Capítulo 3
Sombras De Un Futuro
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
Edición: Radak, Sho Hazama
Bi De se encontraba de pie sobre los Grandes Pilares de la Fa Ram, con la mirada fija en la luna que se alzaba en lo alto. Aquella noche, la luna tenía forma de creciente, una cuchilla celestial contra los malvados. Fue bajo esa luz donde despertó verdaderamente por primera vez, invocando el poder de la luna contra su enemigo más antiguo, Basi Bu Shi, el zorro cuya piel ahora vestía como chaleco.
Las tareas propias de la primavera eran justo lo que Bi De necesitaba. Si bien el invierno era maravilloso para la contemplación y para disfrutar de la compañía de la familia, la primavera siempre lo hacía sentir vivo.
Trabajar con los demás discípulos era una alegría inmensa. El año pasado había sido un poco desorganizado y nadie conocía bien sus funciones, pero esta vez se guiaban por la experiencia. Se pusieron manos a la obra con rapidez, como los extraños mecanismos que Bowu probaba en la fragua. El horno de píldoras y los aparatos a vapor se movían con vigor y ya no se desmoronaban en el proceso.
Los campos fueron arados y comenzaron a sembrarse. Las cercas fueron revisadas y reparadas. Los pollos, las vacas y las ovejas fueron pastoreadas y vigiladas mientras pastaban. Los ríos fueron inspeccionados para detectar erosión y cambios en su curso. Sus reservas fueron catalogadas para saber cuánto habían comido. Se organizaron grandes grupos para recolectar hongos y disfrutar de la maravillosa abundancia de la primavera.
Comían y bebían bien, sin restricciones, disfrutando de platos tradicionales junto con las nuevas recetas de su Gran Maestro y Wa Shi, que les presentaban sabores nuevos y emocionantes. Al terminar su jornada laboral, pasaban las tardes entrenando, poniendo a prueba su fuerza unos contra otros, jugando a las cartas o turnándose para cuidar de su hermano menor. El pequeño aún era muy joven, pero ya se había ganado el cariño de todos.
Y cuando se retiraban a la cama para prepararse para el día siguiente, Bi De se encontraba en su lugar favorito: de pie sobre los Grandes Pilares, igual que ahora, contemplando el día.
Fue una vida hermosa y maravillosa. Una vida sencilla, llena de alegría y progreso evidente. No era perfecta, y surgían problemas, pero era lo más parecido a la perfección que había visto hasta entonces en su corta vida.
Pero la paz y la satisfacción que sentía se veían empañadas, algunas noches, por sus propios pensamientos errantes. A veces, al contemplar su hogar, Bi De sentía una punzada de preocupación, y sabía quién era el culpable.
Bi De suspiró y bajó de los Grandes Pilares. Caminó de regreso a la casa, de regreso al almacén, donde un cristal reposaba casi inofensivamente sobre un pedestal.
El cristal de memoria y la historia de Xiaoshi.
Más allá de la Fa Ram existían peligros que le habían resultado casi incomprensibles antes de presenciar cómo los demonios asesinaban a Xiaoshi y destruían el Espíritu de la Tierra Tianlan.
Lo había perturbado; lo había conmocionado. Sabía que existían seres más poderosos que su Gran Maestro. Tener un vago conocimiento de que había algo superior a él era distinto a conocer el poder devastador de la época de Xiaoshi y los demonios que lo habían atormentado.
El espíritu que habitaba el cristal, Shenguashi, deseaba que Bi De “o cualquier otra persona” asumiera el título de Emperador de las Colinas Azures. Que reclamara ese derecho de nacimiento y el dominio sobre la provincia.
Aunque una pequeña parte de su mente encontraba la idea de gobernar sumamente atractiva, Bi De se conocía lo suficiente como para darse cuenta de que simplemente eran sus instintos los que hablaban, más que un pensamiento racional. Una pequeña tentación que todas las criaturas poseen.
No, Bi De no anhelaba el camino de la realeza, ni deseaba el dominio. Sus preocupaciones eran de índole más práctica.
Porque, aunque la Fa Ram no deseara problemas… Parecía que los problemas la encontrarían. El demonio Zang Li en las Picos de Duelo lo había demostrado. La amenaza demoníaca aún existía. Seguía presente de alguna manera, y seguía interesada en conquistar y devorar.
Su Gran Maestro, el hombre que bien podría ser su padre, cargaría con ese peso sobre su ancha espalda sin pensarlo dos veces y les diría que no se preocuparan.
Igual que el hombre del cristal. Igual que Xiaoshi.
Bi De ya había decidido que eso nunca sucedería.
Y así, el camino del poder, el camino de perseguir las cimas de la cultivación que había dejado de lado... Fue lo que Bi De encontró en sus pensamientos.
No por algún objetivo nebuloso como la inmortalidad o, como había cultivado hacía mucho tiempo, por la fuerza misma.
La única razón de su poder era proteger aquello que consideraba digno de protección.
Una vez tomada esa decisión, se concentró más en su entrenamiento, junto con el resto de los discípulos. Cada uno tenía sus propios motivos para anhelar el poder… Y en este caso, todos coincidían. Todos deseaban proteger la Fa Ram lo mejor que pudieran.
Aun así, hubo algunos inconvenientes. Bi De sentía que su crecimiento se había estancado. Sabía que era algo natural y que no debía sentirse mal por ello. Había aprendido bien el valor de la paciencia, pero a veces ponerla en práctica resultaba difícil. Una parte de él deseaba esforzarse un poco más y avanzar un poco más rápido… Pero se resistió.
Necesitaba poder para proteger su hogar... Pero también necesitaba no comprometer su camino.
Algunos días, eso le parecía una tarea casi imposible. Algunos días, pensaba en las reservas de píldoras y recursos que el espíritu del cristal le ofrecía. Si tan solo le dijera que sí, sería Emperador.
Bi De apartó la mirada del cristal.
Él tenía su propio camino.
Salió de la habitación y regresó a la fría noche, donde la luna permanecía alta en lo alto. Cerró los ojos y se concentró, desechando aquellos pensamientos indignos, tal como su Maestro le había enseñado, tal como él había aprendido.
Su respiración se volvió uniforme y su Qi, plácida. Una vez alcanzado el estado mental adecuado, emprendió otra tarea.
Aunque había sentido la tentación, tenía una forma de saber si se estaba desviando del camino correcto.
Concentró su Qi. Sintió la tierra, donde una red dorada lo esperaba. Una vasta consciencia se detuvo mientras él hacía su ofrenda.
Tianlan no aceptaría su Qi si estuviera corrompido por impurezas y deseos impuros. Ya lo había rechazado con razón una vez, cuando la rata Chow Ji envenenó su mente y su cuerpo.
El Qi dorado extendió la mano y tomó su ofrenda. Bi De sintió una mano fantasmal alborotar su cresta.
‘Sigues haciéndolo bien, pájaro tonto. No te preocupes tanto’, susurró la voz en la brisa, llena de una cariñosa exasperación hacia él… Antes de ponerse más seria. ‘Estamos todos juntos en esto’.
Una vez que la atención se desvaneció, Bi De abrió los ojos, agradecido por sus palabras.
Tenía razón, por supuesto. Estaban todos metidos en el mismo lío.
Y Bi De sabía que todos ellos harían cualquier cosa por su hogar.
Dejó de lado sus preocupaciones por ese día. Se sacudió las plumas y contempló la luna, pensando detenidamente en cómo podría ayudar a su hogar.
Sería difícil. No habría ni podría haber atajos en este camino.
Y, aun así, lo seguiría a todas partes, sin importar qué tormenta se avecinara... Ni qué viajes tuviera que emprender.
❄️❄️❄️
Tianlan, el Espíritu de la Tierra de las Colinas Azures, sintió cómo el Qi de Bi De se retiraba de su reino; sus dudas y preocupaciones se desvanecieron ante sus palabras, transformándose en resolución. Su gratitud perduró en su energía, y una diminuta gota de agradecimiento se integró en su ser.
Se depositó junto con las otras gotitas, una por cada vez que él le había dado su Qi. A la brillante mancha plateada se unieron multitud de colores diferentes, desde el oro sólido y constante de su Jin, que constituía la mayor parte de las manchas, hasta los diminutos y relucientes trozos de vidrio de Miantiao.
En el gran esquema de las cosas, cada mancha era minúscula. Le llevaría siglos sanar por completo con este método, incluso si le dieran todo lo que tenían. Tenía sentido. Después de todo, era un Espíritu de la Tierra. Su cuerpo era titánico, extendiéndose miles de kilómetros en todas direcciones… Y estaba aislada de la mayor parte de él.
Pero para Tianlan, esta era la mejor sensación que había tenido en miles de años, aunque estuviera muy debilitada. Su cuerpo actual apenas alcanzaba para Hong Yaowu… Y conservaba unos pocos y frágiles vestigios que habían seguido los pasos de sus amigos cuando abandonaron su hogar. Otro pequeño vestigio residía en los Picos de Duelo.
Ese era el límite de ella. Tianlan, quien una vez tuvo el poder de desafiar a cultivadores del Reino Imperial por el bien de su contratista.
Un dolor sordo y familiar se instaló en su pecho. Había pasado tanto tiempo culpando a Xiaoshi, su primer contratista, por traicionarla, odiándolo por ello. Lo maldijo a él y a todos los cultivadores, tildándolos de monstruos codiciosos y ambiciosos que destruirían el mundo bajo sus pies y condenarían a millones a la muerte solo para volverse más fuertes.
Pero ahora lo sabía mejor. Bi De había recuperado un cristal que revelaba la verdad. Xiaoshi jamás la había traicionado. En sus últimos momentos, incluso la había salvado, detonando su formación. Aquello la había destrozado… Pero también la había salvado de ser consumida por los demonios.
Era una sensación agridulce. El hecho de no haberle contado nada, de no haber confiado en ella, aún le dolía. Pero que, incluso al final, hubiera estado dispuesto a sacrificarse para salvarla…
Tianlan negó con la cabeza, despejando sus pensamientos, y pasó los dedos por la multitud de manchas.
Cada pequeño fragmento de Qi tenía emociones ligadas a él, cada uno un recuerdo.
Alegría, amor, diversión, preocupación, ira, tristeza, incluso autodesprecio… Eran fragmentos de quienes vivían en ella, de quienes la amaban. De quienes le daban porque sentían que era lo correcto.
Era extraño sentir tanto. Con Xiaoshi, solo había sido una emoción. Solo las suyas las había sentido con tanta intensidad. Con los demás, había sido… Más tenue.
Y, sin embargo, no pudo evitar amarlo. La hacía sentir que aún tenía un cuerpo, para poder comprender verdaderamente a su gente.
Soltó un suspiro y apartó su atención de los remiendos de su cuerpo para centrarse en su mundo interior.
Una leve sonrisa apareció en su rostro al sentir una presencia. Jin bostezó y parpadeó, mirando a su alrededor con curiosidad. Su forma espiritual era parecida a la de ella: agrietada y rota, con una costura dorada que unía ambas mitades de sí mismo.
Él la vio y sonrió.
“Buenas, Tianlan… Bueno, supongo que ya es de noche, ¿no?” Preguntó, divertido. El mejor momento para hablar era cuando él dormía. Se acercó trotando a la roca donde ella estaba sentada y se sentó con ella bajo el cielo salpicado de destellos dorados.
“Hola, Grandote,” respondió ella. Una mano grande le presionó el pelo y se lo revolvió, despeinándole aún más los mechones.
Tianlan fingió golpear la extremidad que lo había agredido, pero en realidad no quería que el contacto desapareciera. Cuando él terminó su ataque, Tianlan contraatacó, saltando sobre él y frotándole los nudillos en la cabeza.
Su Conectado se rio del ataque, intentando quitársela de encima en tono de broma, hasta que le llegó una idea brillante. Se puso de pie de un salto, con Tianlan aferrada a él, y echó a correr por el campo de hierba.
Tianlan soltó una risita ante la sensación mientras recorría a toda velocidad su reino y viajaba a lugares de ella que apenas conocía, demasiado rota para comprender realmente los cambios que habían ocurrido en su cuerpo desde la época de Xiaoshi.
Él corrió a través de una llanura cubierta de hierba interminable donde antaño fluían millones de ríos. Saltó sobre un lago circular donde antes se extraían minerales. Saltó de árbol en árbol en un bosque, ahora reducido a una cuarta parte de su tamaño original. Y finalmente, regresó a una tierra tranquila donde antaño humeaba la tierra y los géiseres rugían hacia el cielo.
Era diferente. Muy diferente. Pero… Al final, era ella.
Su Conectado finalmente se desplomó, sin aliento, y ambos cayeron al suelo, riendo. Él giró hacia ella con una amplia sonrisa.
Era cálido, alegre y… Amoroso. El mismo amor que ella había sentido y que había atraído su espíritu quebrantado hacia él. Él amaba la tierra sin reservas. Le entregaba todo lo que tenía, a las bestias que devorarían sus cosechas, al agua que se escurriría para no volver jamás y a las piedras que no harían absolutamente nada.
Ella se alegró de que él fuera su contratista.
“¿Oye, Jin?” Preguntó después de un momento.
“¿Sí, enana?” Respondió.
“¿Podríamos intentar jugar Ha Qi? Siempre estoy dormida cuando juegas…”
Su sonrisa se amplió. “Por supuesto que podemos jugar. Pero… Necesitamos equipos.”
Ella sintió cómo él extendía la mano con el poder de ambos.
Formas fantasmales y oníricas entraron en su reino.
Un gallo hecho de luz de luna. Un jabalí hecho de roca y madera. Una rata sombría que olía a medicina y veneno, y una niña que era una gata.
Una bailarina, un dragón, una cerda, una coneja, una serpiente y un buey. Dos hermanos, uno que parecía un mono y el otro un zorro.
Y finalmente, allí estaba una mujer. El puente de su nariz estaba salpicado de constelaciones, y sus ojos violetas brillaban con diversión. En sus brazos, acunaba una pequeña chispa, llena de potencial aún por desarrollar.
Jin se concentró, y un río se congeló mientras se formaban las porterías. Patines aparecieron en los pies de Tianlan, un casco en su cabeza y un palo en sus brazos.
Ella había soñado con Ha Qi. Y jugar... Bueno, jugar estuvo a la altura de los recuerdos que tenía en la cabeza. Era un deporte de contacto intenso y sin cuartel. Era caótico y lleno de gritos, y a Tianlan le encantaba.
Le encantaba especialmente porque pudo darle un cabezazo a Xiulan y ella no pudo quejarse después.
Ella disfrutó cada momento.
Pero a pesar de la aparente ligereza, Tianlan no podía quitarse de la cabeza la sensación de que algo importante se avecinaba.



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