Capítulo 34
Los Que Quedaron Atrás
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
Edición: Radak, Sho Hazama
La gobernante meditaba en el corazón de su santuario. Permanecía quieta e inmóvil, pero cualquiera con un mínimo de perspicacia podía percibir su profunda concentración y, además, sus acciones.
Podían sentir el eco de su gloriosa presencia a través del vínculo que la unía a su hija.
Vajra tuvo que contenerse para no lanzarse a un baile poco digno mientras organizaba a sus tropas. Su mirada estaba por todas partes. Su cuerpo estaba por todas partes. Era de nuevo una princesa guerrera, con legiones a su entera disposición, lista para imponer su voluntad al mundo. En marcado contraste con los escasos cientos del año pasado, ahora comandaba decenas de miles.
Su fortaleza principal era magnífica, con sus tapices de hierba e interminables celdas de miel dorada dispuestas según el tipo de flor y árbol del que procedía. Era hermosa y perfecta, y estaba lista para que el Emperador recibiera su tributo cuando quisiera.
Sus guerreras de pura sangre volaban al frente de las formaciones de sus subordinadas, aniquilando a las bestias que se atrevían a devorar a los siervos sin Qi, apoderándose de todo lo que encontraban a su paso. Donde residía el embriagador Qi de la tierra, allí se extendía el dominio de Vajra. Desde las furiosas cascadas del Gran Río hasta el Bosque de Hongos; desde las Praderas del Mar Verde en las colinas hasta los Bosques Profundos. Incluso había seguido el Sendero de Piedra hasta otra colmena de humanos, sin duda uno de los puestos de avanzada del Emperador, pues allí había nuevas fortalezas listas para que ella tomara el mando.
Fue glorioso, absolutamente glorioso, y además de las fortalezas de la Colmena Menor, el Emperador consideró oportuno recompensar a Vajra con una fortaleza principal aún más grande y segura. Este año, la destreza de Vajra, la Maestra de la Bebida, sería proclamada una vez más por el Emperador, quien la recompensaría nuevamente por sus meritorias contribuciones.
¡Ah, ella no podía esperar! Pero para ser recompensada, tendría que reunir un gran tributo. Si hubiera estado en sus tierras de origen, habría sido imposible conseguir miel de tan alta calidad año tras año. ¿Pero aquí? Los recursos eran de una calidad aún mejor que el año anterior. La tierra estaba mejorando notablemente. Vajra sabía que tal cosa era imposible: cualquier lugar de Qi que hubiera encontrado antes se había secado rápidamente.
Pero el Emperador era el Emperador, y su presencia era una fuente inagotable de abundancia. Como cabía esperar del hombre que había vencido a la muerte. Todo en él era perfección.
Amplió sus sentidos a través de una exploradora apostada en la ventana de la casa de baños.
En efecto, todo es perfecto, pensó mientras observaba al hombre a través de la barrera.
Sobre todo su pecho. Y sus antebrazos. Con el agua escurriéndoles y la piel enrojecida por el calor del vapor… ¡Santos cielos, le encantaban los baños! Aunque podrían mejorarse un poco, como cuando Vajra y sus sirvientas acicalaban al hombre, lamiéndole toda el agua del cuerpo…
Vajra zumbaba alegremente para sí misma, un gesto que imitaba el resto de su colmena mientras les permitía amablemente contemplar la imagen del resplandeciente Emperador... Y su sirviente.
Ambos eran ejemplares magníficos.
Aunque era una lástima que el bello Bi De se hubiera marchado. El Emperador obviamente había ordenado a sus sirvientes que reclamaran nuevas tierras para él, así que estos seguían conquistando territorios en su nombre. Era una pena que Vajra no pudiera acompañarlo, pero tenía sus obligaciones allí.
Sin embargo, con la disminución de la guardia, surgió la oportunidad de obtener más méritos. Si bien el Poderoso Chun Ke y la Sirvienta Rosa eran guardias aceptables, el Príncipe del Emperador se quedaba solo con más frecuencia que antes. Esto era inaceptable, por supuesto. Los rebeldes y sus lanzas negras habían regresado con fuerza, alimentándose de toda la energía vital que podían, aunque ahora las bestias se habían vuelto astutas. En lugar de congregarse en enjambres, iban y venían en pequeños grupos. Guerrilleros, en lugar de guerreros, todos intentando con todas sus fuerzas colarse a través del cordón de Vajra.
La propia Vajra sentía poco afecto por el Príncipe, ¡pero permitir que sufriera algún daño bajo su vigilancia era inaceptable!
Así, ella le había asignado guardias para que le hicieran compañía cuando los demás estuvieran ocupados con sus deberes. Nunca estaba solo más de unos minutos, mientras descansaba y se cubría cualquier ausencia en la guardia. De esta manera, Vajra intentaba ganarse el favor del Emperador.
El avance era lento. Al Emperador le disgustaba que las soldados de Vajra estuvieran tan cerca del Príncipe y los había ahuyentado con suavidad. Vajra estaba confundida, hasta que notó que el Príncipe también se sentía molesto por el zumbido. Así que Vajra simplemente les ordenó a sus soldados que esperaran, ocultas entre las mantas, listas para atacar a quienes alzaran sus espadas contra el legítimo gobernante de este lugar.
Ella movió las caderas con satisfacción. ¡Sin duda sería elogiada!
Vajra estaba de buen humor mientras dirigía sus trenes logísticos y a sus exploradores; estos últimos seguían avanzando hacia el Sur, buscando cualquier rastro de los Demonios Voladores que habían destruido su último hogar. Otros comenzaron a dirigirse al Norte, tratando de determinar el alcance de su territorio. De repente, uno de los exploradores la alertó de algo inusual.
Aguzando sus sentidos, Vajra tomó el control de la trabajadora. Había descubierto una colmena humana abandonada y en ruinas, repleta de aguijones metálicos, cuencos y, tras una breve búsqueda, barriles de pescado salado. Algunos barriles estaban podridos, pero otros aún olían bien. Era un lugar interesante, así que lo marcó en su mapa mental. ¿Quizás construiría allí un puesto de avanzada?
Pero, por supuesto, el trabajo de la Emperatriz nunca terminaba. Tan pronto como recibió el informe del explorador, sintió otra señal de Qi, esta vez de una de las guardaespaldas del Príncipe. El Azote de las Lanzas Negras estaba confundida y solicitaba orientación. No era particularmente urgente, pero cualquier preocupación por el Príncipe debía ser atendida con rapidez, así que Vajra extendió sus sentidos una vez más.
Vajra se detuvo ante la sensación húmeda y viscosa que se le estaba infligiendo a la guardaespaldas, su soldado de élite. ¿Qué demonios estaba pasando? La Azote de las Lanzas Negras estaba angustiada pero ilesa. Vajra podía saber por qué; estaba en algún lugar cálido y húmedo y oh.
La lengua que lamía a la guardia se retiró. ¿Eso era todo? Se había perdido algo de dignidad, pero el Príncipe haría lo que quisiera, lo que incluía agarrar a una de sus guardias y babear sobre ella. ¡Tan tiránico y dominante ya, al reclamar así a su guardia! ¡Era, sin duda, fruto de la estirpe del Emperador!
El Príncipe decidió una vez más que su guardaespaldas necesitaba un baño, y Vajra lo autorizó. Era el Príncipe. Los Príncipes y los Jóvenes Maestros hacían lo que les placía. En ese momento no podía hacerle daño a su guardaespaldas, y si intentaba comérsela, Vajra le había dado permiso para escapar.
Estaba a punto de recobrar la compostura cuando sintió un repentino aumento de Qi. El Qi del Emperador. Se sintió perturbado y presa del pánico; Vajra inmediatamente convocó a todas sus soldados, pues nada que pudiera provocar la inmensidad y la pesadez de su presencia debía tomarse a la ligera.
¿Había algún tipo de intruso? ¡Vajra lo aniquilaría sin piedad! Giró la cabeza de la guardaespaldas para mirar al Emperador, para ver hacia dónde dirigía su ira… Pero para sorpresa de Vajra, el Emperador la miraba fijamente, o mejor dicho, a su soldado, agarrada con un puño regordete mientras le lamía el pelaje. La Azote de las Lanzas Negras permaneció impasible.
El Qi se disparó cuando, de repente, el Emperador apareció. Unas manos regordetas abrieron con delicadeza y rapidez la puerta, y el Emperador rescató a la Azote de las Lanzas Negras. Respiraba profundamente mientras sostenía a la Azote, sus ojos recorrían al Príncipe, antes de dejar escapar un suspiro profundo e inestable. El Príncipe parpadeó, y un instante después, sus lágrimas brotaron al ver a su sirvienta arrebatada por el Emperador.
“Eso podría haber sido realmente muy malo,” dijo el hombre con voz monótona y sin expresión, antes de girar hacia la Azote, con el pecho agitado mientras respiraba con dificultad. “Gracias por no haberle picado.”
Vajra retrocedió, conmocionada. ¿Le preocupaba su lealtad? ¿Había considerado la posibilidad de que se rebelara?
Vajra inmediatamente hizo que la Azote comenzara la danza de la súplica, postrándose mil veces ante el Emperador por haber dudado de ella.
El Príncipe comenzó a llorar.
Al principio, Vajra pensó que su soldado sería ejecutada por insultar al Emperador. Pero en cambio, a la Azote se le dio uno de los elixires más potentes del Señor, el jarabe de arce, y luego se le permitió regresar a la colmena.
¡Sin duda, era un Emperador sumamente benévolo! ¡Ella tendría que redoblar sus esfuerzos para ganarse su favor!
❄️❄️❄️
¿Sabes qué es lo que realmente hace que el corazón lata como un ratón de campo drogado?
Entrar un ver a tu hijo de cuatro meses lamiendo una abeja de cinco centímetros. No tenía ni idea de cómo la había agarrado, pero cuando llegué, se estaba metiendo una maldita abeja en la boca. Gracias a los cielos que no le había picado, pero las hijas de Vajra siempre habían sido sorprendentemente dóciles.
Todavía casi me cago encima. Meimei se preocupó cuando le conté la historia, pero después… Bueno, fue gracioso.
Pero, ¡carajo!, lo dejo solo durmiendo un minuto y pasa esto. Liberé a la dócil abeja y le di un poco de jarabe de arce antes de volver con mi hijo. Necesitaría una maldita mosquitera o algo así…
Pero vaya. Supongo que tener abejas en la granja conllevaba el gran inconveniente de que se metían por todas partes.
Y fueran del tipo de abeja que fueran Varja y su camada, eran unas auténticas expertas en fugas. Bueno, en realidad no eran expertas en fugas. Más bien eran ladronas ineptas que podían entrar en cualquier sitio, pero luego se quedaban atascadas y no podían salir.
Había perdido la cuenta de cuántas abejas había salvado que se habían quedado atrapadas en los baños. ¡Cielos, una de ellas incluso se posó ayer y empezó a beber agua de mi cuerpo!



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