Historia Secundaria 3
Alegría Y Tristeza
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
Edición: Radak, Sho Hazama
Liling estaba nerviosa. Terriblemente nerviosa, mientras caminaban hacia Hong Yaowu ya que conocería a la familia de San por primera vez. Nunca había tenido una familia de verdad, salvo su madre, y esa mujer estaba desquiciada. Siempre divagando sobre constelaciones y el firmamento, para luego emborracharse tras otra noche acostándose con algún desconocido por dinero.
Un día, ella desapareció, y Liling se quedó sola en un mundo indiferente.
¿La forma en que San hablaba de su familia? Los amaba. Los adoraba. Sonaban tan maravillosos, tan cálidos, tan acogedores.
Le aterraba que la odiaran. Que negaran su relación. Sabía que San se casaría con ella de todos modos, sin importarle la opinión de su familia, pero ella… No quería que perdiera esa mirada cariñosa que tenía siempre que hablaba de ellos.
Los esperaban a la entrada del pequeño pueblo. Parecía que todos estaban ansiosos por conocerla a ella y a Bao.
Liling pensó que iba a desmayarse, mientras se detenía frente a las personas que se parecían tanto a San, inclinando la cabeza en una reverencia formal.
Acto seguido, la madre de San la alzó en brazos, hundiendo el rostro en el hombro de Liling y sollozando.
“¡Mi hija! ¡Mi hijo me ha traído una hija! ¡Oh, qué linda eres! ¡Y lo salvaste! ¡Santos cielos, gracias! ¿Necesitas comida? ¿Necesitas algo?”
Liling... No tenía ni idea de cómo responder al aluvión de preguntas que la mujer le estaba lanzando, pero el abrazo fue maravillosamente cálido.
El hombre mayor, que solo podía ser el padre de San, sonrió y negó con la cabeza. “Deja de asfixiarla, cariño”, la regañó suavemente, apartando a su esposa de Liling con un brazo, mientras la otra manga ondeaba vacía. La mujer vio inmediatamente a Bao… Y, milagrosamente, las lágrimas volvieron a brotar cuando el otro niño fue abrazado con cariño. Bao pareció encontrar todo muy gracioso, pues le devolvió el abrazo a la mujer… Y luego empezó a enumerar todas las comidas que quería probar, mientras la madre de San asentía.
Volvió a fijar su atención en la mirada escrutadora del patriarca de la familia. Él la examinó de arriba abajo, luego a San, y asintió. “Bienvenida a nuestra aldea y a nuestro hogar, Liling,” dijo el hombre con sencillez, y la mayor parte de la tensión que sentía se disipó.
Sin embargo, quedaba una última persona.
“Oye.” El hermano mayor de San la miraba con el rostro cuidadosamente inexpresivo.
“¿Sí, Hermano Mayor?” Preguntó Liling con nerviosismo.
“¿Quieres aprender a volverle azul la piel de alguien?”
“Carajo, sí” La respuesta salió de la boca de Liling antes de que se diera cuenta de lo que estaba diciendo.
El hermano de San esbozó una sonrisa radiante. “Nos llevaremos de maravilla, tú y yo,” declaró Hong Xian, y luego giró hacia San. “¡Mira, te casaste antes que yo, pícaro! ¡Y qué te dije! ¡Sabía que encontrarías una chica de ciudad!”
“¡Vamos, vamos! ¡Debes estar agotada! Tomaremos té y enseguida empezaré a preparar los bollos. Hija, Bao, ¡deben llamarme Madre o Tía!” Exigió la madre de San.
Liling y Bao fueron acogidos en la casa de la familia Hong como si pertenecieran allí. Como si ya fueran parte de la familia.
Liling sonrió cuando San le tomó la mano.
Quizás este era el hogar después de todo.
❄️❄️❄️
Tras unas horas, Fu, la madre de San, presentó formalmente a Liling al resto de las mujeres del pueblo.
“Es un placer conocerte, Liling,” dijo Tang Mei. Aquella mujer, de aspecto dulce y delicado, que no desentonaría en la compañía de un noble, era una de las chicas más bellas que Liling había visto jamás. Liling se quedó atónita con solo estar en su presencia, aunque logró contenerse para no mostrarle una reverencia servil.
Liling estaba empezando a conocer a estas personas, y todas eran… Bueno, eran como San: demasiado honestas, demasiado amables… Pero a Liling le gustaba. Sobre todo, la bonita sonrisa de Mei cuando fue con Fu a prepararles té para que pudieran charlar más y Liling pudiera contarles historias sobre la ciudad.
Sin embargo, había una chica que no era tan amable ni tan educada. La chica de pieles y cuero, que vestía ropa tribal.
Liling sintió un rechazo inmediato hacia la forma en que la chica tribal la miraba. Era una mirada condescendiente y altiva, como la que los nobles de su tierra natal tenían hacia alguien inferior.
La muchacha tribal resopló, y Liling sintió un pulso en la frente.
“¿Tienes algún problema, zorra?” Le preguntó Liling a la bárbara con una sonrisa. Las demás se quedaron boquiabiertas ante la repentina agresividad de Liling… Pero no hicieron nada para intervenir. En ese sentido, supuso Liling, los humanos eran prácticamente iguales sin importar de dónde vinieran.
Sus ojos entrecerrados se abrieron ligeramente, dejando al descubierto unos iris ámbar depredadores. “Oh, no, por supuesto que no, rata de alcantarilla. Solo me preguntaba si una delicada mocosa de ciudad podría soportar la vida más allá de sus cómodas murallas. No puedes simplemente tumbarte boca arriba y abrir las piernas aquí, ¿eh?”
¿Delicada? Oh, esta perra.
“Bueno, hay una forma de averiguarlo, ¿no?” Preguntó Liling, con la sonrisa aún fija en su rostro. La salvaje sonrió con ironía y luego giró la cabeza hacia uno de los edificios exteriores.
Liling accedió mientras el resto de las mujeres observaban, sin atreverse aún a decir nada.
Caminaban una al lado de la otra, sin darle la espalda a la otra. Para sorpresa de Liling, la mujer comenzó por deshacerse de su cuchillo y su hacha, arrojándolos sobre una mesa que pasaba; con las reglas de la pelea establecidas, Liling hizo una mueca y sacó sus propias dagas y un cuchillo arrojadizo, cuyas hojas se clavaron en la madera donde las lanzó.
La chica tribal asintió, y Liling sintió un respeto a regañadientes por la mujer de ojos entrecerrados.
En cuanto doblaron la esquina, ambas se lanzaron al ataque. No hubo alardes ni palabras. Liling había aprendido por experiencia propia que había que atacar rápido y con fuerza, y emboscar cuando se podía. Pelear de forma justa era una tontería.
La obvia cazadora y tribal, sin duda, había pensado lo mismo.
Algunos hombres pensaban que las peleas entre mujeres eran divertidas. Quizás entre prostitutas de clase alta o damas nobles que no tenían ni idea de la vida, los tirones de pelo y las bofetadas resultaban graciosos…
Sin embargo, esta pelea era entre una despiadada rata callejera de los barrios bajos y una salvaje cazadora tribal de las tierras salvajes. Ambas sabían cómo dar puñetazos en puntos débiles. Y aunque la chica tribal era más rápida, más fuerte y más dura que el demonio, Liling tenía ventaja en los golpes bajos.
Tres golpes se produjeron en un instante, y entonces ambas aprovecharon las oportunidades que se les presentaron.
Una rodilla entre las piernas de la Zorra la hizo tambalearse mientras su propio puño se estrellaba contra el plexo solar de Liling, ¡palabras que aprendió de San!, con tanta fuerza que Liling casi vomitó.
Ambas mujeres cayeron al suelo, con arcadas. Liling yacía allí con la cara en la tierra, intentando respirar para poder levantarse y volver a la carga, lista para rodar si la Zorra se recuperaba más rápido de lo que pensaba e intentaba patearla cuando estuviera en el suelo.
Liling no estaba del todo preparada para cuando la mujer empezó a reírse. Miró con furia a la otra mujer, que se apoyaba contra la pared.
“Eres una pequeña bastarda, ¿ej?” Preguntó la mujer con un fuerte acento y respeto en su voz, y Liling resopló.
“Podrías sobrevivir en las Tripas de Pescado,” respondió Liling jadeando, a regañadientes. Maldita perra tribal, golpea como un carruaje desbocado.
“Mi nombre es Hu Li. Nezin Hu Li,” dijo la mujer tras un momento de silencio. “Bienvenida a Hong Yaowu.”
“Liling. Sin apellido. Encantada de estar aquí.”
Hu Li gruñó y sonrió, incorporándose. Liling observó con recelo a la otra mujer mientras Hu Li se tambaleaba hacia donde Liling seguía tendida en el suelo, preparándose para una posible traición. Hu Li le tendió la mano con una sonrisa. “Perdón por llamarte blanda, chica de ciudad.”
Liling lo aceptó un momento después, aún algo confundida, pero supuso que era similar a las reglas de la calle. Se habían dado una paliza, así que ahora estaban bien. Y Hu Li probablemente era la jefa, lo que significaba que Liling ahora era la colíder. O al menos así funcionaban las cosas en la ciudad, hasta que una traicionara a la otra, pero Liling tenía la sensación de que Hu Li no haría eso.
“Está bien, supongo,” respondió Liling. “¿Estamos bien ahora?”
“Ya estamos bien. Te enseñaré cómo funcionan las cosas, de un forastero a otro, ¿eh?”
Liling asintió con la cabeza mientras se apoyaban la una a la otra, y luego levantó la vista cuando otra voz interrumpió.
“¿Hu Li? ¿Liling?” Exclamó una voz suave y etérea.
Hu Li palideció y luego le susurró a Liling: "Primera lección: Mei es la jefa.”
Liling se quedó mirando fijamente cuando Tang Mei apareció ante ellas, haciendo pucheros. Parecía increíblemente decepcionada al mirarlas a las dos.
“Me voy un momento a buscar té y ustedes dos hacen esto,” suspiró la mujer con un tono que a Liling se le revolvió el estómago. “Espero que lo hayan resuelto todo y que esto no vuelva a suceder.”
Liling movió los pies con incomodidad. Aquella mujer la hacía sentir culpable. De alguna manera. ¿Qué clase de mujer era esa? “No, solo tuvimos un pequeño desacuerdo, ¡ahora somos buenas amigas!” Logró decir Liling, abrazando a medias a Hu Li.
“Sí, Mei. N-no estábamos intentando estropear las cosas, te lo prometo,” balbuceó Hu Li a su lado.
El semblante sombrío de Tang Mei se transformó lentamente, como si el sol volviera a brillar. “¡Qué bien! Me alegra que se hayan hecho amigas.” Su sonrisa era radiante, y Liling sintió que se le ruborizaban las mejillas cuando la mujer se acercó y le tomó las manos. “Y Liling, ¿quieres ser mi amiga también?”
“Ah, sí, Hermana Mayor. Estaré... Estaré bajo tu cuidado,” logró balbucear Liling.
“¡Oh, maravilloso! ¡Tendremos que tejer una manta juntas, todas nosotras! ¡Será genial!” Dijo Tang Mei mientras las acompañaba con delicadeza de regreso al pueblo.
Liling hizo una mueca. ¡Creía haber dejado atrás a las estúpidas y mágicamente convincentes damas nobles en la capital, maldita sea! Esta mujer era igualita a ellas.
“Ya veo por qué es la jefa,” se quejó Liling a Hu Li.
“Esto… Y podría darnos una paliza a los dos si quisiera,” respondió Hu Li.
Liling observó a la mujer que tenían delante. "¿Es algún tipo de bestia espiritual?"
“No, pero me alegra que piense que la violencia debe ser el último recurso. Los cielos saben que me habría dado una paliza mucho mayor si ella no pensara eso.”
❄️❄️❄️
Por primera vez… Liling pudo decir que realmente disfrutaba de la vida.
La boda se celebró apenas un mes después de su llegada al pueblo; ella y San quedaron oficialmente casados.
Luego regresaron a Colina Verdeante. Liling lo prefería con creces, ya que el campo siempre la hacía sentir extraña, después de haber pasado la mayor parte de su vida en la ciudad. Visitaban Hong Yaowu una vez al mes durante una semana y media, mientras San se llevaba su trabajo a casa y Bao generalmente los acompañaba.
El magistrado fue sorprendentemente permisivo con ambos, permitiéndoles elegir sus horarios de trabajo. Pero Liling sabía que sus chicos hacían un buen trabajo. Gracias a los viajes, pudo pasar mucho tiempo con su nueva familia, con la gente que la había acogido en sus vidas sin dudarlo. Y con Hu Li, quien, a pesar de su comienzo difícil, se había convertido en una de las mejores amigas de Liling, esa mujer de carácter fuerte. Tang Mei también formaba parte de esa lista, la mujer de voz suave que le había enseñado a Liling todo lo que necesitaba saber, y pronto Liling empezó a llamarla "Hermana Mayor" sin dudarlo ni con sarcasmo.
Xian era divertidísimo. Era un bromista caótico que disfrutaba muchísimo enseñándole a causar estragos, lo que provocaba que la gente de Hong Yaowu suspirara y le rodara los ojos con cariño.
Fue una buena vida. Una vida plena. Pudo ver cómo Colina Verdeante comenzaba a transformarse, reconstruyéndose y reemplazando los bordes desgastados. Pudo escuchar a San y a Bao hablar sobre su trabajo, participando en sus conversaciones siempre que podía.
Observó cómo Hu Li y Mei se llenaban de hijos, y nueve meses después, el pueblo dio la bienvenida a los niños que más tarde serían conocidos como Yun Ren y Meihua, de quienes Liling se enamoró al instante.
Y en muy poco tiempo, al parecer, su propio vientre comenzó a mostrar señales.
“Hagamos una apuesta. A ver quién engorda más rápido,” bromeó con Bao, quien se rio a carcajadas ante sus palabras y se dio una palmada en su propio vientre, que no paraba de crecer.
“¡Me temo que estás muy por debajo de mí, Liling!” Replicó Bao. Su sonrisa era radiante, feliz y llena de satisfacción por su trabajo ayudando a Colina Verdeante a recuperarse.
Le quedaba muy bien.
¿Y el magistrado? Bueno, en realidad no lo veía mucho. Ni a él ni a su esposa, que desprendía un olor a mala energía. Liling apenas soportaba estar en la misma habitación que ella. Pero a sus chicos parecía gustarles trabajar para él. Sobre todo a Bao, aunque parecía divertirse con aquel hombre impasible.
Liling se encogió de hombros y se recostó en su asiento. Esto… Esto era la vida. Y por primera vez, la amaba.
❄️❄️❄️
Con el tiempo, comenzaron sus contracciones, y veinte horas después, una niña que lloraba y gritaba dio sus primeros respiros. Liling se sintió completamente agotada y extenuada por la experiencia, como si le hubieran extraído algo de su interior.
Sin embargo, Liling se enamoró al instante mientras sostenía a su hija en brazos, acariciándole distraídamente la nariz con el pulgar.
Se la presentó a San, quien sonrió, imperturbable ante el hecho de que su primogénita fuera una niña. Una semana después, a la pequeña le saldrían sus primeras pecas y sus ojos azules se volverían púrpura.
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“¡Ja! ¡Gané! ¡Eso significa que puedo ponerle nombre!” Exclamó Mei, mientras Hu Li se desplomaba frente al tablero de go.
Hu Li y Mei se habían estado disputando ese derecho desde el principio, y si Liling era sincera, estaba bastante contenta de que Mei hubiera ganado.
Huling habría sido un nombre horrible. Meiling era mucho mejor.
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Era un paraíso. Aunque fuera madre primeriza, aunque Meiling llorara, contaba con el apoyo de Mei y Hu Li, y ellas la apoyaban. Jamás se había imaginado que cuidaría de otros niños como si fueran suyos.
Meiling aprendió a caminar. Aprendió a leer y escribir, demostrando ser tan inteligente como el querido San de Liling. Aprendió a teñir de azul la piel de la gente gracias a su tío, que aún no había logrado encontrar una chica.
Jugaba en los ríos con Meihua, Yun Ren y Gou Ren, sin conocer jamás el hambre ni las dificultades que atravesó Liling. Era una niña brillante y encantadora, a quien Liling amaba con todo su corazón.
Fue hermoso. Fue perfecto.
No podía durar para siempre.
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Según le contaron a Liling más tarde, todo empezó como un resfriado cualquiera. Un solo paciente. Los Hong siempre habían sido extremadamente cuidadosos y habían examinado al paciente con mascarillas. Al no reconocer la enfermedad, aplicaron todos los protocolos de aislamiento y cuarentena necesarios.
Los procedimientos de cuarentena fallaron de alguna manera, ya que pocos días después de que el paciente fuera ingresado, Xian también comenzó a toser. Luego Xian el Viejo, y después Fu.
Y entonces otras personas, gente que no estaba en cuarentena, empezaron a enfermar.
San intentó regresar solo a Hong Yaowu para hacer frente a la pandemia. Liling y Bao no se darían por vencidos, y Meiling quedó al cuidado del magistrado.
Era como en los viejos tiempos, los tres metidos en un misterio de asesinato, tratando de llegar al fondo del problema.
El resfriado, al final, no era un resfriado, sino un parásito virulento en la suciedad. Gusanos feos y con ganchos que se alimentaban de los órganos masculinos, llenándolos de agujeros.
De no ser por los esfuerzos de la familia Hong, la tragedia habría arrasado por completo el pueblo. El padre Xian vomitaba sangre a cada hora; el Hermano Mayor había perdido el control total de sus piernas; Padre Fu se consumía como si su cuerpo se hubiera desintegrado. Aun así, trabajaban sin descanso, incluso mientras se debilitaban lentamente. San también empezó a toser.
Pero… Lograron encontrar una cura. Todos juntos, trabajando en equipo. Consiguieron salvar la aldea, ya que los parásitos fueron erradicados con la sabiduría ancestral de la familia Hong. Todas y cada una de esas repugnantes criaturas fueron eliminadas, y la mayoría de los infectados se recuperaron por completo.
Todos… Todos excepto los primeros infectados. Quienes, incluso muriendo, dieron su vida para acabar con el monstruo que se escondía bajo su piel.
El funeral de los tres héroes se celebró en un día soleado.
Liling se aferraba a su tembloroso esposo, mientras las lágrimas corrían por el rostro de su amado.
El gran Yao Che estaba furioso mientras Mei intentaba calmarlo. Xian había sido su mejor amigo. Habían sido hermanos de leche, jurados a morir el mismo día. El herrero destrozaba las rocas con cada golpe titánico de su martillo, aullando y maldiciendo al cielo.
Ten Ren estaba de rodillas, acurrucado. La voz de Hu Li era un lamento desgarrador, un lamento por aquellos que habían recibido con tanta calidez a una joven tribal en sus hogares.
Las piras ardieron, y algo murió en su marido. Su padre, en su lecho de muerte, le había encomendado que regresara definitivamente y dirigiera el pueblo.
Meimei lloraba desconsoladamente por la pérdida de su tío y su abuelo, así como por tener que alejarse de su querido tío Bao y de la hermosa biblioteca que él había creado. Pero San cumplió con su deber. Hong San se convirtió en Hong Xian, como dictaba la tradición.
❄️❄️❄️
La vida nunca volvió a ser la misma después del parásito.
Se recuperó poco a poco, a medida que San se adaptaba a sus responsabilidades. Ella nunca pudo referirse a él por ese otro nombre en su mente, aunque apoyaba el cambio en voz alta. Para ella, siempre sería San en su corazón. Su San.
Bao venía con menos frecuencia. El viaje era bastante largo. Pero cada vez que estaban en la ciudad visitaban a su hermano jurado, que además de gordo también era calvo, pero aun así era alegre.
En una ocasión, San tuvo que ir a la Ciudad del Lago Luna Pálida y se llevó a su hija. Meiling regresó angustiada, sollozando por los malvados cultivadores.
Pero las cosas… Las cosas se calmaron. Volvieron a reinar la paz. Liling restauró la paz. Por ella y por su esposo. Y mientras el pueblo guardaba luto y se recuperaba, el vientre de Liling volvió a hincharse con un hijo.
❄️❄️❄️
Pero, una vez más, el destino no los dejaba en paz. Un año después del nacimiento de su hijo, Liling aún no se había recuperado del todo. Había sido un parto difícil que casi le cuesta la vida. Después, sintió como si le hubieran arrebatado el alma. Pero ella seguía actuando como si todo estuviera bien.
Fue entonces cuando llegó la hambruna. Las cosechas se perdieron por completo. Las enfermedades se propagaron sin control. Una tormenta infernal azotó la zona y arrasó con todo a su paso.
Hong Yaowu pasó de tener cien personas a cincuenta.
Amigos y familiares. Tang Mei. Oh, la hermana Mei, de quien Meiling recibió su nombre. Ver su rostro casi destrozó a Liling. La mujer amable jamás volvería a reír. La única que aún conservaba fuerzas era Hu Li, la mujer de rostro astuto que se esforzaba al máximo por todas sus familias. Liling veía la agonía en su rostro cada día cuando llevaba la caza para que la aldea comiera.
Y entonces Liling también cayó y no pudo levantarse. Su cuerpo se sacudía con espasmos y el mundo daba vueltas como si estuviera bajo el agua.
Mientras yacía inútil en su cama, Liling maldijo al cielo por haberle dado el paraíso para luego arrebatárselo.
Lo habían intentado todo para ayudarla a recuperarse. Incluso aquellos estúpidos “talismanes protectores” con los que los habían recompensado hacía tiempo habían sido completamente inútiles. El papel barato se había vuelto marrón y raído, y la tinta se había corrido. Liling sabía que se estaba muriendo. Sabía que se estaba muriendo y lo odiaba. Se rebeló contra ello. Apretó los dientes y casi destrozó sus mantas.
La niña fuerte de la Ciudad del Lago de la Luna Pálida iba a morir. Dejando atrás a su familia, como había jurado no hacer jamás. Que se pudra en todos los infiernos, como su estúpida madre.
Entraba y salía de la consciencia, hasta que un peso que se posó sobre su cama captó su atención de inmediato.
El instinto maternal permitió identificar el peso de inmediato.
Meiling. Liling se incorporó con dificultad, apenas pudiendo mover la cabeza. Apenas podía mirar a su hija, que se desplomaba en la cama de Liling.
Era diminuta. Era delgada. Su hija. Su amada hija, que había estado dando comida a los demás como la estúpida que era, estaba demasiado delgada. Meiling era débil. Tan débil como Liling.
Liling no podía soportarlo. No podía soportar ver a su hija tan pequeña y delgada. Ni a su marido. Ni a Hu Li, ni a nadie de su aldea.
Algo cambió en Liling. Parte de un legado más antiguo que la historia registrada de las Colinas Azures. Una mujer, al borde de la muerte, se encendió como las constelaciones en el firmamento.
Un suave resplandor dorado unía las pecas de la nariz de Liling, formando algo parecido a una constelación. Sus débiles extremidades se movieron mientras alzaba y acunaba a su hija, y sintió que algo dentro de sí se hacía añicos. Aquello, o lo que había contenido, fluyó fuera de ella y dentro de su hija, y supo en su corazón que Meimei, su pequeña Meimei, viviría.
Más de ella fluyó hacia el pueblo. Se aferró a los últimos vestigios de su vida. Los agarró lo suficiente para ver a San una última vez. Para ver a su hijo. Para abrazarlos a todos.
Sólo una última vez.
Tenía remordimientos. Lamentaba no ver jamás a su hija casarse, ni a su hijo convertirse en hombre, ni envejecer junto a San. Pero creía en ellos. Creía que todos vivirían.
Vivirían y tendrían una buena vida.
Liling podría darles esa oportunidad, al menos.
❄️❄️❄️
El mundo siguió girando tras el Año de las Penas, como se le conocería. La pequeña aldea de Hong Yaowu se recuperó como pudo. Algunas casas fueron demolidas. Algunos campos fueron abandonados.
Pero perseveraron, como siempre lo habían hecho. Se unieron, como siempre lo habían hecho. Salvaron lo que pudieron y recortaron lo que no pudieron.
Sin ser consciente de una pequeña chispa de protección que fue el último acto de una madre.
Meiling no se percató de que su capacidad para percibir el Qi se hacía más fuerte cada día. Tenía una familia a la que ayudar. No se dio cuenta de que tenía un poco más de suerte, incluso cuando todas sus sesiones de emparejamiento fracasaban.
No se dio cuenta de que el destino la había puesto en una encrucijada.
Un camino conducía a un mundo ahogado en veintiocho venenos celestiales.
En el otro…
Un hombre entró en el pueblo, con aspecto agotado y agobiado. Era un muchacho corpulento. Más grande que la mayoría, con cabello castaño y ojos verdes.
Al principio, Meiling no le prestó mucha atención. Pero medio año y un romance vertiginoso después…
La chispa se apagó, cumplió su cometido.
¿Fue el destino? ¿O fue un desafío al mismo?
❄️❄️❄️
No era una gran historia, la historia de Liling, una mujer que vivió y murió como una mortal. En realidad, nunca logró nada que un hombre poderoso y ambicioso pudiera considerar grandioso.
Liling de la Ciudad del Lago de la Luna Pálida. Rata callejera. Sirvienta. Esposa, madre, sanadora. Heredera de un legado del que no sabía nada, e incluso si hubiera sabido qué tipo de poder podría haber ejercido…
Si tuviera mil vidas, en todas habría elegido terminar en Hong Yaowu.
De ella quedaron tres cosas: cenizas en una urna, una lápida funeraria.
Y una familia que jamás la olvidaría.



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