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martes, 21 de abril de 2026

BC - Volumen 4 Capítulo 50


Capítulo 49
¡Despidan Al Invierno!
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
El mundo se estaba calentando. Apenas, pero ahí estaba. La nieve seguía cayendo y cubriría el suelo durante meses, pero lo más crudo del invierno ya había pasado y la primavera se acercaba sigilosamente. En el calendario del Antes, habría sido alrededor de febrero. Inspiré profundamente por la nariz mientras, de pie sobre el sombrero del General que Comanda el Invierno, contemplaba el horizonte, más allá de las colinas, a lo lejos. La vista desde allí era magnífica, más alta que prácticamente todas las colinas circundantes. Originalmente, había venido a hacerle mantenimiento, pero el buen General se había conservado de maravilla este invierno. Sus ojos color ceniza no se habían desvanecido en absoluto este año, y sus botones lucían tan vibrantes como siempre. Apenas me costó esfuerzo quitarle la nieve. Lo peor de él era su nariz, que había sido reemplazada por tercera vez y, sin embargo, era casi un muñón. Los animales se la habían comido. Sobre todo, las aves nativas. Big D y los demás se habían ofrecido a detenerlos, pero, sinceramente, para eso estaba ahí. Si hubiera querido que la nariz durara, no habría usado algo comestible. Además, era divertido mirar por la ventana y ver a los pajaritos esponjosos y a los enormes pájaros carpinteros venir a buscar comida. Era un pasatiempo de media tarde sentarme y observar qué criaturas visitaban al General. El muñeco de nieve era prácticamente un comedero gigante para aves, con muchos posándose en su gran sombrero. Lo cual... Sinceramente decía mucho de nuestro éxito. Podía permitirme tener un comedero para pájaros. Podía gastar parte de nuestra comida, ganada con tanto esfuerzo, en animales... Y no importaba. Tendría comida suficiente para mañana. Es más, si quisiera, podría comprar comida para los próximos cuarenta años. Nadie que viviera aquí conocería jamás el hambre, y si llegara el caso, nadie en toda la comandancia de Colina Verdeante tendría que temer una mala cosecha. Con mis preparativos y los del Señor Magistrado, la hambruna sería una catástrofe que podríamos superar. Salvar el mundo siempre me pareció algo demasiado abstracto e inalcanzable. ¿Alimentar a un vecino necesitado? Eso sí que lo podría hacer. Un pequeño paso para hacer de este lugar un poco más seguro. Eso era lo que importaba. Tomé otro respiro, simplemente deleitándome con la vista del paisaje, pero un instante después me distraje cuando una melodía llegó a mis oídos. “Dada da da da da da dah, la da dah da di dah…” Oí a Tigu tararear mientras trabajaba en otra escultura de hielo. Yin estaba a su lado, mirando fijamente un trozo de hielo tosco que bien podría haber sido el comienzo de una serpiente. La melodía era exactamente la de “Auld Lang Syne”. Había sido una canción tradicional de Año Nuevo de mi tierra, que decidí cantar a todo pulmón durante las fiestas. En el pasado, se la consideraba demasiado sentimental. Aun así, se seguía cantando, por tradición, pero siempre había habido sonrisas irónicas cuando la gente la cantaba con ironía. La verdad es que no esperaba que la gente encontrara la canción tan conmovedora y emotiva, lo cual fue una tontería, porque la canción estaba pensada precisamente para ser así. Cuando terminé, papá y el tío Bao parecían estar conteniendo las lágrimas. Después de dejar de tocar, prácticamente me rodeó una multitud de personas que me felicitaban. Me aseguré de decirles que yo no era el autor original de la canción. Me habría sentido fatal atribuyéndome el mérito de algo así. Después de eso, el resto de la noche transcurrió sin problemas y terminé bailando un rato con todos. Tenía la intención de mantenerme sobrio en solidaridad con mi esposa, pero Meimei me rodó los ojos y me metió una copa en la mano. La fiesta estuvo tan bien como el año pasado y me fui a la cama de muy buen humor... Solo para que Tigu me despertara despotricando sobre la muñeca que había encontrado en su cama, criticando su mala calidad y los detalles que le faltaban. Sus quejas cesaron después de que Meimei le echara un vistazo y decidiera rápidamente que era linda. Y era lindísima. Tenía ojos grandes y pelo de lana naranja. Era muy, muy linda. El primer producto oficial de mi hija... Por el que recibiría regalías. Tigu se había limitado a refunfuñar, para diversión de Xiulan... Diversión que también se vio interrumpida cuando Meimei encontró al vendedor y compró una muñeca de la Orquídea Mata-Demonios. “Finalmente he logrado llevarte a mi cama,” dijo Meimei con la sonrisa más cínica que jamás le había visto. Teníamos las dos muñecas en la cómoda, y también la de Xianghua. Yo tenía una para molestarla un poco, aunque parecía más halagada que ruborizada. Negué con la cabeza y miré las esculturas que Tigu estaba haciendo. Parecía pensativa después de que Meimei dijera que las muñecas eran lindas... Así que hoy todo lo que hacía era prácticamente un chibi. Pequeño, rechoncho y adorable. El más llamativo era un jabalí de aspecto muy feliz con un grupo de aves posadas sobre él. Para el resto del grupo, fue prácticamente un día libre. Casi todos estaban en los postes de kung fu; Xiulan y Xianghua habían decidido que eran estupendos para entrenar la agilidad para el hockey, así que patinaban alrededor de los postes como derviches junto con Peppa, que, como siempre, era sorprendentemente ágil. Meimei estaba apartada, sentada en nuestra silla, bien abrigada, observándonos con una sonrisa. Poco a poco había ido reduciendo su nivel de actividad física. Sabía que no era frágil ni nada parecido, aunque no presentaba ninguno de los síntomas que yo consideraba normales en un embarazo, y eso que ya había visto a un par de tías y algunas amigas embarazadas. No tenía cambios de humor, ni antojos, ni piernas hinchadas… Lo único que realmente indicaba que estaba embarazada era que necesitaba ir al baño con más frecuencia. Eso, y el hecho de que parecía tener una pelota de playa metida bajo la blusa. Su barriga estaba creciendo. Muchísimo. No es que hubiera otras señales de que su cuerpo hubiera cambiado. Ni estrías, ni varices, ni piel flácida. ¡Santos cielos, lo que sufren las mujeres cuando tienen hijos…! Pero supongo que cultivar tiene sus ventajas. A mí las estrías me habrían dado igual, pero Meimei parecía muy contenta, así que yo también. Eso, y también había habido cierto crecimiento en... Otras áreas. Ni Yun Ren ni Gou Ren podrían burlarse de ella por tener ahora el pecho plano, algo que a mi esposa le complacía enormemente, aunque había tenido que modificar un poco toda su ropa. Sabía que el parto era peligroso en aquella época. Saber que no tenía que temer a la infección y que tenía la capacidad de curar prácticamente cualquier desgarro, y el hecho de que mi padre y una partera estarían aquí, bueno... Me tranquilizó muchísimo. Me preocupé menos por el nacimiento de mi hijo que por el de las vacas a principios de año. Lo cual probablemente fue bueno, porque Meimei me habría dado una buena paliza si la hubiera molestado tanto como a ellas. Además, evitaba pensar demasiado en el después. Un paso a la vez. Meimei me miró y sonrió, saludándome con la mano. Le hice un gesto de aprobación con el pulgar y bajé de un salto del General. Había sido un día agradable y relajante hasta el momento... Y solo iba a mejorar. Aterricé frente al invernadero de un solo salto, con la sensación de haber saltado desde una cornisa en lugar de desde varios pisos de altura. Sonreí al contemplar la brillante estructura de cristal y hierro y abrí las primeras puertas, entrando en la primera parte del invernadero. Siempre me había parecido una esclusa de aire o algo de ciencia ficción. Y, en general, para todos los que vivíamos en este mundo, en cierto modo lo era. Afuera era un paisaje invernal de ensueño, pero al cruzar la puerta uno entraba en un lugar de otro mundo. Dentro del edificio reinaba la calidez del pleno verano, donde frutas y verduras frescas colgaban de sus parras. Los tomates estaban cubiertos de rocío. Los girasoles que Yin había plantado se alzaban fuertes y frondosos. Las papas, las zanahorias y la col estaban tan verdes como las espadas de Xiulan. Y hoy, estaban en su punto justo de maduración. Lo notaba a simple vista. Y después de meses de conservas y encurtidos, por fin cenaríamos bien esta noche. De todo lo del Antes, tener siempre a mano frutas y verduras frescas era una de las cosas que más extrañaba. Y ahora, aquí estaban. Ni siquiera he llegado a mi segundo año. Quizás, después de todo, sí era un protagonista de Xianxia. La velocidad de mi cultivación era excepcional.

≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡≡ Si encuentras errores déjanos las correcciones en un comentario abajo, servirán para mejorar la calidad de la serie.

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