Capítulo 29
Nacida De Los Cielos; Hija De La Tierra
Traducción y corrección: Radak
Edición: Radak, Sho Hazama
Edición: Radak, Sho Hazama
Yin estaba sentada en el tejado de la casa, su cuerpo absorbiendo los rayos del sol.
Respiró hondo y luego exhaló, calmando la inquietud que sentía mientras a su alrededor se llevaban a cabo los preparativos para la partida.
Ella inspiró y luego exhaló.
¿Por qué tenía que estar tan condenadamente nerviosa por esto? ¡Solo era un poco de relámpagos, y luego sería humana! ¡Wa Shi la había golpeado más de mil veces a petición suya! Podía con ello. Sabía que podía.
Pero lo que la hacía dudar eran sus propias dudas. Soportaría la tribulación, ese no era el problema… La cuestión era si atravesarla solucionaría algo. ¿Acaso ser humana la ayudaría a encontrar su pasión? Era el comienzo de una reinvención de sí misma, pero aún no tenía ni idea de qué debía hacer después.
Yin suspiró y abrió los ojos. Tal vez… Tal vez debería seguir el consejo de Tigu y hablar con la gente al respecto.
Yin notó que el Maestro Jin estaba sentado en su porche con los pies en el río, tocando distraídamente su ban jo. Se humedeció los labios y bajó del tejado, aterrizando junto al grandullón. Siempre se sentía a gusto, cálida y segura a su lado. El Maestro Jin se giró hacia ella mientras se acomodaba junto a él.
“Hola, Yin. ¿Qué tal?” Preguntó, al notar su extraño estado de ánimo.
Yin nunca fue muy buena para andarse con rodeos, así que simplemente... Se lo dijo.
‘No estoy contenta conmigo misma,’ afirmó Yin.
A juzgar por las apariencias, debería estar completamente satisfecha. Llevaba una vida privilegiada. Nunca pasaba hambre, tenía amigos y podía hacer lo que quisiera.
Pero… No tenía ningún propósito. Ningún demonio al que cazar para hacer justicia, ningún enemigo del que defenderse, ninguna orden que seguir. Parecía… Insignificante, comparado con su existencia anterior. Claro que disfrutaba mucho de lo que hacía. Le encantaban las flores del invernadero y ayudar a su Shifu, pero la motivación había desaparecido. E incluso en sus momentos de mayor felicidad, seguía sintiendo un vacío en el pecho.
El Maestro Jin dejó a un lado su ban jo y giró hacia ella, prestándole toda su atención. “Ya veo. ¿Puedes contarme más?,” preguntó con ternura en la mirada.
Entonces explicó su problema. Su falta de pasión. Su inquietud. Su falta de especialización, tan distinta de la experiencia natural de todos los demás.
Las esculturas de Tigu. La cerámica y el vidrio de Shifu. La comida de Wa Shi. La medicina de Ri Zu. Todo ello fue fruto de la pasión y la determinación. Incluso Chun Ke, quien en apariencia era el menos motivado de todos, actuaba con una determinación y una seguridad que dejaban a todos los demás en ridículo.
¿Yin? Yin no tenía nada. Ni siquiera las minas habían encajado del todo.
No supo cuándo se había sentado en el regazo del Maestro Jin, ni cuándo él comenzó a acariciar su pelaje con los dedos.
“Déjame contarte un secreto,” dijo el Maestro Jin después de que ella terminara de relatarle sus penas. “Sé por lo que estás pasando. La inquietud. La falta de rumbo. No hace mucho, no tenía ni idea de quién o qué quería ser en la vida, ni siquiera si iba a ser buena en algo. Es como si... Estuvieras enferma, en cierto modo. Te sientes vacía, incluso cuando deberías estar feliz. Haces las cosas por inercia, pero mientras tanto nada cambia.”
Yin hizo una pausa y se giró para mirar al Maestro Jin. Casi no le creyó por un segundo. Siempre parecía tan tranquilo, y… Como los demás. Tan apasionado. Pero lo vio. Percibió la melancolía y el dolor en su voz.
Incluso el Maestro Jin… ¿Había sufrido alguna vez como ella ahora?
“Algunas personas saben cuál es su propósito desde el momento en que ven algo. Son los médicos apasionados, los luchadores brillantes, los líderes. Nosotros, en cambio, tenemos que encontrar nuestro propósito. A veces requiere mucha búsqueda. A veces, no lo encontrarás cerca de casa. A veces ni siquiera se trata de un trabajo, ni de la culminación de algo, sino del camino en sí. No sé cuál te ayudará, pero sí sé que, sea cual sea el camino que elijas, estaré ahí para ti. Todos lo estaremos.”
Ella solía llamarlo Maestro Jin simplemente por respeto. Él los había acogido, les había dado todo a Yin y Shifu, y le había devuelto a su Maestro su brillante y hermosa chispa.
Pero ese día, ella lo había llamado Maestro y lo decía en serio.
❄️❄️❄️
Los demás también la habían escuchado y habían hablado de cómo habían encontrado lo que les apasionaba.
“Nunca me he planteado seriamente otra cosa,” reflexionó Bi De. “Defender mi hogar es mi vocación. Pero pensándolo bien… Supongo que disfruto creando grabados en madera y contando historias. Creo que el alma necesita algo más que la guerra y el fortalecimiento personal.”
“Fue algo que surgió de forma gradual. Empezó con pequeños garabatos de edificios… Y luego descubrí que realmente me gustaba. Crear cosas como edificios que la gente pudiera usar para mejorar su vida. No fue hasta años después que finalmente… Lo entendí,” le había dicho Gou Ren a Yin, compadeciéndose de ella. “Si lleva tiempo, lleva tiempo. No hay necesidad de menospreciarte.”
‘Era una forma de lidiar con el miedo y el dolor, antes de aprender a amarlo,’ había dicho Pi Pa mientras tomaban el té. ‘Anhelaba tener el control, porque en ese entonces no lo tenía y mi Querido sufría por ello. Pero ahora… Ahora encuentro alegría en cuidar de mis amigos y familiares, incluso de aquellos que se esfuerzan por exasperarme.’
‘Pasión no necesita ser una cosa,’ gruñó Chun Ke. ‘Pasión puede ser muchas cosas, puede cambiar, y eso está bien. Lo que importa es que a Yin le guste.’
“Antes lo rechazaba. Tenía que rechazarlo. No me parecía correcto preferir bailar a aprender a usar la espada. Pasé años negándolo, y creo que… Me hice daño a mí misma en el proceso,” había dicho Xiulan.
“No le des demasiadas vueltas. No te fuerces a amar algo. Llegará o no llegará. Ábrete a todo como siempre, y seguro que encontrarás tu camino,” le había dicho Bei Be, pronunciando más palabras que nunca, mientras contemplaba un pequeño corte que el anciano había hecho en un árbol.
Luego volvió a rumiar plácidamente.
El tiempo que pasó con ellos fue cálido. Tan cálido, como el sol resplandeciente en lo alto del cielo. Hablaron con sincera consideración y preocupación, tal como Tigu había dicho que harían.
Y entonces, finalmente… Finalmente, fue a hablar con su Shifu.
‘Yin, mi pequeña estrella brillante,’ había susurrado el Maestro, con la voz cargada de emoción. ‘No hay necesidad de avergonzarse de esto.’
‘No me gusta’ murmuró Yin con vergüenza en la voz. ‘Todos están tan felices. Yo también lo estaría, pero… Extraño los días en que sabía quién era.’
‘Nunca fuiste esa arma, Yin. Ese viejo tonto te quebró y te convirtió en algo que no eras,’ dijo Shifu, repitiendo su discusión.
‘Me salvaste. Y si las cosas se repitieran, no cambiaría nada,’ le dijo Yin. ‘Siempre querría estar contigo.’
Shifu… Shifu fue su primer buen recuerdo. Los fragmentos dispersos de antes de que él la encontrara aún resurgirían a veces. Un reino de terror, frío y oscuridad. Desdén, proveniente de mil fuentes diferentes. Shifu había sido el primero en preocuparse. Incluso en sus momentos de mayor furia y sed de sangre… Seguía siendo más amable con ella que el mejor trato que había recibido en el otro lugar.
El único ojo sano de la serpiente se llenó de lágrimas antes de apartar la mirada. ‘Entonces… Tu maestro tiene una orden para ti, Liang Yin.’
Yin se enderezó de inmediato. ‘¡Sí! ¡Shifu!’
La serpiente giró hacia ella. ‘Tu Shifu te ordena: Sal al mundo, sin esta vieja serpiente. Encuentra tu chispa… Y tráela a casa. No solo a mí, sino a todos nosotros, para que sepamos qué le trae alegría a nuestra amada Yin.’
Yin sonrió y se dejó llevar por el abrazo de Shifu. Cuando volvió a abrir los ojos, estaban preparados y listos.
Tenía sus órdenes, probablemente las últimas, de su Shifu. Y las cumpliría. No importaba qué encontrara ni dónde lo encontrara. Regresaría y les mostraría a todos aquello que la hacía brillar como a los demás.
Y para hacer eso… Bueno. Era más fácil moverse con forma humana. Tigu lo había demostrado.
Yin se levantó con el amanecer y se adentró en un mundo hecho de oro.
❄️❄️❄️
El lugar le resultaba desconocido, pero a la vez familiar. Como si hubiera estado allí muchas veces. El olor a hierba le resultaba familiar, y todo el lugar transmitía una sensación de seguridad. Era como si estuviera con una vieja amiga.
Lo siguiente que notó, además de la sensación, fue el ruido. Una serie de maldiciones ahogadas acompañaban un chillido y un tintineo; sonaba exactamente como los primeros intentos de la Sabia Sanadora de tocar el ban jo del Maestro Jin.
‘¿Hola?’ Preguntó Yin, mirando hacia el centro del campo donde una niña de aspecto joven estaba sentada en una roca. El ban jo dejó de sonar espantoso mientras la niña se quedaba inmóvil… Y entonces un rubor le subió a las mejillas.
La joven tosió y se puso de pie, mientras el ban jo desaparecía en la nada.
“¿Oh? Hola, Yin.”
Yin parpadeó ante la familiaridad y el cariño en su voz. ¡Vaya, es amigable! Eso es bueno.
‘¡Hola! ¡Liang Yin rinde homenaje al Espíritu de la Tierra y le ruega que la ayude!’
El Espíritu de la Tierra parecía divertido. “Ya veo. Bueno, sabía que esto iba a pasar pronto; ¡en realidad, había mucho que averiguar para que esto funcionara correctamente! Aunque no sé muy bien cómo sé algunas de estas cosas…” Las palabras fueron dichas en un susurro que Yin pensó que no debía oír. El Espíritu de la Tierra se infló de nuevo. “¡Agradece el trabajo de la Hermanita Mayor Tianlan!”
‘¡Sí! ¡Yin está agradecida con la Hermanita Mayor Tianlan! Entonces, me electrocutarás con un rayo, ¿verdad?’ Preguntó Yin, emocionada.
“Ciertamente no pierdes el tiempo, ¿verdad?” Preguntó el espíritu tras una pausa atónita.
‘¡Hay que aprovechar el momento!’ Respondió Yin, con la espalda recta como una soldado.
El Espíritu de la Tierra soltó una risita, antes de suspirar y negar con la cabeza. “Eso… No funcionará contigo, Yin”, suspiró. “O mejor dicho, ese método no puede funcionar contigo.”
Yin se quedó paralizada ante esa afirmación.
‘¿Qué? ¿Acaso no soy lo suficientemente fuerte todavía?’ preguntó Yin, casi desesperada. ‘¡Tigu estaba al mismo nivel que yo ahora cuando se transformó! ¡Puedo hacerlo! ¡No importa cuánto duela! ¡No importa lo doloroso que sea, lo superaré!’
Pero el Espíritu de la Tierra simplemente negó con la cabeza. “No se trata de si puedes soportarlo o no. Tigu es de la tierra. Tú no, estrellita brillante.”
Aquellas palabras fueron como un puñetazo en el pecho, y Yin retrocedió. El mundo se volvió gris y frágil. ‘Ah… así que… ¿No puedes ayudarme? Porque soy de… ¿Allí?’
“Dije que ese método no funcionaría,” respondió el Espíritu de la Tierra con voz firme. “Pero sí sé cómo puedes transformarte. Lo primero que necesitas es un pedazo de tu hogar.”
Yin miró al suelo. Al principio, estuvo a punto de indignarse. ¿Un pedazo de la luna? ¿Necesitaba un pedazo de la luna para transformarse? ¿En dónde demonios iba a encontrar eso?
‘Ese lugar no es mi hogar,’ espetó Yin por reflejo.
“Lo sé. Dije tu hogar, no el lugar donde naciste.” Tianlan sonrió con ironía. El Espíritu de la Tierra sonreía con ironía.
Yin se detuvo ante las palabras del espíritu; su hogar estaba aquí. Yin hizo pucheros. ‘Tigu tenía razón. Eres una mierdecilla.’
El Espíritu de la Tierra se rio, con una sonrisa radiante y alegre, antes de que su rostro se volviera serio.
“En la colina Sur hay una piedra,” dijo Tianlan. “Durante mil años ha absorbido la luz del sol; jamás ha conocido la oscuridad de las profundidades. La conozco desde antes de ser yo misma. Esa piedra, impávida ante la lluvia, la nieve o el hielo, ha resistido el paso del tiempo. En su interior guarda un fragmento de fuego que no fue consumido por completo por mi rompimiento. Es vieja y está desgastada, pero aún arde. Toma un trozo. Téjela con vidrio, fuego y oro… Y luego renace al día siguiente, con la forma que tomes.”
Las palabras resonaron y reverberaron en el espacio cerrado como un antiguo hechizo, grabándose a fuego en la mente de Yin.
‘Gracias,’susurró Yin.
“Ahora, el resto depende de ti, estrellita.”
❄️❄️❄️
La piedra era algo sencillo y discreto. Parecía una roca cualquiera. Era un viejo trozo de granito, escarpado y antiguo, que descansaba en la cima de la colina. Pero Yin sabía qué era esa.
Con las técnicas que Huo Ten le había enseñado, retiró cuidadosamente un trozo de la piedra. Luego se dirigió a la fragua de su Maestro y la encendió con su Qi.
A partir de ahí, todo se volvió borroso. Durante todo el día, trabajó aquella piedra, como en un sueño. La incrustaba con los frutos del trabajo de su Maestro y con la generosidad de la tierra.
Era un trabajo duro y caluroso. Incluso en su trance podía sentir el calor, mientras su Qi giraba alrededor de aquella pequeña piedra de su nuevo hogar, extrayendo de ella el fuego y la luz del sol.
Cuando el resplandor de luz brotó de la fragua, ardiendo y purificando, una parte de ella se rebeló. La voz interior le gritaba que aquello estaba mal, que era lo contrario de lo que debía hacer.
A Yin no le importaba.
Se llenó del cálido sol, ahuyentando los últimos vestigios de fría oscuridad que habían anidado en sus huesos desde que tenía memoria, las venas estranguladoras de Yin que rodeaban su alma ardiente.
Unos dedos delicados sujetaron el talismán que llevaba alrededor del cuello, y Yin se puso de pie, elevándose cada vez más, y más, y más, sobrepasando por completo su forma anterior.
Se tambaleó hasta el disco de bronce bruñido que usaban como espejo y contempló su reflejo.
Cabello largo y plateado. Un rostro noble y regio, como los que aparecen en los retratos de mujeres recatadas. Dos cejas pequeñas, casi circulares.
Y la marca del sol en su frente, desvaneciéndose hasta volverse invisible incluso mientras ella observaba.
Yin sonrió, y con una voz perfecta y melodiosa, propia de la poesía y los susurros, se oyó un grito de júbilo:
“¡Sí, maldita sea!”



No hay comentarios.:
Publicar un comentario