Capítulo 53
El Último Suspiro De La Nieve
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
Edición: Radak, Sho Hazama
Muy abajo existía otro mundo. Era un lugar aparte. Sólido y antiguo, a la vez que efímero y joven. Allí el cielo era negro como la boca del lobo, y así había sido durante meses. Solo estaba iluminado por estrellas brillantes y surcado por grietas doradas que recorrían el vacío infinito.
La tierra estaba cubierta de nieve blanca como el alabastro, interrumpida por las rocas de obsidiana que sobresalían y se alzaban hacia el cielo.
Aquí reinaba el silencio; un silencio tan profundo que romperlo sería un sacrilegio.
En aquel mundo silencioso, una colina se fundía con el blanco, el negro y el dorado. En ella se alzaba una casita. Una construcción pequeña y acogedora, robusta y bien cuidada, rodeada de montones de nieve. La luz se filtraba por una ventana tan redonda como la puerta verde contigua. Una fina columna de humo ascendía desde la chimenea de ladrillo rojo, sobre un tejado de tejas. Junto a la casa, una pila de leña, aunque visiblemente reducida por el uso, se amontonaba contra la pared.
La casa habría parecido solitaria, pero tenía compañía: un muñeco de nieve torcido y mal hecho se alzaba alto y robusto a su lado. Su sombrero estaba ladeado con aire desenfadado y su sonrisa era alegre y radiante.
Había velado junto a la casa, haciéndole compañía durante la larga noche.
❄️❄️❄️
“Aquí es,” dijo Chico Ruidoso en voz baja. Estaba de pie en una gruta al Suroeste de las Colinas Azures, donde el agua, sin inmutarse por la temperatura gélida, seguía fluyendo. El aire aún estaba frío, pero las cascadas salpicaban y brillaban, y apenas se vislumbraba vegetación. El aroma del mar le susurraba al oído.
Era un hermoso oasis y, sin embargo, de alguna manera desolado. El lugar... Donde se había convertido en cultivador. Donde el pequeño huérfano había dado sus primeros pasos en el camino hacia la grandeza.
Recordaba la rabia y la ambición que lo habían impulsado entonces. La furia. Un niño, un huérfano, contra un mundo injusto que le había arrebatado todo.
Ahora ya no estaba tan solo.
Su compañero miró a su alrededor con asombro, con los ojos muy abiertos. “No soy quién para hablar, pero ¿cómo diablos encontraste este lugar?” Preguntó Trapos.
“Tuve un poco de suerte,” respondió Chico Ruidoso. “Tropecé y me golpeé la cabeza contra la entrada. Resultó que mi cabeza era más fuerte.”
Trapos resopló divertido y giró hacia el muro de piedra por el que habían entrado. Ambos guardaron silencio. Alrededor de Chico Ruidoso estaban todos los reactivos que necesitaba: las píldoras espirituales que había recibido de Cai Xiulan y el pago de la Secta de la Montaña Envuelta.
Su dantian estaba casi sellado. Solo necesitaba el último empujón.
Un último esfuerzo, y volvería a ser un cultivador.
“¡Te haremos una gran fiesta cuando lo logres!” Exclamó Trapos. “Así que deja de perder el tiempo y ponte a arreglarlo, ¿sí?”
El Chico Ruidoso “Zang Wei” le sonrió a su amigo y hermano jurado. La confianza que Trapos depositaba en él... Bueno, eso sí que lo hacía sentir bien.
“Sí. No te preocupes, no nos quedaremos mucho tiempo,” respondió Zang Wei, rodándole los ojos. Suspiró mientras caminaba hacia el centro de la gruta, en el centro de la formación.
Entonces se sentó y comenzó a meditar.
Siguió las instrucciones del pergamino que le habían regalado. Los reactivos se elevaron en el aire, girando en espiral a su alrededor. Sintió un calor intenso en el estómago, su Qi casi hirviendo; no, más bien como la fragua de un herrero al calentarse, fundiendo el metal y fusionándolo.
Dio vueltas y vueltas. Furioso como una tormenta, hasta que de repente se encontró dentro de una.
La tempestad le resultaba familiar. Ya había estado allí antes, cuando conoció a su benefactor. Cuando aprendió sobre la cultivación.
De las nubes descendió la cabeza de un dragón. Era enorme. Gargantuesco. Ninguna descripción de Zang Wei le hacía justicia a la descomunal criatura, tan grande era. Sus escamas eran de un azul brillante y su cuerpo resplandecía con la luz de las constelaciones. Sus ojos amarillos centelleaban con la furia insondable de una tormenta.
Para Zang Wei, aquello fue una confirmación. Había logrado reparar su dantian.
Volvió a ser cultivador.
Una, dos, tres veces el dragón se enroscó alrededor del cielo, antes de que sus ojos atravesaran a Zang Wei.
El niño se inclinó ante la enorme criatura.
“Gran Dragón. Como me dijiste, he salido al mundo y lo he visto con mis propios ojos. He soportado muchas dificultades… Y ahora, regreso.”
La tempestad amainó.
‘La última vez que hablamos, te hice una pregunta, muchacho. ¿Tienes alguna respuesta para mí?’
La voz del gran dragón resonó como un trueno, partiendo el cielo.
¿Cuál es la naturaleza de este mundo?
Cuando se formuló esta pregunta por primera vez hace tanto tiempo, Zang Wei no tenía respuesta. Por eso se le pidió que saliera al mundo y regresara una vez que la tuviera.
Sus primeros viajes habían sido... Duros. El mundo había sido cruel. Y en aquellos primeros tiempos, pensaba que la naturaleza de este mundo era el sufrimiento. El mundo era un lugar injusto y miserable.
Pero entonces conoció a sus amigos. Amigos que lo habían orientado. Amigos que le habían tendido la mano. Amigos que lo habían apoyado, incluso en sus peores momentos. Incluso cuando su dantian se rompió, cuando su cultivación se hizo añicos, no lo abandonaron.
Las sonrisas de Cai Xiulan, de Trapos... De Tigu... Pasaron fugazmente por su mente.
Y llegó a la verdadera respuesta.
Chico Ruidoso le sonrió a la tempestad.
“La naturaleza del mundo... Es que es”, declaró Zang Wei. “Sufrimiento y tristeza. Es alegría y compañía. Existe. Y es lo que nosotros hacemos de él.”
El dragón de tormenta miró fijamente a Chico Ruidoso.
‘Tu dantian quedó destrozado; tu cultivación quedó arruinado... ¿Y vuelves más optimista que cuando te fuiste?’ Le preguntó el dragón.
"Sí."
Se oyó un estruendo como de trueno, y la gran tormenta comenzó a reír.
‘Esa respuesta no me molesta, muchacho’gruñó el dragón en su oído.
Y entonces Chico Ruidoso abrió los ojos. El Qi giraba alrededor de su cuerpo, una cola de dragón se enroscaba alrededor de su brazo y cuernos etéreos adornaban su frente.
Detrás de él, Trapos dejó escapar un grito de alegría.
❄️❄️❄️
La casa en la colina solo tenía una habitación. Si bien había una mesa y un juego de sillas, la mayor parte de la casita estaba ocupada por una cama mullida. El interior era cálido, iluminado tenuemente solo por las brasas incandescentes de la chimenea.
En la mullida cama, dormía una sola figura. Una niña pequeña, cuyo cuerpo estaba cubierto de grietas doradas. A pesar de su delgadez, sus mejillas eran regordetas y sonrosadas. Parecía bastante sana, muy diferente del aspecto demacrado y esquelético que había tenido antes.
Estaba acurrucada entre sus mantas, dejando al descubierto solo su cabeza y su cabello revuelto. Tenía los ojos cerrados con fuerza, pero se movían inquietos bajo los párpados, claramente sumida en un sueño.
O una pesadilla. Una de tantas que habían perturbado su sueño.
Tembló levemente, retorciéndose bajo las sábanas. Sus labios se curvaron en una mueca de dolor. Las lágrimas se acumularon en sus ojos cerrados, deslizándose y resbalando por sus mejillas.
Un sollozo ahogado escapó de su garganta. Aunque las heridas de su cuerpo sanaban, las de su mente seguían atormentándola.
Soñaba con la ruptura y la destrucción. Pero sobre todo... Soñaba con demonios.
❄️❄️❄️
Era agotador. Todo era tan agotador, pensó el Dignatario Zang de la Secta de la Montaña Envuelta, mientras permanecía de pie y dejaba que los inquisidores realizaran sus rituales.
¿En serio? Como si él, un Dignatario de la Secta de la Montaña Envuelta, fuera a caer presa de las artimañas de un demonio. Puede que su hijo hubiera sido un estorbo, pero él estaba por encima de esas cosas.
Sin embargo, así lo exigían los antiguos protocolos. Una tradición que le obligaba a sufrir tal humillación: tener que presentarse ante sus subordinados, en lugar de poder ir y venir a su antojo.
Eso le hizo hervir la sangre.
“Todos los procedimientos han finalizado. Dignatario Zang, continúe cuando le sea conveniente,” dijo el inquisidor, inclinando la cabeza.
Por supuesto, todas las pruebas habían resultado negativas, pero aun así podía percibir la leve intención en sus miradas. No dijo nada mientras pasaba junto a ellos, atravesando los dorados salones de la Secta, hasta llegar a su pabellón personal, que ocupaba varios kilómetros cerca de la cima de la montaña.
Porque fue su sangre la que cayó presa del demonio... O de lo que fuera que se hubiera llevado al retoño.
Zang aún albergaba sus propias dudas. Dudas de que aquel “Maestro” que había asesinado a su hijo tuviera realmente vínculos con la Secta de la Espada Nubosa.
Suspiró. El buen humor que había sentido tras visitar a una de las cortesanas se había esfumado casi por completo. La mujer era hábil en su oficio y en la conversación. Sus manos eran suaves y reconfortantes. Un bálsamo para su alma.
“Mi señor, ¿por qué habrían de dudar de usted? Debe tratarse de una conspiración; otros deben haber conspirado contra usted,” preguntó la mujer, horrorizada, mientras le servía más vino.
Zang frunció el ceño ante las palabras de la mujer.
Tenía razón, Zang sospechaba que algo andaba mal... Pero había algo que no le cuadraba. Lo inquietaba.
Abrió un cajón de sus aposentos y sacó un pergamino, desenrollándolo.
Tenía el presentimiento de que alguien había conspirado contra él... Y seguía haciéndolo.
Alguien a quien él observaría con gran interés.
Su mirada se posó en el mapa de las Colinas Azures.
❄️❄️❄️
La niña temblaba en su cama, estremeciéndose bajo el peso de la intención demoníaca, aplastada bajo sus manos aferradoras.
Pero no estaba sola en su casita. O al menos, nunca sola por mucho tiempo. La puerta se abrió y una figura enorme e imponente apareció. Era una criatura descomunal, más grande que la casa donde vivía la niña, tan grande que no cabía por la puerta.
Sin embargo, de alguna manera, la criatura encajaba. De un paso a otro, el gigante dejó de ser un gigante. La bestia era ahora bastante pequeña, apenas llegaba a la rodilla de un hombre, sin contar la carga de leña apilada sobre su lomo.
El pequeño jabalí cerró la puerta tras de sí y dejó la leña junto a la chimenea. Un suave gemido le hizo fijarse en la niña destrozada en la cama. El jabalí se percató de su protegida y gruñó. Tras limpiarse las patas de nieve y agua, saltó a la cama de la pequeña, encogiéndose aún más. Su hocico se presionó contra la niña en un gesto de consuelo mientras ella gemía, con los dientes apretados y los sollozos sacudiendo su cuerpo.
El pequeño jabalí se estremeció con ella, sintiendo compasión. Se pegó a ella y, como Chun Ke siempre hacía... Disipó parte de la oscuridad.
Los sollozos de la pequeña se calmaron. Las lágrimas disminuyeron mientras el jabalí yacía junto a ella, su presencia firme la tranquilizaba. Aliviando el viejo dolor y desterrando los malos recuerdos.
Mientras ella se sumía en un sueño más profundo, el jabalí se levantó con cuidado. Le secó las lágrimas, le alisó el cabello y se aseguró de arropar bien a la pequeña.
Una vez satisfecho, centró su atención en el resto de la casa.
❄️❄️❄️
La niña temblaba en su cama, estremeciéndose bajo el peso de la intención demoníaca,
En la Ciudad del Lago de la Luna Pálida, una joven estiró los brazos por encima de la cabeza, terminando su tarea. Su voz escapó con un pequeño chillido al crujirle los hombros y relajarse los músculos tras horas sentada encorvada sobre un escritorio.
Biyu, la talladora de cristal, sonrió mirando su escritorio. Estaba repleto de pilas de pergaminos antiguos que había usado como referencia. Una serie de planos y esquemas que, apilados, formarían una pila de varios centímetros de espesor, compartían el espacio con el desorden de referencias y utensilios de escritura.
Eran sus planos, originales, no copias. Planos que, con suerte, se usarían para tallar el primer anillo de almacenamiento producido en las Colinas Azures en... Bueno, por siempre. De hecho, no tenían constancia de cuándo se había producido el último.
La mirada de Biyu se desvió de su escritorio hacia las paredes del taller. Cristales brillantes iluminaban los cientos de cinceles y cuchillos especializados elaborados por maestros artesanos; incluso se había importado un juego especial de cinceles de la Montaña del Colmillo Aullante solo para este proyecto, con un coste tan exorbitante que Biyu no tenía ni idea.
Fue simplemente fantástico. ¡Increíble! Biyu apenas pudo contenerse para dejarlos en el estante, en lugar de bajarlos y admirarlos uno por uno... Otra vez. La última vez que lo hizo, su Maestro entró y se rio al verla frotando su mejilla contra la madera.
Biyu simplemente intentaba... ¡Acostumbrarse a las herramientas! ¡Todo el mundo sabía que las herramientas requerían un contacto cercano y un mantenimiento adecuado! Había visto a su padre y a los demás marineros con los que trabajaba abrazando los mástiles de sus barcos o susurrándoles palabras dulces a sus redes de pesca. ¡Era lo más natural!
Negó con la cabeza y suspiró.
Un cristal de almacenamiento. Un auténtico cristal de almacenamiento. Cerró los ojos un instante y el recuerdo de una sonrisa cruzó su mente, el de una mano que sostenía la suya, suave y fuerte. Biyu sonrió. Siempre que pensaba en el cristal, no podía evitar recordar a Yun Ren. Biyu podía oír su voz emocionada hablando de su arte. Amaba su pasión, un reflejo de la suya propia en los cristales. Quería volver a compartir su alegría: ver todas sus imágenes grabadas y escuchar sus historias. Ser quien creara el cristal que le ayudara a cumplir sus sueños.
Echó un vistazo a la auténtica pila de cristales planos, mejoras graduales de la lente de registro de imágenes, como ahora las llamaban los Maestros.
Fue su producto estrella. Tanto por su precio... Como porque apenas requerían Qi para funcionar. Se podían usar cañas con una mayor concentración de energía como catalizador... O incluso una persona normal con cierto control sobre el Qi limitado de un mortal.
Los nobles estaban absolutamente locos por ellos. Todo por cristales "rotos" y obsoletos que ella había convertido en tesoros.
Biyu suspiró, frotándose los ojos. Tal vez debería pedirle permiso a su Maestro. Yun Ren le había dicho que podía visitarlo cuando quisiera, y quería mostrarle las mejoras…
Uno de los cristales de la pared comenzó a aumentar lentamente su luminiscencia. Era uno de esos que le indicaban que un guardia solicitaba su atención. Allí no se oían ruidos bruscos ni portazos, por temor a que alguien pudiera cortar equivocadamente los valiosísimos cristales.
Solo un brillo sutil, que no perturbaría nada ni asustaría a nadie.
Se puso de pie y se acercó para tocar el cristal dos veces, sabiendo que la petición se transmitiría al cristal gemelo que estaba fuera.
Solo tuvo que esperar un instante antes de que se abriera la puerta, dejando ver a Chua, su guardaespaldas para ese día.
“Señora, tiene una visita,” dijo en voz baja.
Biyu ladeó la cabeza, confundida por quién la visitaría... Hasta que vio la figura que entró detrás de Chua.
La sonrisa de Yun Ren le llenó el corazón de ternura. Se apartó rápidamente de donde estaba, y él rio en el instante en que ella lo abrazó por el cuello.
“¡Yun! ¿Cómo está todo? ¡Oh, te hice un cristal nuevo!” Comenzó a balbucear de inmediato, lo cual fue un poco vergonzoso, pero Yun Ren pareció disfrutarlo mientras la abrazaba.
Ambos se apartaron para poder mirarse el uno al otro, y la leve sonrisa burlona habitual de Yun Ren se transformó en una sonrisa genuina.
“Aquí pues, Biyu. Y he oído que tú también estás bien, ¿verdad? Charlé un rato con tu Maestro, ya que estabas ocupada.”
“¡Oh sí, es increíble! ¡Puedo trabajar con muchísimas herramientas nuevas, es genial!”
La risa de Yun fue interrumpida por una segunda carcajada más profunda que hizo que Biyu diera un salto.
“Eres una pequeña joya llena de entusiasmo, ¿verdad?” Preguntó una voz suave, mientras algo se materializaba sobre el hombro de Yun. Biyu se quedó paralizada al verlo. El pelaje blanco. Las marcas rojas. Los ojos amarillos.
“¡Ohcielosquélindo~!”
Los ojos del zorro se abrieron ampliamente, y entonces la criatura, absolutamente adorable, comenzó a acicalarse.
Fue el comienzo de una semana muy agradable.
Biyu aprendió a patinar. Yun Ren aprendió a practicar windsurf sobre el hielo del lago. Ella terminó tallando parte de un cristal con la espada de Yun, cuyo arma comentó: “Al Hermano Menor Sun Ne encontraría aceptable su reporte.”
A Nezan le encantaba la colección de lazos de Biyu. El zorro decía que lo hacían sentir absolutamente fabuloso.
❄️❄️❄️
Con movimientos cuidadosos y precisos, casi sin hacer ruido, el jabalí, ahora más grande, agarró el abanico con los dientes y avivó las llamas. Colocó otro leño en el fuego. Se paseó por la casa, limpiando lo que parecían manchas de alquitrán, la sustancia que se acumulaba en los rincones de la habitación.
Limpió la casa y la recogió en un saco de junco, tejido cuando se construyó la casa. Tras terminar la limpieza, llevó el saco muy, muy lejos, hasta la cima de una montaña lejana.
Allí, alzó la bolsa hacia el cielo.
Las grietas doradas en el cielo respondieron. Pulsaron, y desde lo alto, el Qi se concentró como gotas de rocío. Un vertiginoso despliegue de energías descendió. Chun Ke sintió una gota plateada de luz de luna. Hierba, creciendo fuerte y nutriendo todo a su alrededor. Una intención feroz y poderosa, las cuchillas de un protector. Un aroma herbal, ácido y medicinal. Ilusiones brumosas y una resistencia firme como la roca en la que otros podían confiar. Un instante capturado de la furia de una tormenta, oculto en un arroyo tranquilo y murmurante. Un vacío, envuelto en calidez y deber. El oro ardiente del sol. La tierra y el cristal de un espíritu que emprende un camino de renovación.
La medicina y la voluntad de ayudar contrastaban con la tenue luz de las estrellas.
Y finalmente… Oro. Las grietas mismas palpitaban mientras un líquido dorado se filtraba de ellas, corriendo hacia la ubicación de las otras gotas.
El oro de un hombre que amaba el pequeño pedazo de tierra que podía llamar suyo.
Las gotas de Qi se arremolinaban juntas, acumulándose pesadas sobre la cicatriz dorada como la lluvia sobre una hoja... Y esperando una última gota.
El Qi del jabalí, su vitalidad y crecimiento, ascendió para unirse al Qi superior. El orbe prismático se estremeció y giró, mezclando cada color, cada aroma y cada sabor del Qi reunido en una sola gota brillante.
Quedó suspendido en el aire un instante antes de caer.
Cayó sobre el saco de junco lleno de alquitrán. Al entrar en contacto con el alquitrán, actuó más como miel que como agua: envolvió las impurezas y las disolvió por completo.
El jabalí, satisfecho con su tarea cumplida, cerró los ojos.
❄️❄️❄️
“¡Ha llegado el momento!” Le declaró el Gran Maestro de Bi De. Se situó al frente de los discípulos, con los brazos cruzados y la mirada resuelta.
Todos y cada uno de ellos vestían las indumentarias ceremoniales de aquella época gloriosa. Sus cabezas estaban cubiertas por sus sombreros rojos y sus cuerpos por las túnicas a cuadros rojos y negros llamadas Flan Nela.
La nieve se derretía muy lentamente; en el aire se respiraba la promesa de la primavera... Y eso solo podía significar una cosa.
Se prepararon las ollas; se cavaron los hoyos para el fuego.
Y se extrajo sangre de los árboles.
La savia fluía como agua y se evaporaba mientras trabajaban sin cesar, elaborando el dulce elixir conocido como jarabe de arce.
❄️❄️❄️
El jabalí no fue el único que visitó el lugar. En las profundidades del mundo onírico, había otros.
Un hombre, con dos mitades fusionadas por grietas doradas, tarareaba canciones, contaba historias fantásticas sobre hombrecillos que robaban a dragones y discutía con la otra mitad de sí mismo. Ambos parecían disfrutar de las discusiones; no había verdadera animosidad entre ellos. Al fin y al cabo… Eran prácticamente el mismo hombre.
Una mujer con pecas que formaban constelaciones en su rostro también la visitó. Remendaba mantas y contaba historias de su infancia, mientras unos dedos suaves acariciaban el cabello de la pequeña. En su vientre, una chispa crecía, haciéndose más y más grande cada día.
A veces, el poder de la niña, inconscientemente, se extendía hacia esa luz. Para acunarla. Para dejar que su poder fluyera hacia esa pequeña chispa y la habitara… Pero siempre, algún atisbo de su consciencia, incluso mientras dormía, la detenía antes de dar ese paso.
Una mujer de cabello largo y voz dulce era la más silenciosa; simplemente se sentaba, en silencio. Una presencia cálida y constante. No añadía nada al sueño salvo la paz que irradiaba.
Una gata que era una chica venía de visita de vez en cuando. Tallaba las vigas de madera de la casa y añadía más adornos a los tallados que ya había creado.
Un gallo miraba fijamente al cielo con ojos penetrantes, esperando el amanecer.
Pasaron los días, que no fueron días, sino una noche interminable.
Aunque el cielo era eterno, la niña dentro de la casa cambió.
Los temblores y las lágrimas disminuían cada vez más. No todos los días eran una pesadilla; algunos de sus sueños la hacían sonreír. A veces sentía paz.
Ella se despertaba ligeramente mientras el cielo, antes completamente negro, se iluminaba cada vez más.
A medida que la nieve se ablandaba y se convertía en aguanieve, comenzó a derretirse.
Y entonces Tianlan, sumida en un profundo sueño, comenzó a moverse.
❄️❄️❄️
“¿Jin?” Susurró Meimei.
“¿Sí, cariño?” Respondí.
“Esta semana,” dijo sencillamente, con la mano sobre el estómago.



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