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martes, 24 de febrero de 2026

BC - Volumen 4 Capítulo 24


Capítulo 24
La Sirvienta
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
Pi Pa despertó temprano, incluso antes de que Bi De cantara. Era su costumbre despertarse y comenzar el día antes que nadie, como una buena sirvienta. Despertó junto a su Querido Chun Ke, quien dormía con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Se habían quedado dormidos en los Aposentos de los Sirvientes, como solían hacer, junto a los jóvenes señores Gou y Yun Ren, así como con los nuevos miembros de la Fa Ram. Ella le sonrió a su Querido. Estaba durmiendo plácidamente de nuevo. Le preocupaba que las pesadillas que había estado teniendo fueran el preludio de algo peor, una secuela inesperada de las heridas que le había infligido el malvado Chow Ji hacía ya más de un año. Su mayor temor era que, de alguna manera, lo hicieran retroceder a su estado anterior, cuando estaba destrozado y apenas existía. Por suerte, solo habían sido pesadillas. Su amado seguía recuperado, casi por completo. Podía soportar algunos sustos si eso significaba que su otra mitad estaba bien. Se giró para ver cómo estaba la tercera persona que compartía habitación con ellos. El joven Señor Bowu dormía de lado, acurrucado contra su amado. Pi Pa sonrió con ternura al verlos y apoyó suavemente la nariz contra la de su amado antes de dejarlos dormir. En realidad… Casi nunca tenía mucho que hacer. Todos los demás en la casa se encargaban de la limpieza y, por lo general, le facilitaban mucho el trabajo. Pero incluso si no lo hacían, era un trabajo que disfrutaba. Le gustaba cuidar de los demás, como del Maestro y la Dama. Quizás fuera una tarea pequeña, pero la disfrutaba igualmente. Mantener todo limpio y ordenado, ocuparse de los pequeños detalles, era su contribución. Cada pequeña tarea, al final, se sumaba a algo mayor. Cada día era una oportunidad para superarse y aportar. Pi Pa calentó agua y se la llevó a Bi De, sabiendo que ya habría regresado de su guardia nocturna. El gallo estaba sentado en el gallinero, estirando el cuello y limpiándose la nieve del chaleco, preparándose para su canto matutino al sol. Al verla acercarse, giró e inclinó la cabeza. “Gracias, hermana,” dijo con total sinceridad. Pi Pa asintió y se marchó, dejándolo con sus tareas. Abrió el gallinero y dejó salir al resto de las gallinas mientras Bi De daba la alarma matutina. Ellas se dispersaron, cacareando al amanecer, con el sol difuminado tras las nubes. Era hora de comenzar un nuevo día, aunque seguía nevando sobre ellos.
❄️❄️❄️
“¡Ha llegado el momento!” Exclamó el Maestro con una radiante sonrisa al reunirlos a todos tras sus ejercicios matutinos. Su sonrisa era tan radiante como lo había sido los últimos días. Él y su dama se habían mostrado aún más cariñosos de lo habitual últimamente. “¡El invierno ha llegado con fuerza! ¡Comenzaremos la construcción del Gran General! ¡Que Comanda el Invierno!” Un gran grito de júbilo surgió de sus filas reunidas mientras se adentraban en la nieve. Su Querido chilló de alegría y echó a correr, con el pequeño Bowu, el Joven Señor Gou Ren y la Joven Señorita Xianghua a cuestas. Entre cada paso y el siguiente creció hasta que recogió una franja de nieve del patio y la convirtió en un enorme montón, construyendo así los cimientos del General. Pi Pa sonrió cálidamente al ver la escena. El Maestro se rio, con los ojos brillantes y fijos, mientras sacaba un extraño cristal translúcido: el mismo que había estado en el pecho del último General. Todos colaboraron. Pi Pa seguía de cerca a su Querido, recogiendo y compactando nieve junto con los demás. Rápidamente, el General creció, y con la misma rapidez escaseó el material para su construcción, pues habían agotado toda la nieve de la isla principal donde se erigía la mansión. Pi Pa, aunque mantenía la compostura propia de una dama, no podía evitar divertirse mientras todos trabajaban juntos. Y si saltaba y bailaba un poco al moverse, nadie decía nada. El General se elevó primero por encima de la casa, y luego, poco a poco, su altura superó incluso la de los árboles. Trabajaron hasta la hora del almuerzo, momento en el que la enorme estructura de nieve se convirtió en la construcción más alta que Pi Pa había visto en su vida. Era dos, casi tres veces más alta que su casa de dos pisos. Mientras los más pequeños retozaban en su base con Chun Ke, Pi Pa simplemente se sentó en el porche, contenta de observar. Su corazón se llenó de alegría al ver a su Querido tan feliz. Sus ojos brillaban, su chispa seguía intacta. Suspiró aliviada. Siempre estaba pendiente, lista para intervenir si sus ojos volvían a perder la mirada. Los primeros recuerdos nítidos de Pi Pa fueron de oscuridad, dolor y terror. En aquellos primeros días, su consciencia había sido fugaz. Algo apenas presente, que aparecía a ráfagas. Pero recordaba haber sido feliz. El Maestro los había cuidado bien. Había sido muy amable con ellos, dándoles de comer, jugando con ellos, alzándolos en brazos y rascándoles la barriga. En muchos sentidos, había sido su padre. Su patriarca, atento a sus necesidades con bondad y dándoles todo sin reservas. Recordaba los destellos de alegría de cuando crecía y jugaba junto a su Querido. Dos partes de un todo. Iguales en todos los sentidos. Y entonces llegaron las ratas. Era un olor que jamás podría olvidar. El olor acre y penetrante de Chow Ji y sus ratas. Se le había grabado a fuego en la memoria. Incluso ahora, tanto tiempo después de su muerte, reconocía su aroma viscoso y aceitoso. El olor a sangre y muerte. Los ojos ardientes de las ratas mientras devoraban a sus propios congéneres muertos. Intentaron advertir a Bi De cuando este recibió a Chow Ji, a su manera. Le gritaron, pero él no oyó nada, así que pisotearon e intentaron matar a la pequeña alimaña que profanaba la tierra. Junto a su Querido. Su valiente y noble Querido. Él había comprendido las cosas con tanta rapidez, había visto la oscuridad de Chow Ji, y también había perdonado a Ri Zu. Fue Chun Ke quien reconoció el espíritu puro de Ri Zu. La vieron suplicándoles ayuda, en un estado de trance, como en un sueño. Con la ayuda de Ri Zu, lograron escapar del corral que los aprisionaba y atacaron al maligno demonio. Lucharon contra Chow Ji y su horda de secuaces. ¡Protegieron la Fa Ram! Fue en esa batalla donde se agudizaron sus recuerdos. Fue allí donde realmente tomó conciencia. Cuando se convirtió de verdad en Pi Pa. Su mente regresó al momento en que las garras de Chow Ji habían alcanzado a su Querido Chun Ke, abriéndole tres profundas heridas en el rostro. Su grito de dolor era tan parte de ella como su propio nombre. No lo olvidaría. No podía dejar de oírlo. Y en ese momento, con su Chun Ke, su Querido cayendo al suelo... Se había creado el vacío. El odio voraz. El vacío que siempre la había acompañado. El odio negro y repugnante, como si su otra mitad hubiera sido arrancada del mundo en su mente. Lo había creído muerto. Se había creído muerta. Sin embargo, Bi De, con la ayuda de su hermana Ri Zu, finalmente triunfó. Acabó con las ratas y salvó la Fa Ram. Debería haber sido una victoria gloriosa, cuando su amado abrió los ojos. No lo fue. Recordaba cómo la chispa de Chun Ke había parpadeado y se había extinguido. Sus ojos estaban apagados. Su otra mitad, su complemento, había muerto en todos los sentidos importantes. No era más que una bestia. Al ver aquello, su corazón se partió en dos, y el pequeño abismo de oscuridad creció. Sin embargo, Chun Ke se había aferrado a la vida. Pequeños pensamientos, leves suspiros de consciencia. Había luchado contra lo que fuera que lo hubiera mutilado. Y eso bastaba. Ella jamás lo abandonaría. No podía. El Maestro los había acompañado en cada paso del camino. Les había administrado la medicina preparada por la Dama de la Casa. Los había ayudado cuando todo parecía perdido. Por eso, contaba con su lealtad. Su devoción. Ella se sentía orgullosa de ser su sirvienta, de aquel que se sacrificaba tanto por ellos. Las pesadillas de su Querido la mantenían despierta todas las noches, pegada a su costado. Sus ojos se agudizaban y se apagaban en ráfagas intermitentes. Los días malos eran aquellos en los que simplemente deambulaba por el corral y gruñía ininteligiblemente. Los peores días eran aquellos en los que parecía no reconocerla en absoluto. En esos días, el vacío que la consumía crecía. En esos días, contemplaba la idea de matar a Bi De por su arrogancia y estupidez. Había sido débil. Además, aún se recuperaba de sus heridas. Si hubiera querido, podría haberlo destruido. El abismo negro y voraz palpitaba cada vez que pensaba en él. Sabía que su cultivación era retorcida y pervertida. Algo oscuro. Algo casi demoníaco que se agitaba con sus emociones, extendiéndose para destruir todo lo que la había lastimado. Pero eso no le habría devuelto a su Querido. No le habría servido de nada. Así que se contuvo. Trabajó sin descanso, con la esperanza de liberarlo de las interminables pesadillas que lo atormentaban. Poco a poco, muy lentamente, comenzó a recuperarse. Recuperó su chispa. Sus ojos dejaron de apagarse durante días o semanas. Su Chun Ke se curaba, gracias a la medicina de la Dama de la Casa y a los cuidados de su Maestro. Pero su noble otra mitad estaba disminuida. Destrozada. Su otrora igual, su compañero perfecto y equilibrado, hablaba con gruñidos vacilantes y palabras inventadas. Decía cosas sin sentido. Era lento para comprender y tenía que estudiar durante horas para aprender las cosas, si es que lo conseguía. Había sido casi demasiado. A veces, él era un extraño en el cuerpo de su Querido. Lo único que la reconfortaba era lo único que permanecía intacto en él. Su amor por ella y su pura devoción ante la maravilla de la vida. Incluso cuando luchaba por mantenerse firme, incluso cuando lo olvidaba, seguía llamándola una dama hermosa. Sus ojos apagados y sin vida se iluminaban, y le traía flores antes de que inevitablemente volvieran a sucumbir a sus demonios. Dolía. Dolía muchísimo. Pero ella lo había soportado todos los días. Tenía que soportarlo, por él. También por ella misma, para no perderse en el vacío de su pecho. Su amor fue una vela contra esa oscuridad. Una chispa contra la tormenta. Lentamente, muy lentamente, había regresado de verdad. Viviría con las marcas de Chow Ji el resto de su vida… Pero su nobleza y sabiduría se manifestaron de otras maneras. Lisiado, evolucionó hacia un nuevo rumbo, como solo su Querido podía hacerlo. Él era el único que podía calmar a Tigu sin que ella reaccionara violentamente. Él era el único que podía reprenderla sin que sus palabras se interpretaran como un insulto. Él fue quien los unió. Más que Bi De. Más que Ri Zu. Más que sus propios intentos por evitar que los demás pelearan. Su Querido se convirtió en el corazón palpitante de todos los discípulos del Maestro. Fuerte a pesar de su herida. El más fuerte de todos, en su opinión. Si su Querido era la luz de todos ellos... Entonces Pi Pa era lo opuesto. El yin de su yang, como siempre debió ser. En la actualidad, podría decir que estar contenta. Hoy, incluso podría decir que era verdaderamente feliz. Ella tenía un propósito. Tenía a su Querido... Aunque él todavía no estuviera listo para tener lechones. Pero mientras permanecía sentada, contemplando con serenidad a la multitud que reía y perseguía a su Querido, mientras velaba por la Fa Ram que le había dado un hogar y un propósito, no lo olvidaría. No podía olvidarlo. Quizás hubiera hecho las paces con Bi De y lo hubiera perdonado por sus faltas. Pero había jurado que todo lo que intentara dañar a su Querido, todo lo que intentara dañar su hogar... Se lo devoraría entero. Y ahí terminaría todo. Al fin y al cabo, la buena Dama siempre cumplía su palabra.

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