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martes, 16 de junio de 2026

BC - Volumen 5 Capítulo 8


Capítulo 8
Entero
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
Era una agradable noche de primavera. No hacía demasiado calor, pero tampoco frío. El aire estaba impregnado del sonido de los grillos y las ranas que salían de su hibernación y se ponían a cantar… Aunque no se las veía por ninguna parte. El cielo estaba lleno de finas grietas que irradiaban luz dorada. Brillaban y palpitaban con una energía compartida, pero se habían ido haciendo cada vez más delgadas a medida que el mundo sanaba. Un joven estaba sentado en la veranda de una casa. Era una construcción de aspecto peculiar: una mezcla de estilos con prioridades y filosofías completamente diferentes, pero que, de alguna manera, resultaba agradable a la vista. El joven era alto y corpulento, con pecas en las mejillas y una suave sonrisa en el rostro. Tenía el ojo derecho cerrado. Curiosamente, había un espejo a su lado. “Sabes, la verdad es que no esperaba la visita del anciano,” le dijo una voz junto al joven, quien se giró para mirarse en el espejo. En aquel extraño objeto plateado, vio su reflejo. Las mismas pecas. El mismo rostro… Salvo que el rostro del espejo tenía el ojo izquierdo cerrado. “Sí, me alegra volver a ver al viejo bastardo,” respondió Rou. En ese momento era… Difícil distinguir dónde terminaba Rou y dónde empezaba Jin. En realidad, no estaba "dormido" estos días. Era más bien como... Bueno, era como si fueran una sola persona. Incluso en este lugar, donde había recuerdos a medias de ellos casi completamente separados, conectados solo por sus pies... Eran uno. La conversación era más como si hablara consigo mismo que con otra persona. Aunque Jin había dejado que el lado de Rou... Saliera a la luz, tal como era, para volver a ver al abuelo. “Es… Un poco extraño verlo,” murmuró Jin. “¿En serio? Pensé que el anciano sería más alto.” “Sí. Crecí. Crecimos. Mierda, ahora somos enormes,” reflexionó Rou. Tres años. Era mucho tiempo y, sin embargo, el abuelo, aparte de las vendas, se veía exactamente igual que cuando se fue. “Las maravillas de comer bien,” dijo Jin con expresión seria, y luego comenzó a flexionar sus músculos. “Solo mira esto”. Rou apretó el puño y bajó la mirada hacia sus brazos. Por muy ineficiente que fuera para un cultivador ser tan grande, no podía negar que le gustaba. Y a Meimei también le gustaba. Ambos rieron. Tras un instante, Rou habló. “Entonces… ¿Qué te pareció?” Jin, el hombre del espejo “¿o era Rou el hombre del espejo?” reflexionó sobre la pregunta. “Se le dan mejor los niños de lo que yo pensaba,” admitió Jin. “Sí. ¡No esperaba que el viejo bastardo supiera lo que significa ser gentil! ¡Me colgó boca abajo del tobillo como castigo más veces de las que puedo recordar!” Declaró Rou, sonriendo al recordar el tierno cuidado con el que el abuelo había alzado a Xiao De. La brillante sonrisa en el rostro del hombre cuando el bebé intentó agarrarle la barba no tenía precio. “Se llevó bien con todo el mundo… Excepto con Meimei, al menos. No creo que le caiga bien,” continuó Jin con voz suave. “Sí. Sí, así fue. ¿Viste la cara de Yun cuando nos habló de las Islas del Cielo Ascendente? ¿O cuando empezó a criticar la forma de Big D?” Fue bonito. El abuelo se llevaba bien con la nueva familia de Rou. Tal como lo había soñado. “Parecía que también pensaba que estábamos haciendo un buen trabajo.” Por primera vez, el abuelo le había dicho que había hecho un buen trabajo, sin condiciones. La alegría aún bullía en el estómago de Rou. “Debería haber mantenido el alambique en secreto,” dijo Rou, sacudiendo la cabeza. “El viejo borracho parecía que veía abrirse el cielo cuando le contamos lo que hacía.” Jin volvió a reír al recordar la expresión de alegría y codicia en el rostro del abuelo. Era agradable; la compañía de Jin se había vuelto cada vez más tolerable. Incluso diría que le caía bien. O eso, o tenía ese "síndrome de Estocolmo" del que Jin le había hablado. Rou resopló mientras miraba al cielo, y su sonrisa se ensanchó aún más. Los dos guardaron silencio por un instante. Y entonces Jin volvió a hablar. "Aunque se lo estaba tomando con un poco de reserva.” El buen humor se desvaneció. Aquello que Rou no quería ver, pero que Jin no pudo evitar notar. “En realidad no habló de todo el tema de la cultivación, ni de la Secta de la Espada Nubosa,” coincidió Rou. Pero tampoco es que ellos hubieran sacado el tema. Por ese día… El abuelo había vuelto. Rou había disfrutado de esos pequeños momentos, del orgullo en los ojos del anciano. Pero estaba… Empañado y un poco forzado por las palabras no dichas. “Me alegraba que estuviera vivo,” dijo Rou. Odiaba lo vulnerable que sonaba ese sentimiento. Jin no aprovechó la debilidad evidente. En cambio, su reflejo también giró hacia el cielo. "¿Qué opinas de lo que dijo Mei? ¿De que quiere convencernos de que volvamos a ser cultivadores?" Meimei se enfrentó al abuelo. La mujer estaba loca… Pero, cielo santo, Rou quedó impresionado… Y, una vez más, conmovido al ver que su esposa estaba tan dispuesta a defenderlo. Rou respiró hondo. “Hablé en serio en cada palabra de esa carta. No me iré.” Quizás, si Jin no hubiera sido tan… Jin, y hubiera salvado el alma destrozada que quedaba de Rou, el abuelo se habría dado cuenta al instante de que algo andaba mal. Quizás, si la relación de Rou con Jin hubiera sido diferente, Rou estaría furioso, deseando que el abuelo descubriera que Rou había sido reemplazado. Pero Jin Rou era Rou Jin. Algunos días, esa separación ni siquiera existía. Quizás la unión definitiva entre Jin y Rou había comenzado cuando derrotaron a Zang Li. O tal vez la fusión se produjo cuando vio por primera vez el rostro de su hijo. O tal vez la separación nunca existió, y esto era solo un mecanismo de defensa terriblemente enfermizo, como Jin había bromeado. Que él había creado a Rou, o que Rou había creado a Jin, para sobrellevar el trauma de su muerte y la avalancha de recuerdos ajenos. “Nuestros terapeutas necesitarían terapeutas,” bromeaba Jin a menudo. A Rou todavía le parecía extraña la idea de esa profesión. Bueno, la mayor parte del mundo de Jin era jodidamente raro, y eso sin contar las cosas verdaderamente descabelladas, como los memes bizarros. Bueno, algunos eran bastante graciosos. "Jódelo y verás" era una frase verdaderamente elocuente, elegante en su concisa vulgaridad. Rou suspiró y apartó la mirada del espejo. “No tengo muchas ganas de tener esta conversación. A veces desearía tener más problemas que pudiera solucionar a puñetazos.” Jin resopló. "Sí, facilitaría las cosas.” “Bueno. Cuando el viejo quiera hablar… Hablaremos,” dijo Rou finalmente. “Lo afrontaremos juntos. Como hicimos con Zang Li,” declaró, con la mirada fija en el cielo de aquel extraño lugar. No había necesidad de discutir su plan de acción. Su compañero no tenía dudas ni preocupaciones de que pudieran entrar en conflicto por esto. Él quería mucho al anciano. De verdad que sí. Pero Rou ya tenía su propia casa. Su propia familia. Escucharía lo que el anciano tenía que decir… Y luego decidiría su propio futuro. Las grietas doradas en el cielo se hicieron más tenues. El espejo que estaba a su lado desapareció. La frontera entre él y sí mismo comenzó a desvanecerse. “Ya sabes, normalmente hay una batalla épica en el centro de la mente antes de que esto suceda. Se siente un poco decepcionante,” reflexionó Jin. “Puedo darme un puñetazo en la cara si eso te hace sentir mejor,” dijo Rou. “Y ambos sabemos que ganaría esa pelea de todos modos.” “¿Oh? Pero claro, tú eres el lado oscuro y melancólico. Así que gano por defecto.” Jin se rio, mientras imágenes de un montón de libros inundaban la mente de Rou; en ellos, cientos de protagonistas abrazaban a sus mitades más oscuras y pronunciaban frases cursis sobre el amor, la amistad y la aceptación. Rou suspiró con disgusto mientras Jin se reía a carcajadas, pero no pudo evitar sonreír con picardía. Esas historias eran… Bueno, en cierto modo le alegraba que a Jin le hubieran gustado tanto. Era un idealismo que, a veces, resultaba excesivo para un huérfano de las calles de la Ciudad del Crisol Dorado … Pero Rou realmente prefería un mundo menos oscuro y deprimente. Jin Rou, que era Rou Jin, abrió el otro ojo. El cielo nocturno cambió. Al amanecer. El lugar, en lo profundo de un alma fracturada, quedó sellado.
❄️❄️❄️
El ánimo de Shen Yu no mejoró mucho a la mañana siguiente al salir de la habitación que le había asignado Rou. Había meditado profundamente sobre las palabras de Hong Meiling… Pero eran palabras que no quería oír. La noche había pasado en un abrir y cerrar de ojos para sus sentidos, pero aún no estaba más cerca de encontrar la paz con sus palabras que cuando ella las pronunció por primera vez. A regañadientes, Shen Yu volvió a subir la estima que tenía por Hong Meiling. Pocos podían presumir de haberlo dejado tan atónito que no tuviera respuesta inmediata. Era tan audaz como cualquier cultivador, esa chica. Se levantó con el canto del gallo. La voz de Bi De llevaba consigo un ligero toque de Qi, revitalizando a todos los que la oían. Otra hazaña interesante. Tou Le habría pagado un castillo entero por semejante habilidad. Una vez en pie, bajó las escaleras para desayunar, siguiendo la rutina de cualquier mortal. Frunció el ceño levemente al ver a Hong Meiling amamantando a su hijo, pero luego desvió la mirada. En cambio, contempló la sinfonía de espadas que era Cai Xiulan, preparando el desayuno con una cerda y un dragón. Fue divertido, y Shen Yu no pudo evitar sonreír al ver a una bestia orgullosa cortando verduras y no al encantador vaivén de las caderas de Cai Xiulan. La chica era una excelente bailarina y su voz era dulce. Se oyeron pasos y se percibió una sensación de poder. Shen Yu apartó la mirada de la cocina y la dirigió hacia el Pequeño Rou. Su nieto le devolvió la sonrisa. Shen Yu contuvo el aliento ante lo que vio. Los ojos del Pequeño Rou eran la encarnación de la convicción, y su espíritu tan sereno como el del jabalí Chun Ke. “Buenos días, abuelo,” dijo mientras le servía el té a Shen Yu. El anciano tragó saliva. “Buenos días, Pequeño Rou,” respondió mientras más y más bestias espirituales y hombres entraban en la casa, charlando entre sí y sentándose a la mesa. Shen Yu observaba a Rou con las palabras de Hong Meiling en la cabeza. ¿Y qué si no? Ante todo, Shen Yu deseaba un legado. No en el sentido que la mayoría de los hombres tienen, con un heredero de su sangre. No. Lo que Shen Yu deseaba era un legado de un ideal. Un legado de un viaje, siguiendo los pasos de Shen Yu… Pero con su propio camino. Un hombre cuyos avances en la cultivación se debieron a reactivos que él mismo recolectó. Un hombre que aprendió de otros, pero no cayó en sus dogmas. Un hombre tentado por todo lo que este mundo ofrecía, que experimentó todos los placeres y todos los dolores, y aun así encontró la fuerza para separarse de ellos, dejando solo una cosa atrás: sus huellas para que otro las siguiera. Cuando Shen Yu ascendiera a los cielos, y a lo que allí se encontrara... Dejaría atrás a un hombre destinado a los cielos. Un hombre que encontraría a su propio aprendiz, le enseñaría lo que Shen Yu le había enseñado a él, y luego ascendería él mismo para unirse a Shen Yu en los cielos. Una cadena interminable del Dao de Shen Yu. No porque Shen Yu lo exigiera, sino porque la fuerza y el valor de su camino serían evidentes para todo aquel que lo transitara. Un camino desafiado una y otra vez… Pero inmaculado en su resistencia y perfecto en su propósito. Un viaje desde la nada hasta la cima del mundo. Rou lo entendería. Tenía que entenderlo. Tenía que saber que lo mejor para él era ser el tipo de hombre que Shen Yu quería que fuera.

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