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martes, 3 de marzo de 2026

BC - Volumen 4 Capítulo 27


Capítulo 27
La Niña Que Era Un Gato
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
La cabeza de Tigu se ladeó al recibir el impacto del puño. Ella respondió con un golpe propio, igualando al bastardo con cada impacto. A Tigu le dolía todo. Le palpitaba la cabeza mientras escupía un chorro de sangre, pero un momento después hizo retroceder a su adversario con un corte feroz. El hombre hecho de relámpagos la miró con furia. Era arrogante y altivo. Aunque Tigu lo había herido... Él era mejor que ella. Más poderoso. Tigu tragó saliva mientras el hombre la miraba fijamente. Sus ojos eran impasibles, indiferentes. La miraba como si fuera la suciedad en su zapato. “Lo acabaré en el próximo golpe,” declaró el hombre. “Rou Tigu, serás derrotada.” Tigu se preparó mentalmente para la pelea. No podría resistir mucho más. Pero no tenía por qué hacerlo. Tigu sonrió y se rio al sentirlo. Hogar. La montaña que era su hogar había llegado, y no estaba contenta. Su Maestro estaba aquí. El gigante hecho de relámpagos retrocedió. Sus ojos se abrieron con horror. Una mano cálida se posó sobre su cabeza. Tigu le sonrió a su Maestro. Su poder llenaba el mundo. Su enemigo, antes tan imponente, se estremeció ante su sola presencia, desvaneciéndose tras experimentar apenas una fracción del poder de su Maestro. “Buen trabajo,” él la felicitó, y luego su mirada se dirigió hacia sus enemigos. Como era de esperar, fueron derrotados por completo. Y Tigu solo podía sentir satisfacción.
❄️❄️❄️
Tigu despertó sonriendo. Su cabeza descansaba sobre la clavícula de la Dama y su espalda contra el pecho del Maestro. Tigu respiró hondo, aspirando el reconfortante aroma, antes de moverse inquieta. Tenía ganas de seguir tallando ese día y quería anotar algunas ideas. “¿Oh? Estás muy animada esta mañana. ¿Has tenido dulces sueños?” Preguntó su Dama, aparentemente ya despierta. Abrió un ojo y miró a Tigu con diversión. Tigu asintió. El sueño no era particularmente común, pero siempre que lo tenía, se despertaba de buen humor. El Maestro y la Dama, junto con la Hoja de Hierba, le habían advertido a Tigu sobre la posibilidad de tener pesadillas tras lo sucedido en las Picos de Duelo. Le dijeron que era normal que sintiera que algo andaba mal y que podían contar con ellos si necesitaba hablar. Tigu no tenía nada de eso. Sus sueños sobre los Picos eran tranquilos. Cuando soñaba, soñaba con el poder cálido y reconfortante de su Maestro envolviéndola y protegiéndola del daño. Soñaba con sus enemigos, otrora al borde de la victoria, arrodillados ante su Maestro con solo mirarlos. Soñó con el rostro de Ri Zu cuando la rata la rescató. Soñó con Chico Ruidoso y Trapos, heridos pero vivos, dándole palmaditas en los hombros. Soñó con todos relajándose en casa de Xiulan, con la batalla ganada. No sabía exactamente por qué debía sentirse mal. Habían ganado; su enemigo había sido derrotado por completo. Podía decir que ninguno de esos recuerdos la perturbaba demasiado. Lo único que la inquietaba era haberse vuelto complaciente al categorizar a la gente. Cuando era gata, todos habían sido enemigos; cuando era humana, casi todos habían sido amigos. Tenía que ser capaz de discernir rápidamente a quién debía tratar como a un compañero de entrenamiento y a quién como a Sun Ken. Incluso entonces, algunos días todo parecía una especie de recuerdo extraño y lejano. “Esperaba que durmieras un poco más, después de lo de ayer,” dijo su Maestro desde atrás, con voz grave, aunque aún con mucho sueño. Tigu negó con la cabeza. “¿Podemos intentarlo de nuevo esta noche?” Preguntó emocionada. Su Maestro soltó una risita. Aquello había sido una auténtica maratón de entrenamiento contra todos sus compañeros, uno tras otro, desde Ri Zu hasta Xianghua. Un excelente ejercicio, aunque Tigu todavía estuviera algo adolorida. “Bueno, si te apetece,” él aceptó. “¡Sí!” Exclamó Tigu entusiasmada mientras saltaba de la cama. El Maestro y la Dama negaron con la cabeza cuando Tigu bajó corriendo las escaleras para prepararse. En verdad, vivía la mejor vida. Un Maestro y una Dama. Sus hermanos y hermanas discípulos la acompañaban. Podía entrenar con multitud de oponentes amistosos que la llevaban al límite, incluso entrenar con su Maestro. Aunque a veces parecía torpe y descoordinado, eso no importaba. Bi De temía que su opinión sobre el Maestro disminuyera por haberle pedido ayuda, por haber fracasado en algo. Era una tontería. Estaba aprendiendo algo nuevo, y era normal que ocurriera. Al fin y al cabo, cuando llegara el momento, su Maestro los libraría de sus enemigos sin falta.
❄️❄️❄️
Lamentablemente, los entrenamientos se realizaban por la noche, así que Tigu necesitaba algo más para ocupar su día. El aire era frío y la nieve cubría el suelo espesamente mientras ella examinaba con atención el bloque de hielo que tenía delante. Era una buena pieza. Bonita y transparente, y brillaría como una gema una vez tallada. “Gracias, Wa Shi,” dijo, asintiendo hacia el pez. Su compañero discípulo le hizo un gesto de aprobación con el pulgar, y una de sus aletas se transformó en un brazo. Él la había ayudado a encontrar esa pieza, nadando bajo el hielo y examinándola desde abajo, buscando cualquier imperfección. Tigu recogió el bloque de hielo y comenzó a llevarlo a su "galería", cerca de la casa principal. El Maestro le había construido un lugar techado para colocar todas sus esculturas, un único sitio donde pudiera exhibirlas. Pi Pa y el Maestro la habían ayudado a colocarlas con buen gusto, y ahora, con el telón de fondo de nieve y hielo, ¡era todo un espectáculo! Pero necesitaba algo más. Le faltaba algo, y su Maestro tenía razón. No servía de nada tener solo esculturas de él. Tigu dejó el bloque de hielo en el suelo, apoyó la mano sobre su superficie y lo rodeó por completo, examinándolo con la mirada cada grieta, por pequeña que fuera, intentando visualizar qué podía extraer de él. Movió los hombros, y el grueso abrigo que llevaba puesto le dificultó ligeramente el movimiento. En realidad, no necesitaba el abrigo, porque no sentía el frío... Pero el Maestro y la Dama se lo habían hecho, y era bonito y cómodo. Igual que el gorro rojo que llevaba puesto, con sus trenzas naranjas asomando por detrás. Ambas prendas desprendían un aroma cálido y hogareño. Cosas reconfortantes... Y a ella tampoco le quedaban nada mal. Sobre todo, el sombrero. Era como el símbolo de la Fa Ram. Todos sus amigos llevaban un sombrero rojo brillante, y no había visto a ningún aldeano con uno. Aunque una cosa no era del todo perfecta. Miró fijamente su reflejo y se arañó la mejilla. Estaba perdiendo su bronceado. ¡Qué sorpresa tan desagradable! Era su segundo invierno, y en su forma felina, su pelaje simplemente se había vuelto más denso; no esperaba que su tez cambiara tan drásticamente. En su opinión, se veía extraña con la piel pálida. El bronceado era mejor. Más... Ella misma. Pero todos estaban perdiendo algo de color, incluso el Maestro. Solo la Hoja de Hierba y la Dama Nubosa permanecían igual. Ambas tan pálidas como la nieve. Tigu negó con la cabeza y volvió a concentrar su atención en el bloque de hielo. Buscaba algo que despertara su interés. A veces, las rocas y las ramas le hablaban, mostrándole lo que aspiraban a ser, lo que se escondía bajo su superficie. Otras veces, no había nada que visualizar, solo un lienzo en blanco para que ella creara a su antojo. El hielo siempre le había parecido distinto a otros materiales. Sinceramente, después de sus incursiones con piedra y madera, el hielo le parecía... Casi inferior. Se derretía, se deformaba y era frágil, pero le tenía un cariño especial. Fue lo que despertó su interés por la escultura: arrancar hielo de la tierra con su Maestro. Al principio, empezó a esculpir por la falta de oponentes y porque su Maestro elogiaba sus creaciones. Le encantaba esa agradable sensación en el estómago cuando su Maestro alababa su habilidad, incluso cuando los demás la ignoraban cuando se ponía agresiva. En aquel entonces, la tranquilizaba. Le daba algo que hacer para desahogar sus frustraciones, y poco a poco se transformó en algo que disfrutaba de verdad. Algo que le apasionaba. Era una conexión, distinta a las que surgían de los combates. Cada vez que tallaba algo en las Picos de Duelo, la gente hablaba de ello, daba su opinión, se unía a ella en la creación. Se sentía tan bien. Era una sensación que normalmente solo experimentaba en pleno combate. Era un recuerdo que atesoraba. Si lo que más le gustaba era pelear, tallar le seguía muy de cerca. Crear, dar forma, era dejar constancia de la amistad y los recuerdos. Tigu respiró hondo y clavó los dedos en el hielo. Sus uñas eran más afiladas y largas que las de un humano normal. No eran garras propiamente dichas, por lo que eran ligeramente inferiores a las de su otra forma, pero lo compensaban con su destreza. Se lo tomó con calma. Si bien era divertido conjurar un conjunto de cuchillas de Qi y crear en cuestión de segundos lo que imaginaba, el proceso tenía su encanto. Concentrarse al máximo, como hacía el Maestro cuando se enfocaba por completo en sus campos. Su concentración era absoluta mientras tallaba líneas. Estaba absorta en sus pensamientos, solo sentía la presencia del momento. Desgastaba el hielo y caminaba de un lado a otro para observar su obra. La Hoja de Hierba la miró fijamente, tallada en hielo. Xiulan se alzaba sobre la cima de una montaña, moviéndose al compás de su danza. Su mirada era firme, fija al frente. Era, de alguna manera, feroz y protectora, pero a la vez suave y acogedora. Tigu deslizó un dedo por el rostro de la escultura. La mujer que se había adentrado en el infierno para salvarla. Su amiga. No es que se lo dijera a Xiulan muy a menudo. No le convenía a la otra mujer que se le subieran los humos a la cabeza. Satisfecha, colocó la escultura junto a una del Maestro y asintió. Se oyó un leve murmullo de interés. ‘¿Oh? ¿No está desnuda?’ La voz de Ri Zu surgió de detrás de Tigu. Tenía un tono burlón. Tigu se encogió de hombros, se giró y tendió un brazo para que Ri Zu subiera. Xiulan le había dado permiso para esculpirla desnuda, con la condición de que no se exhibiera en público. Pero Tigu aún no había logrado dar con una composición digna de su amiga. Tenía que ser perfecta, para capturar la belleza de Xiulan como se merecía… No sus pechos, que atraían las miradas lascivas, sino los músculos de sus muslos y pantorrillas, que eran impresionantes, perfectos. Claro que Tigu no lo diría en voz alta. Era una escultora increíble, ¡y no tenía problemas para encontrar buenas poses! Así que, en vez de eso, cambió de tema. “Su ropa era más interesante hoy.” Ri Zu arqueó una ceja, pero no insistió, cambiando de tema para explicar por qué buscaba a Tigu: ‘El Maestro te necesita. Dijo que todos tenemos que amasar las galletas y pedir un deseo para tener buena suerte.’ “¿Galletas?” Tigu sintió que se le hacía agua la boca. Le habían sabido bien cuando era gata. No podía imaginar cómo sabrían siendo humana. ‘Y después... Habrá un Cónclave de los Discípulos. Bi De ha convocado uno, con motivo del solsticio,’ concluyó Ri Zu. Tigu asintió solemnemente.
❄️❄️❄️
El Cónclave de los Discípulos se celebró cuando los humanos de la casa se marchaban al invernadero. La reunión tuvo lugar en una habitación lateral de la casa, utilizada principalmente como almacén. A diferencia del salón principal, el techo de esta habitación no era alto ni abovedado, sino más bajo, para dar cabida al segundo piso. En la habitación, bien ordenada, había una mesa. Detrás de ella, una gran losa de pizarra, oscura e imponente, repleta de escritos y diagramas de Huo Ten sobre minería. La única luz provenía de un cristal brillante en el centro de la mesa. El resto de la habitación estaba a oscuras, sumida en las sombras. En la cabecera de la mesa estaba Bi De, de espaldas a ellos, absorto en el estudio de las obras de Huo Ten. Con las alas plegadas a la espalda, esperaba pacientemente. Antes, a Tigu le había molestado el puesto, el hecho de que la cabeza no le correspondiera. Una vez incluso planeó tomarla por la fuerza, humillar a su compañero discípulo y demostrar su superioridad. Aún no había renunciado del todo a ese lugar; todavía quería estar allí algún día. Pero la urgencia había desaparecido. La amargura no se manifestaba. Bi De presidía la mesa... Y eso estaba bien. El gallo la miró al sentir su mirada y le dedicó una breve inclinación de cabeza en señal de reconocimiento. Tigu le devolvió el gesto y se sentó en su lugar, justo a la derecha de Bi De. El lugar de la luchadora más fuerte. Ri Zu se bajó del hombro de Tigu y miró a su alrededor. La pequeña rata se animó y salió corriendo a buscar las tazas. Pi Pa estaba sentado junto a Chun Ke, preparando el té. La cerda, de modales refinados, permanecía en silencio, pero Chun Ke y Yin no, la coneja, posada sobre su cabeza, jugaba a las X y las O. El pelaje de Yin aún estaba algo sucia de su visita a la mina ese mismo día. Miantiao observaba, perplejo ante su juego, mientras Huo Ten hacía sus propios comentarios, sonriéndole a Tigu y rodando los ojos. Wa Shi estaba en su jarro, simplemente tumbado boca arriba, con la barriga hinchada por la cena y una expresión de felicidad en el rostro. Incluso Bei Be estaba allí; el buey inclinó la cabeza en señal de agradecimiento cuando Pi Pa terminó su brebaje y trotó hacia él. Tigu miró a su alrededor de nuevo y se movió inquieta. Era la única humana en la sala. El cónclave era para discípulos... O, más precisamente, Bestias Espirituales. La primera de los discípulos del Maestro. Su corazón latía con más fuerza en su pecho, pero logró calmarlo. Respiró hondo. Se oyó un chasquido sordo, y Rou Tigu volvió a ser una gata. Se sentía... Incómoda en esa forma. Casi claustrofóbica, y le picaba. Echó de menos sus manos al instante, y miró con tristeza sus patas, pero reprimió el impulso de volver a su forma humana. Varios de los otros discípulos se sorprendieron por lo que había hecho, mirándola con preocupación, pero ella permaneció sentada con porte erguido bajo sus miradas. ‘¿Estás bien?’ Susurró Ri Zu al regresar con las tazas. La sincera compasión en sus ojos hizo que los espasmos disminuyeran un poco. ‘Estoy bien,’ dijo Tigu, aunque un impulso irrefrenable de golpear a Ri Zu la invadía. Agarró esa parte de sí misma por el cuello, metafóricamente hablando, y la aplastó sin piedad, desgarrándola y relegándola a un rincón de su mente. Ella seguía siendo Tigu. Sus instintos podían, como decía a menudo el Maestro, irse al carajo. Chun Ke se acercó a ella con calma y la rozó con la nariz antes de regresar a su lado de la mesa. Finalmente se sirvió el té y todos se acomodaron. Bi De se giró desde su lugar a la cabecera de la mesa. Sus ojos eran penetrantes y su Qi estaba concentrado. Su mirada los recorrió a todos, buscando algo. Entonces el gallo sonrió. Su Qi pareció volverse algo físico, emanando orgullo y satisfacción, ya que no encontraba a ninguno de ellos deficiente. “Mis hermanos discípulos, amigos míos, gracias por atender mi llamado. Me llena de alegría saber que aún podemos reunirnos así, incluso después de todo lo sucedido este año, con más personas en nuestras filas y más fuertes que nunca.” Su voz profunda los envolvió, su plumaje resplandecía a la luz del cristal. Tigu se incorporó un poco. “En verdad, este año ha sido difícil. Muchas tribulaciones nos han azotado, pero hemos afrontado cada desafío con creces. Desde las bestias de las profundidades hasta los perros deshonrosos de los Picos de Duelo, hemos repelido todo lo que pretendía hacernos daño. Incluso aquellos que no han abandonado la Fa Ram han logrado mucho al servir a nuestro Maestro y proteger nuestro hogar. Este Bi De los felicita a todos, discípulos de la Fa Ram. Es un gran honor para mí llamarlos a todos Hermanos y Hermanas.” El gallo hizo una reverencia, extendiendo las alas en señal de respeto. Tigu sintió una leve oleada de emoción en el pecho. Desvió la mirada. Si estuviera en forma humana, probablemente se habría sonrojado, pero este cuerpo solo sintió una satisfacción visceral al ver a Bi De alzarse de nuevo, con emoción en los ojos. “Sin embargo, se acerca otra prueba. Una prueba en el solsticio, y una en cuyos preparativos hemos sido negligentes. Es una tarea importantísima.” Tigu se inclinó hacia adelante, lista y ansiosa, mientras Bi De continuaba. Sus ojos los atravesaron a todos. “La noche del solsticio se celebra una fiesta, una fiesta del fuego. Una celebración del regreso del sol. En esta noche tenemos un deber, el más importante.” Se palpaba la tensión en la sala mientras esperaban el anuncio de Bi De. Todas las miradas estaban puestas en él. El gallo los observaba a todos. Finalmente, continuó. “Mis compañeros discípulos, ¿ya tienen todos preparados los regalos que se intercambiarán en el solsticio?” Tigu parpadeó. El sudor comenzó a acumularse en su espalda. Se había olvidado por completo de hacer algún regalo. Tigu echó un vistazo a la mesa, observando al resto de los discípulos, que asentían con la cabeza, salvo Wa Shi, que permanecía en su jarro. El pez parecía ligeramente asustado. Se oyó un chasquido sordo, y Tigu volvió a ser humana.

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