiera el Jinete del Torrente se atrevió a tentar a la suerte en aquella implacable corriente. En cambio, corrió de aldea en aldea, con la máscara de su Maestro bien puesta sobre el rostro. Arreó las ovejas a zonas protegidas; rescató de sus mortíferas corrientes a los insensatos que se acercaban al Canal; llevó a los ancianos de sus casas a un lugar seguro, un héroe más pequeño y cotidiano. Y, sin embargo, un héroe. Trabajó y se esforzó sin cesar, mientras las nubes convertían el día en noche, escupiendo y aullando. Pero las casas permanecieron firmes y fuertes. Se mantuvieron victoriosas. Al fin y al cabo, estaban en el Lugar Correcto.
❄️❄️❄️
El buen General se enfrentó al vendaval huracanado; se enfrentó a la lluvia torrencial. Permaneció en pie cuando, por derecho propio, debería haber caído. Pero ni siquiera el poderoso General, llegando tan lejos como estaba, pudo hacer frente solo a este ataque. Su subordinado fue el primero en caer. El Guardián Que Aleja El Hielo Y La Nieve cayó lentamente, exhausto. Su gélido corazón se convirtió en nieve derretida, pero había cumplido bien con su deber. Su sonrisa se desvaneció por primera vez en todo el invierno al desplomarse, caído en acto de servicio. Y entonces el General se quedó solo. Durante no un día, sino tres, la Tormenta del Diablo lo azotó sin piedad. Su sonrisa se desvaneció. Su cuerpo quedó exhausto. Pero permaneció en pie. Permaneció en pie hasta convertirse en una columna blanca e inexpresiva, con un sombrero que, milagrosamente, no salió volando. Se estremeció y se estremeció, se tambaleó y se agrietó... Pero no cayó. Permaneció de pie mientras el sol se elevaba en lo alto del cielo, puro, hermoso y cálido. El General Que Comanda El Invierno permaneció en pie... Y no se desvaneció. Su cuerpo pudo haberse roto, pero su corazón de cristal permaneció intacto.

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